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Refranero

jueves, 5 de enero de 2012

Capítulo 39: Asesinato

Capítulo 39: Asesinato

Estaba dormida, llevaba un rato ya babeando, lo notaba por el charquito que empapaba mi almohada. Siempre que mi sueño era profundo, tocaba tener babas everywhere. Pero ese sueño profundo, que además era una pesadilla con el indigente de esta tarde, dejó de serlo tanto. Noté cómo empezaba a sentir frío, alguien había levantado las sábanas, y al momento, noté como la cama se movía y un cuerpo chocaba contra mi espalda. ¡EL MENDIGO QUE HACE HEAVY METAL! En mi estado de semi-inconsciencia no tuve otra cosa más inteligente que pensar. Me incorporé de un brinco y salí de la cama, cogí mi almohada de un manotazo y como si fuera una guerrera sanguinaria, me eché sobre el cuerpo para asfixiarlo. Contaba con la ventaja de que tenía las manos bajo las sábanas y no podía sacarlas. Bien, así la muerte sería más rápida. Dio un grito, pero no me acobardó, le estampé la almohada en la cara y empecé a apretar.
-MMMMMMMMMMMMMM mmmmmmmmmmmmmmmm MMMMMMMMMMMMM –Gritaba. O lo intentaba. El cuerpo se movía como si sufriese espasmos, en un intentó por zafarse de mi ataque mortal. Pero…Uy, esa voz me sonaba familiar. Volví en mi misma. Estaba en mi cuarto, en mi cama, con la puerta de la casa cerrada con llave … tenía la sensación de que me olvidaba algo. ¡BRYCE! ¡Oh Dios! ¡Estaba asfixiando con Bryce! Al momento le aparté la almohada de la cara. Y con mi expresión que infundiera más pena, intenté ponerle cara de gatito de Shrek.
-¡Lo siento! Estaba medio dormida metida todavía en el sueño y pensé que eras el mendigo de esta tarde… -Junté las manos en posición suplicante. Bryce dio una graaaaaaaan bocanada de aire.
-¡Me las vas a pagar! –Dijo saltando de la cama hacia a mi. Echó las sábanas hacia atrás, es decir, encima mía, porque yo estaba sentada sobre su pecho. Y me envolvió en ellas-¡No voy a parar hasta que me lo supliques llorando! -Oh no, sabía de lo que era capaz de llegar a hacer este chico en sus idas de cabeza, y ahora estaba sola. Mi cara del Gato con Botas de Shrek, había sido un fracaso total.

¡Que alguien me saque de aquí! Y me sacaron de ahí, pero fue Bryce el que lo hizo. Con mi cara de terror, observé la suya de perversión total. Me acojoné. Vi en cámara lenta como sus manos se acercaban a mí. Pero en lo que más me fijé fue en su torso desnudo, se le habían caído las mantas entre tanto jaleo. Por lo menos, si iba a forzarme, sería con la espectacular vista de su cuerpo que tanto me enloquecía. Algo es algo. Sus manos llegaron por fin a mi vientre, de ahí empezaron a subir hacia las costillas. ¿Estaba preparada para que el momento que tanto había guardado, ocurriese de esa manera? ¿Y con él? Pero lo que nunca me imaginé fue que ese momento me daría risa, y más si era obligado. Pero me estaba retorciendo por las carcajadas. ¿Por qué? Entonces lo comprendí, estaba tan segura de lo que creía que iba a pasar, que no me di cuenta de lo que estaba haciendo realmente, si es que soy lentita incluso para eso. La “venganza” consistía en hacerme cosquillas y el “suplicar llorando” se refería a llorar de la risa.

-¡Bryce! Jajaja ¡Por favor! Jajaja ¡Te lo suplico! Jajaja ¡Para! Jajaja ¡Por lo que más quieraaaaaaaajajajajaja! –No podía con la risa. Parecía que tenía manos por todas lados, más que un pulpo. De las axilas, pasaba a las costillas, al vientre y a la planta de los pies. Y mira que me encogía, pero era tan fuerte que con un leve movimiento sin hacerme daño, me desenrollaba y llegaba adonde quería llegar. Lo que más me jodió fue tener que cerrar los ojos por la risa y no poder observar su prominente torso.
-¿¡Qué!? Habla bien porque no entiendo lo que dices. –Cabronazo. Me había escuchado perfectamente.
-¡PARA POR FAVOR! –Dije con todas mis fuerzas. Y al final lo hizo. Nos quedamos tumbados los dos sobre mi cama. Con la respiración muy agitada. Los vecinos debían escuchar incluso el aire entrar y salir de nuestros pulmones. Aunque claro, con lo que ya habían escuchado, eso debía ser lo más light. -¡Serás desgraciado! ¿Cómo te atreves a asaltar en mitad de la noche la cama de una indefensa señorita? –Dije poniéndome de rodillas sobre la cama y mirándolo a los ojos con expresión indignada. ¬¬
-¡¿Perdona?! Creo que he debido de escuchar mal. ¿Has dicho… INDEFENSA? ¡Si el ejército se entera de que las almohadas tienen función asesina, mortífera y sanguinaria a parte de la reposar la cabeza… te metían en Guantánamo de por vida por posesión y uso de armas ilegales! –Dijo abriendo muchos los ojos para exagerar todo aún más, incluso la expresión de su cara.
-Bueno, tienes razón. Es comprensible que un debilucho como tú no pueda con una guerrera como yo. –Dije levantando el brazo y apretándolo para que se viese mi bíceps. Pero no se levantó ni medio centímetro. Que triste… Al menos lo acompañé con una expresión de persona que se cree que está sobrada en todo lo que hace. Incluso me miré el brazo mientras hacía ese paripé. No sabía donde poner los ojos, miraba a todos lados nerviosamente. Pero de vez en cuando se me perdía la mirada hacia el pecho de Bryce. Y esta vez lo notó. Qué vergüenza. No sabía donde meterme…Pensé que por pudor, se taparía. Pero el muy cabronazo no sabía qué era eso. Y empezó a acercarse mucho a mí. La carne es débil y la mía más.
-¿Ah si? Me gustaría comprobar cuanta guerra das… -Malvado. Cruel. Vil. Ruin. Pueril. Sabía que era débil y se aprovechaba de eso, de eso y del poder aturdidor de su pecho, sus brazos, su aroma, su sonrisa juguetona, su vientre… Por eso se acercó a mí lentamente, dándole juego al momento.

Yo me iba agachando para tumbarme en la cama, porque si me quedaba de rodillas, llegaría muy rápido a mí. Hasta que quedé totalmente tendida, su cara sobre la mía, y un brazo a cada lado de mi cabeza. Nuestras bocas empezaron a aproximarse. Mi corazón volvió a latir con fuerza. Si alguna vez me daba un ataque al corazón, sería por su culpa, no es normal el ritmo que llevaba, no debía ser saludable cambiar de un ritmo normal a otro desenfrenado en tan poco tiempo. Como otras muchas veces había pasado los dos deseábamos que ocurriese, pero como otras muchas veces había pasado también, no llegó a pasar. Apartó su cara para no toser en la mía. Parecía que iba a echar la vida por la boca. Me tuve que poner a su lado y colocar una mano en su espalda, no para golpearlo, sino para que supiese que estaba ahí, a su lado, apoyándolo. Cuando terminó, sin decir nada, le aparté las sábanas de la cama, que milagrosamente seguían en su sitio, coloqué la almohada en su lugar, se metió de nuevo adentro y yo con él. Él se quedó acostado de lado, mirando hacia mí, que le daba la espalda. No estaba preparada para enfrentar de nuevo su mirada…bueno, y su pecho, sus brazos, su sonrisa juguetona, su vientre, su aroma…

-Por un momento pensé que te morías. –Dije para romper el incómodo silencio que circulaba por la habitación, a sus anchas, con total confianza.
-Y yo, pero no de la tos, sino por la almohada. Sabía que eras una bruta y una bestia, pero no tanto… -Me giré para responderle, si no podía ver mi cara, no tenía sentido mi respuesta. –No te vayas a enfadar, que era broma…Por favor, no intentes matarme de nuevo. –Dije en tono burlón. Buf, no podía cuando se ponía así. Era algo superior a mí.
-Vamos, ¡más quisieras tu morir en mis manos! –Mi cara de rechulona era lo mejor de todo. Bueno no, lo mejor de todo era volver a tener los rostros tan próximos, aunque no precisamente los rostros…
-Desde luego, viendo tu bola de pelo y tus ojos de distinto color, cualquiera moriría feliz pensando que es una pesadilla y no la realidad. -¡Vaya golpe bajo señores! Cogí aire en esa típica forma en que lo cogemos cuando estamos muy muy indignados. Y lo solté de sopetón con un “ja”.
-¡Fuera de mi cama! –Dije levantándome y poniéndome de pie en el suelo. Le señalé la puerta con un dedo y todo el brazo estirado.
-¡¿Encima que estoy enfermo por tu culpa me vas a echar?! –Dijo cruzándose de brazos y con ninguna intención de levantarse.
-¡¿Encima que te cuido me vas a insultar de esa forma?! –Me encantaban como habían cambiado las tornas, nuestras peleas eran ahora “cariñosas”. –Además, que yo sepa, en los cuidados ¡no va incluido asaltarme a media noche y obligarme a dormir contigo! –Si él no iba a dar su brazo a torcer, yo tampoco. Ni mucho menos. –Así que ya estás tardando en salir de mi cama. –Caí en la cuenta de una cosa cuando vi que empezaba a destaparse. ¿Se habría quitado los pantalones… o los mantenía? No me fijé cuando me estaba haciendo cosquillas, tenía los ojos cerrados. Y no estaba dispuesta a vivir otra escena incómoda en donde no saber donde poner los ojos. Aunque ganas no me faltaban. Pero Valeria, contrólate, por un ataque de hormonas disparadas no te rindas de esa forma. -¡No! ¡No! Da igual, déjalo, con lo testarudo que eres, es imposible sacarte de aquí. Me iré al salón a dormir en el sofá. – ¿Realmente prefería eso? Por orgullo iba a perderme…no, mejor no pensar qué iba a perderme.
Y emprendí mi camino hacia el salón, caminó que no pude terminar de recorrer.
-¡Oh venga ya! ¡Esta bromeando! ¡Si sabes que tus ojos y tu pelo me vuelven loco! –Y en el fondo lo sabía. Lo sabía por cómo me miraba siempre fijamente a los ojos, y por cómo jugueteaba con los tirabuzones naranjas de mi pelo.

Pero ¿qué coño me pasaba? En otra vida tuve que ser una monja casta y pura que murió virgen, si no, no me explico como podía ser capaz de rechazar un bombón así. –Vuelve a la cama. –Dijo cogiéndome delicadamente una vez más de la mano y hablándome con esa voz suave y melosa a la que era incapaz de negarme. Mi corazón volvió a las andadas ¿Por qué me ponía así cada vez que me tocaba aunque sólo fuese la mano? La única explicación que le daba, es que desde hacía tiempo, tenía los nervios a flor de piel y estaba muy sensible a todo. Aunque demasiado sensible diría yo. Me giré a mirarlo. Estaba de rodillas en la cama, con una mano se apoyaba para echarse hacia delante y acercarse a la puerta, por donde yo iba muy decidida a pasar, y con la otra mano agarraba la mía. Menos mal, me fijé, y conservaba los pantalones. Un detalle por su parte. Me condujo tiernamente hasta mi lado de la cama, me tumbé y me arropó. Pero esta vez me tumbé mirando hacia él.
-Date la vuelta. –Me dijo susurrándome al oído. Entre que ese era uno de mis puntos débiles y ese día estaba especialmente aprensiva, los vellos se me erizaron y un escalofrío me recorrió por todo el cuerpo. Lo hice. Ni siquiera me molesté en pensar que por fin que me había decidido a ser valiente y darle la cara, ahora me pedía que no lo hiciese… Cuando por fin le di la espalda, con bastante pesar por mi parte. Me abrazó. Vale, retiro lo del pesar. –Tienes una cintura tan estrecha… -Podía sentir su aliento pasar a través de los huecos de mi pelo y llegar a mi nuca. Así no había manera de que mis vellos volvieran a su estado natural… Aunque estaba empezando a pensar, que el estar erizados era ya su estado natural.
-Bryce… ¿Por qué haces esto? –Si ya teníamos confianza para dormir abrazados, la teníamos para que me respondiese esa pregunta que llevaba tiempo haciéndome.
-¿Hacer el qué? –Noté cómo aspiraba para oler mi pelo. Mis vellos no daban abasto, estaban en proceso de volver a agacharse y nuevamente hacia arriba… Lo de mi corazón, ya lo daba por algo perdido. Hasta que no estuviese lejos, no volvería a su pulso normal.
-Pues comportarte como un capullo sin escrúpulos, venir a rescatarme cuando me meto en problemas, sincerarte conmigo, cuando todavía somos como desconocidos, poner a toda la Uni en mi contra, darme tu apoyo cuando estaba triste en el barco, intentar besarme tan tiernamente, luego querer someterme a la fuerza en tus arrebatos de locura… en serio chico, lo intento, pero no te sigo… no sé si me odias, me amas, tu orgullo de hombre está dañado porque no suspiro por tus huesos como las demás, te guías por instintos, impulsos, alguien te maneja mediante un muñeco vudú, estás loco, me tienes manía, o sólo es tu personalidad y te comportas así con todo el mundo… -Quería saberlo. Por lo menos para saber a qué atenerme. No respondió de momento. Tal vez estaría pensando en la respuesta más adecuada, el mejor modo de decírmelo, buscando una excusa, o dándome tiempo a ver si lo dejaba pasar. De verdad, Aaron era mucho más sencillo que Bryce. Este chico me daba muchas comeduras de cabeza.
-¿Recuerdas cuando nos conocimos por primera vez? -¿A qué venía eso ahora?
-Sí. Me choqué contigo, pateaste mis libros, y me perdonaste la vida porque ese día “estabas de buen humor”. –Iba a contestarle por lo menos, a ver adónde quería llegar por este hilo.
-¿Y recuerdas cuando te encontré a punto de ser… -Ahí se paró, es como si no quisiese pronunciar algo que le traía muy malos recuerdos. -… sometida por los cinco tipos, a la salida de una discoteca?
-¡Cómo olvidarlo! ¡No sé cuando pasé más miedo, si cuando estaba sola o cuando apareciste!
-Jajaja. –Guay, eso le hizo gracia, al menos el ambiente se relajó. –Pues bien. Pensabas que esos encuentros fueron fortuitos, ¿no?, y que el tener tu número de móvil y saber dónde vivías… ¿No se te ocurrió preguntarte por qué lo sabía? –Oh dios, ¿estaba dándome a entender lo que creía que me estaba dando a entender?
-Sí me lo pregunté… pero como siempre pasan mil cosas cuando nos encontramos, no vi ni un momento tranquilo para preguntarte… Pero no des más rodeos, me tienes en vilo. –Imaginaos como podía estar, que hasta me temblaba la voz como si estuviese pegando botes.
-Pues que te conocía de antes. Imagino que recordarás también lo de la carrera ilegal de deportivos en las que un hombre resultó herido. Ese día no era yo el que conducía mi coche. Me habían retirado el carné de conducir y pagué a otro para que lo hiciese por mí. Mi madre se enteró y me dijo que si volví a conducir en la carrera, me cancelaba las tarjetas de crédito. Y realmente le hice caso, yo no conducía, iba en el asiento del copiloto. Si te soy sincero, no me preocupé por el hombre. No quiero mentirte más, quiero serte sincero. –Vaya, lo que acababa de decir era bastante grave, pero ahora poco me importaba eso. Sólo quería saber más. Tal vez, cuando estuviese lejos de él y con las ideas y la mente y las ideas frías, me horrorizaría por ello. –Lo que más me importaba en ese momento era ganar la carrera, y como el conductor no se paró, continuamos. –Hizo una pausa. –Pero sí que me giré para ver qué había pasado. Y vi tu melena como el fuego, algo por lo que te reconocería en cualquier sitio. Si movías un dedo en mi contra, sabiendo lo de tu cabellera tan poco común, te encontraría con facilidad. Por eso estaba tan contento o de “buen humor” de haberte encontrado ese día que nos chocamos en la Uni. Quería ver tu cara. La cara de la posible causante de un grave problema con mi madre. Por eso causé nuestro encontronazo. -Madre mía. Hasta ahora no había visto en que mundo me había metido. Nunca hubiera imaginado en el peligro que corría por aquel entonces al entrometerme con una familia así. Me asusté tanto al pensarlo, que hasta mi corazón volvió a su pulso normal. – Tenía que adelantarme a tus pasos, mi madre no podía enterarse de nada. Ni te imaginas hasta dónde puede llegar cuando se enfada…Por eso avisé a todas las jefaturas de policía de Nueva York. Todos me conocen y saben los métodos que seguimos. Imagino que desde entonces, tú también. Ya sé que no es la mejor solución, pero como te dije antes, me daba igual. Quiero que sepas con lo que te encontrarías si por un casual decides aceptarme… -Otra pausa. Sabía el enorme trabajo que le costaba hablar, eran temas muy íntimos. -Les avisé de que una chica de melena como el fuego, podía ir en cualquier momento a poner una denuncia. Y así fue, no me equivoqué, fuiste al día siguiente. Aunque imagino que yo mismo provoqué eso, debiste cogerme un rechazo impresionante, por lo que viviste por ti misma y por lo que te pudieron contar después. –Cierto, tenía toda la razón en eso. Entre lo que me contó Shelby, Karem y mi propia experiencia, cogí fuerzas para ir a la policía y denunciar. -En cuanto saliste de la comisaría, me llamó el comisario para avisarme, y cual fue mi sorpresa al ver que habías rechazado el dinero aun sabiendo tu situación económica. ¡Cierto! Se me olvidó decirte que cuando supe de quién te tratabas, te estuve investigando, de ahí lo de conocer tu dirección y número de móvil. –Enterarme de todo esto de sopetón, estaba siendo demasiado para mi capacidad de amortiguar el golpe de las verdades. Hasta ahora no me había dado cuenta hasta donde era capaz de llegar esta gente por salirse con la suya. –Eras la única persona desde todos los tiempos, que había rechazado el dinero. Mi interés en ti creció considerablemente. Le pregunté al comisario dónde se encontraba esa jefatura y dio la casualidad de que me encontraba muy cerca de allí, en una discoteca. Salí al momento a buscarte dejando solos a Leo y Liam. No sabía por qué, ni sabía qué iba a decirte cuando te viese. Sólo sentí el impulso y unas ganas irrefrenables de encontrarte. Y menos mal que no me arrepentí… si tu hubiesen hecho algo los malnacidos aquellos… tal vez no estaría aquí ahora, sino en la cárcel, condenado a cadena perpetua por la tortura y muerte de esos cinco tipos. –No estaba exagerando, decía la pura verdad. De él me lo esperaba todo. Aunque el modo en que hablaba, me enternecía mucho, poniendo ímpetu, ternura, rabia, emoción, desesperación… -Gracias a lo que exista, si existe algún ser superior, te encontré a tiempo, y ahora estamos los dos aquí. –Esto último lo pronunció de una manera muy especial. - Los días siguientes me puse de muy mal humor, no te encontraba por ningún lado, no tenía ni idea de dónde te metías, aunque imagino que tú si sabías de mí, las habladurías de la gente sobre cómo descargaba mi enfado e irritación sobre los demás, no dudo de que te llegaran. –Así era, esa semana fue terrible. Me enteraba de todo lo que hacía, era pelea tras pelea, humillación tras humillación. –Y por fin te encontré, aunque no del modo en que hubiese querido. Si te diste cuenta, dejé al chaval de la risa de burro en cuanto te vi, no era plan de seguir dando más la nota. Y cuando por fin nos vimos de nuevo, fue cuando tu amiga se cayó sobre mí al bajar rodando las escaleras. Estaba muy enfadado, nada me salía bien. Y encima venías tú con tu cara de repugnancia infinita y tus palabras de desprecio absoluto. Al principio me sentía muy ofendido, pensaba que una becaria pobre como tú no era nadie para hablarme así. Estaba tan pero tan enfurecido, que me descargué enviándote unos tipos para que te dieran un susto. Siento si pensaste que iban a hacerte daño o aprovecharse de ti, sólo les mandé que te metieran medio para que supieras con quién estabas tratando. –Nunca pensé que este momento llegaría. Vale, ahora que me estaba enterando de la verdad, lo que pasó tenía un pase, pero seguía sin ser la mejor forma de hacer las cosas.
Kiss from a rose - Seal
–Pero vi que tú no te rendías, es más, me declaraste la guerra. Jajaja, nunca nadie antes lo había hecho. Te subiste a mi espalda como una amazona y me mordiste la oreja… ¡me dejaste KO! Y todo eso era sólo una parte del plan, ¡porque incluso tenías un plan! todo eso era sólo para dejarme desprevenido y soltarme el puñetazo que me soltaste. –Ahí se equivocó, no era un plan, improvisaba todo. Déjame decirte que tienes una derecha que aturde los sentidos. Jajaja, nunca mejor dicho. –Vaya, todo esto me pillaba muy de sorpresa. Diría algo si tuviese algo que decir. Pero no tenía nada. –Y lo siento, no puedo guardármelo por más tiempo, pero tus bragas de Bob Esponja me hicieron mucha gracia. Jajaja.
– ¡Las habías visto! ¡Mis dos secretos mejor guardados, y los tienes que saber tú! No sé que traza me doy… -Ahí sí sabía qué decir. Ni siquiera lo pensé, fue instantáneo. Aunque los dos nos reímos. Hasta ahora no lo había escuchado reírse de una forma tan suelta y despreocupada. Por eso hasta ese momento, no supe que su risa me encantaba.
-Tranquila, será nuestro otro pequeño gran secreto. –Dijo apretándome de nuevo contra su pecho. Mi corazón volvió de nuevo a las andadas y mis vellos lo acompañaron. Antes había estado jugando con los muelles de mi pelo.
-Continua…-Seguía muy interesada en lo que estaba contando.
-Pues eso, que creo que ese puñetazo me abrió los ojos. Aunque sólo un poco. Me di cuenta de que me interés en ti iba más allá que puro orgullo. No te escapabas de mis pensamientos en todo el día. Ocupabas hasta mis sueños. Era obsesión. ¿Recuerdas que hubo unos días en los que no hice nada en tu contra? Estaba pensando en qué podía hacer. Y lo supe el día en que te “secuestré” en el Hummer para llevarte a mi casa. Creía que estando a tu lado, dejaría de tener ese desasosiego que tenía al no estar cerca de ti. Por eso te ofrecí estar conmigo, aunque en el fondo estaba pidiendo a gritos estar yo contigo… Pero volviste a rechazarme, a mi dinero y a mí. –Lo recuerdo, fue el día del tratamiento de belleza por sorpresa.
-Hombre, te parecerá normal comprar a la gente con dinero…
-Exacto, me parecía normal. Hasta entonces pensaba que no había nada que el dinero no pudiese encontrar. Pero ese mismo día lo encontré, los sentimientos no se pueden comprar. Y los tuyos eran muy firmes. –Vaya, eso me llegó. Hasta entonces pensaba que los momentos, tal y como Aaron dijo, era lo único que no se podía comprar, aparte de la vida y el pasado, claro… Pero ahora yo también había encontrado otra cosa. Los sentimientos. Y era gracias a Bryce. Tal vez siempre lo juzgué mal, como un chico mimado, caprichoso, engreído y altivo. Sin embargo, desde hacía tiempo, me había empezado a dar cuenta de que no era así. Esas palabras me llegaron tanto como las de Aaron. ¿Estaba Bryce empezando a sustituirlo? –Algo moviste dentro de mí que me hizo quitarte la tarjeta roja. Hice eso que no había hecho nunca, puedes decir ya que eras la primera en algo. Pero seguía sin saber cómo comportarme contigo. Con la gente que trataba fuera de mi círculo de amigos, eran desgraciados con los que me desquitaba, o eran mujeres estúpidas y vacías con las que pasaba el rato. Realmente, todo lo relacionado contigo se me quedaba muy grande, por eso sólo me salía ser cruel cuando se trataba de tí. Y sabía que en el fondo no quería hacerte daño, pero por tu parte sólo recibía negativas y desprecios. Por eso te puse la segunda tarjeta roja. –Recuerdo aquella discusión que tuve con él por no querer decirle con quien había estado hablando por teléfono cuando llamé a Alan para saber cómo estaba de la gripe. –No sabes cuánto me molestó que me dijeses que ese amigo con el que hablabas te gustaba miles de veces más que yo…-¡Que mono! Hasta se le entrecortaba la voz y le salían las palabras con esfuerzo cuando llegó a esa parte. –Ni yo mismo sabía lo que me pasaba. Por un momento pensé que era despecho, nunca nadie había pasado de mí y me había hecho tantos desplantes como tú. –Vale, muy bien, lo comprendo. Comprendo que no conozca otra manera de hacer las cosas por la dura infancia que ha tenido y la falta de una figura modelo que lo guiase. Podía perdonarlo. Ahora estaba rectificando. -Y luego, cuando Aaron te salvó ese día que Ashley vino, delante de todos. Lo eché del G4 en un impulso que luego reconocí y enmendé. Porque ya volvemos a estar como siempre… El caso es que me enfurecí mucho al ver que mis planes contigo volvían a chafarse. Aunque me seguía aferrando a que era ego, orgullo, honra dañada… Pero luego supe lo que me pasaba…-Y paró.

No dijo nada. Aunque estaba temblando. Lo notaba por sus manos, que todavía se aferraban a mi cintura. Todo esto era demasiado fuerte para un solo día. Mi pequeño corazón no podía más. Y yo tampoco, no aguantaba más la esperaba, me giré para observar su rostro. Tenía los ojos agachados, y se mordía el labio, que le temblaba un poco. Estaba dolorosamente atractivo. Quería tocarlo, besarlo, abrazarlo, pero no por puro deseo, sino porque lo vi tan desprotegido e indefenso ante tal caudal de sentimientos, como si de un niño pequeño se tratase, que era una necesidad el protegerlo. Pero me contuve. Yo seguía sintiendo lo mismo por Aaron, no quería que volviese a malinterpretarme.

-Las tres feas esas me vinieron un día de los que tú estabas enferma en casa, y me enseñaron fotos tuyas en las que estabas con Aaron en el estanque. Todos los días que te había estado buscando para encontrarte, todos los besos que perdimos… Todo eso me afectaba mucho… y tú mientras tanto, pasabas buenos ratos con MI HERMANO… Me hervía la sangre. -Pronunció hermano con más fuerza de lo normal. Eso le dolía más que otra cosa. Conque fueron las tres zorras esas de Angela, Stephanie y Cindy a mostrarle fotos de Aaron y yo… Iba a vengarme, no sabía cómo, pero algo tenía que hacer. –Siento haberte forzado aquel día a besarme. Asumo todas las consecuencias.

Respecto a Bryce, ahora comprendía por qué actuaba así. Ahora por fin comprendía por qué la noche de la fiesta en el barco, expresó tan perfectamente como me sentía. Eclipsada. No hubiera podido encontrar una palabra mejor. Él también se sentía eclipsado. Eclipsado por Aaron. Por fin las piezas de mi puzzle encajaban. Aunque todavía no quería poner la última, me la reservaba para el final.

-Valeria. –Dijo alzando por fin la mirada. Sus ojos verdes esmeralda relucían en la oscuridad de la noche. –Ese día lo entendí todo. Y te juro que estoy haciendo todo lo posible por cambiar…Porque estoy perdido e inevitablemente enamorado de ti.

Y entonces coloqué la pieza del puzzle que había guardado para el final. Per mi corazón se paró. Había pasado de un ritmo frenético al paro absoluto. Eran demasiadas emociones y no lo pudo soportar. Me parecía todo tan irreal, que llegué a pensar que todo se lo había inventado Bryce para jugar con mi corazón y manejarlo a su antojo para cometer un asesinato.

miércoles, 4 de enero de 2012

Capítulo 38: Universo paralelo

Capítulo 38: Universo paralelo
A pesar de que estaba nevando, yo seguía andando, estaba deseando volver a casa, darme una ducha caliente y que mis problemas se fuesen por el desagüe, pero tuve que pararme cuando empezó a nevar con más intensidad. Tenía ya la ropa empapada y en los zapatos, un charco o varios. Así que decidí resguardarme bajo lo primero que vi, una casa en construcción. Quedaban sólo diez minutos hasta casa, pero es que no quería resfriarme y tener fiebre de nuevo, no estaba yo como para perder más clases, porque Shelby sólo podía informarme de las tres en las que coincidíamos.

Debí haberme llevado paraguas. Pero claro, yo no sabía que eso iba a ocurrir, no era costumbre mía informarme sobre el tiempo. Pasaron unos minutos que se me hicieron eternos. El viento empezó a soplar con mucha fuerza que ya la nieve caía de lado, y como no podía ser de otra forma, en dirección hacia la obra… tuve que meterme aún más para dentro, porque seguramente me mojaría menos estando fuera. Pero claro, yo, la que va por la vida sin mirar, no iba a hacer esta vez una excepción, y no me fijé en que debajo de esa obra, paraba un mendigo, por lo que le pisé una mano cuando estaba tumbado en el suelo… Con todos los metros cuadrados que podía haber, y yo tenía que pisar justo en el que se encontraba la mano de ese señor… Típico.


El hombre, que hasta hace unos segundos, estaba dormido, dio un grito de sobresalto y se levantó muy agresivamente. Estaba todo harapiento, sucio, con la ropa hecha jirones, y no podía verle bien la cara porque se la cubrían greñas. Más puntos a favor de tratarse de un psicópata.  Cogió un palo con un clavo que tenía a su vera, lo empuñó y me apuntó con él. Cuando se agachaba al suelo a cogerlo, me di cuenta de que se montaba muy bien el chiringuito, su pequeña colcha y su esterilla para dormir el lugar de cartones, su bolsa abultada llenar de ropa  que usaba como almohada… leches, incluso tenía arma propia a falta de pistola…hasta en estas cosas se distingue la gran diferencia de sociedad que hay entre España y EEUU. Aquí hasta los pobres eran más ricos que los de España. Y más peligrosos…

-¡¿Por qué no te vas a molestar a tu puta madre?! –Dijo empuñando el palo con el clavo en una posición amenazadora. Indigente o no, americano era seguro, tenía el mismo pronto que todos. La violencia.
-¡Disculpe señor! ¡Ha sido sin querer! ¡No quería molestarlo ni mucho menos! –Estaba en pánico. Me había fijado mejor en el clavo y estaba oxidado. Si me golpeaba con eso, aparte de la herida cogería también alguna infección o enfermedad como el tétanos.
-¡Sal ahora mismo de aquí! –Este hombre estaba loco. O tenía ganas de repartir leña, nunca mejor dicho, o no escuchaba lo que acababa de decirle. Seguía empuñando el palo. Empecé a andar de espaldas, sin perder contacto visual con el hombre. Este era uno de esos momentos en los que me hubiera gustado haber aprendido defensa personal. -¡Venga! ¡Más rápido! –Su voz sonaba cada vez más irritada, mi pánico aumentaba, no hay nada más peligroso que un mendigo armado, loco e impaciente…Tal vez incluso le venía bien golpearme o matarme, así lo llevaría a la cárcel, donde por lo menos, le darían de comer y tendría higiene y lecho cálido. -¡ME ESTÁS PONIENDO NERVIOSOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO! –Dios, ahora sí que sí, estaba oficialmente loco de remate. El <nervioso> lo acabó como si se tratase de una canción de heavy metal o rock duro, incluso lo acompañó con un zarandeo de cabeza y cuerpo. En mi pánico por salir de allí, empecé a correr de espaldas, seguía sin querer perder de vista al hombre. Y lo conseguí, no perdí de vista al hombre, seguía viéndolo, pero ahora no miraba sus ojos, sino sus rodillas. Con el susto mezclado con correr sin mirar el suelo y además de espaldas, me había caído. -¡VETEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEE! –Y levantó el palo de madera con el clavo, por encima de su cabeza. Estaba cogiendo impulso para golpearme. Pero a ver, alma de cántaro, si quieres que me vaya, no hagas eso, dame tiempo para levantarme y salir corriendo de allí, porque si me golpeas y me quedo inconsciente, no podré irme… ¡Pero joder!  ¡Que tampoco era para tanto! ¡Sólo le había pisado una mano! Aquí todo el mundo está muy susceptible, si tiene miedo de que lo quemen vivo o le den una paliza unas gamberros, yo no tengo culpa, pero ¡qué leches iba a hacerle una pobre chica indefensa! Aunque claro, a ese razonamiento lógico no iba a llegar un loco que a lo mejor estaba deseando ir a la cárcel…
-¡NOOOOOOOO! –Desde el suelo, levanté el puño para intentar parar con el brazo el trozo de madera que ya iba descendiendo. Aunque claro, hubiera sido más inteligente rodar por el suelo unos metros más al lado para evitar el golpe, pero da la casualidad, de que cuando estamos en peligro, la mente no piensa con claridad y no escoge siempre la mejor opción. Aunque eso me ocurría a mí diariamente, ya lo consideraba algo genético, natural mío, porque ni en peligro ni a salvo, pensaba con claridad para elegir la mejor opción.

Y se oyó un grito de guerra, un gemido de dolor y un chillido de sobresalto.  El grito de guerra era de Bryce…¿¿¡¡BRYCE!!?? ¿Por qué estaba allí? No lo sabía, ya le preguntaría, porque en ese momento sólo podía observar lo que ocurría a mi alrededor. Como dije, el grito de guerra era suyo, lo había hecho para coger fuerza o impulso, lo que fuese, algo como lo que hacen los tenistas cuando van a golpear la bola, que gritan para darle con más ímpetu. Lo que había hecho era golpear con su pierna en los tendones de la mano del hombre, que en un acto reflejo se vio obligado a soltar el trozo de madera con el clavo. El gemido de dolor era suyo. Y el chillido de sobresalto sólo podía ser mío. Porque no me esperaba que ocurriese, simplemente había visto aparecer un pie delante de mis narices, la cara de horror y dolor del hombre, y cómo el palo pasaba por encima de mi cabeza rozándome el pelo. Con dos palabras. IMPRE-SIONANTE.

El hombre entró en trance. Pero no un trance tranquilo, sino todo lo contrario, aún más violento. Era una mezcla de ataque epiléptico, con sobredosis de drogas alucinógenas, con ser poseído por un espíritu maligno y con la coreografía de una misa satánica. Se abalanzó sobre Bryce con los ojos vueltos, pasó por donde yo estaba, me quité del medio a tiempo para no ser arrollada. Bryce frenó su embestida como pudo, como si fueran forcado y toro. El hombre tenía que estar muy fuerte o Bryce muy débil, porque se llevaron unos segundos forcejeando, y retrocediendo o adelantando pasos hacia un lado u otro. Bryce sacó fuerza de lo más hondo y lo consiguió separar empujándolo y lanzándolo al suelo. Pero sólo sirvió para que volviese a levantarse aún más endemoniado. Vaya con el mendigo. Para no comer, tenía bastante energía. Volvieron al mismo forcejeo de antes, pero este duró menos, Bryce ya lo había visto venir, le hizo uno de esos movimientos de artes marciales que él sabía, le dio la vuelta y de un leve toque en el cuello con la mano, lo dejó caer al suelo inconsciente. Contuve el aliento toda la pelea hasta ese momento, que ya pude respirar, menos mal, unos segundos más y a la que deberían haber llevado al hospital, hubiera sido a mí, por falta de oxígeno.

-No está muerto, sólo lo he dejado inconsciente. –Dijo con la respiración muy agitada, se escuchaba por todas partes gracias al eco que había allí. -¿Por qué siempre tienes que meterte en problemas? No doy a bastos contigo. –Dijo sonriéndome. No sabía si la sonrisa era porque lo decía de broma o porque se sentía muy contenta y aliviado por haberme encontrado y que por fin estuviese a salvo. Iba a responderle, no sabía el qué, pero sabía que algo tenía que decirle. Aunque antes de decidirlo, se cayó al suelo.
-¡Bryce! –Aunque me encontraba en el suelo también, me moví con rapidez por el para amortiguar su caída con mi cuerpo. Lo cogí entre mis brazos. -¡¿Qué te pasa?!
-Si tú estás bien. Todo está bien. Yo estoy bien. –Dijo balbuceando con mucho trabajo. Y cerró sus ojos del todo.

Toqué su frente, estaba ardiendo y sudando. La fiebre estaba altísima, y todo por mi culpa. Lo había tenido esperando tanto tiempo empapado por la nieve y después buscándome por todas partes bajo una gran nevada, porque me había esfumado. Oh Dios, ¿qué podía hacer? El hospital me pillaba muy lejos y la boca de metro estaba más lejos que de lo que estábamos de mi casa. Así que decidí llevarlo a mi apartamento, donde tenía todavía medicinas contra la fiebre de mi gripe anterior y porque había escampado un poco. Eso valdría por ahora. Así que con todas mis fuerzas, que en ese momento no eran pocas, misteriosamente me habían vuelto a ver a Bryce en problemas, lo levanté en peso, pasé un brazo por mi hombro y como veía que estaba delirando medio consciente, le dije que hiciera fuerza por caminar, y así lo hizo. En quince minutos ya estábamos en el piso. Podría haber llegado antes si alguien se hubiese ofrecido por la calle a prestarme ayuda, pero al parece aquí, en este país, cada uno va a lo suyo, ni siquiera el día anterior a acción de gracias la gente hace obras de caridad.

Siempre subo a mi casa por las escaleras, hago ejercicio, quemo calorías y me ahorro de usar ascensor, que me da cosilla, pero esta vez era una emergencia, nos subimos los dos y en unos segundos ya estábamos frente la puerta de mi casa. Abrí como pude, buscando las llaves casi dejo caer a Bryce. Mi corazón se aceleró por unos momentos al ver que perdía el equilibrio y se iba hacia un lado, dejé caer el bolso en el suelo para tener las dos manos libres y sujetar a Bryce. Estaba fatal, decía palabras sin sentido. Tenía que entrar lo más rápido posible para darle la medicina. Pero eso de rápido cada vez estaba más complicado. El bolso estaba en el suelo, consecuentemente las llaves también están en el suelo, consecuentemente tengo que agacharme a cogerles, consecuentemente… ¿qué hago con Bryce? Le dije que se echara un momento contra la pared. No me oyó. ¿Por qué todo tenía que ser tan difícil? Más le valía al cielo existir, porque me lo tenía ganado a pulso, y no estaba dispuesta a quedarme sin él.

Lo apoyé contra la pared cuidadosamente, y con un ojo mirando al suelo y otro mirándolo a él, casi me quedo bizca… me agaché a coger las llaves, lentamente, no estaba segura de si se mantendría de pie o no, y no fue así, a mitad de camino del al suelo, vi como empezaba a inclinarse hacia delante, me levanté enseguida sólo para ver como el mismo se corregía para volver a apoyarse contra la pared. Zas en toda la cara. Bueno, al menos el sentido del equilibrio, a duras penas, todavía lo mantenía. Así que esta vez, con un movimiento ligero como la punta de un látigo, me agaché al suelo en un visto y no visto, y cogí el bolso, aunque las llaves no las encontré tan rápidamente. Típico momento que buscamos algo en el bolso con mucha prisa, y tardamos una eternidad en encontrarlo. Finalmente las encontré, estaba en un bolsillo interno cerrado con cremallera. Como para cogerlas rápido en una situación de emergencia. Por lo menos Bryce no se había caído. Me había apoyado de espaldas contra su pecho para mantenerlo de pie, mientras las había estado buscando.

Por fin entramos. Nunca una vuelta a casa se había convertido en algo tan complicado. Lo senté con cuidado en el sofá y salí corriendo hacia la cocina para una nueva aventura... encontrar la caja de píldoras contra la fiebre. Bryce estaba temblando de frío todavía y tenía que darme prisa. Aunque con éstas tuve más suerte, no estaban metidas en un bolsillo interno cerrado con cremallera, sólo estaban detrás de una montaña de otras medicinas, al fondo del armarito. Llené un vaso con agua y fui rápidamente a donde estaba Bryce. Tuve que tomarme también el trabajo de incorporarlo, porque aunque lo había dejado sentado, él mismo se había tendido.

-Bryce, -dije entre susurros, mientras le ponía una mano en la espalda para ayudarlo a incorporarse. –Vamos, levántate, no te puedes tomar acostado la pastilla contra la fiebre. –La misma pastilla que me había comprado él a mí la otra vez que yo me desmayé. Bryce se incorporó con trabajo. Seguía diciendo cosas tan bajito, que ni yo misma podía oír. Pero atinó a tomarse la pastilla y beber agua.
No es bueno tomar medicamentos con el estómago vacío, pero esto era una emergencia. No iba a perder tiempo en medirle la fiebre, tenía que quitarle la ropa empapada de agua o no entraría en calor nunca. Fui corriendo a mi cuarto a buscar ropa ancha, aunque no encontré ninguna lo suficientemente holgada, el tamaño de su espalda y la mía, no eran comparables. Así que cogí sábanas, edredones y colchas. Lo senté como pude en una silla porque en el sofá estaba muy bajo, e iba a hacerme daño en la espalda, y empecé a quitarle la gabardina, cazadora, jersey, camisa y camiseta interior. Por dios, también iba a pasar frío, con la cantidad de ropa que tenía. Pero ni todas esas capas impidieron que llegara el frío. Tenía hasta la camiseta interior mojada. Me daba cosa quedarme a solas con él, excepto la vez del barco, había intentado besarme y quien sabe qué más si lo hubiera conseguido. Pero ahora tenía que arriesgarme por su bien. Contaba con la ventaja de que seguía delirando y, con suerte, no se acordaría de nada.

Cuando se quedó con el torso desnudo, no pude evitar como mujer, quedarme unos instantes admirándolo. Madre mía de mi alma. Sabía que este chico estaba como un queso, pero no tanto. Por lo menos, mi fuerza de voluntad llegaba a no aprovecharme de su inconsciencia para tocarlo. No se daría cuenta, miraba a un punto del infinito con la mirada perdida y los ojos entrecerrados. Pero mi conciencia me decía que no debía. Porque aunque yo no sintiese nada por él, ese cuerpo era un cuerpazo, y pedía guerra. Ahora comprendía por qué mis defensas se venían abajo cuando él se me acercaba. ¡Y a quién no! Además, su aroma corporal era muy muy MUY atrayente. Demasiado. Mis sentidos y mi mente estaban colapsados. Y en una ida de cabeza en la que el demonio de mi conciencia venció al angelito, rocé su pecho. Estaba muy frío, helado. Eso fue lo que me hizo reaccionar y volver en mí. Rápido, tenía que taparlo. Pero habló, y eso me dejó aturdida de nuevo.

-Valeria, no me odies… -Ahora sí pude oír lo que había estado susurrando desde que llegó. Lo había dicho en un tono audible. Oh. Me llenaron de ternura sus palabras. En sus delirios, era yo la que ocupaba sus pensamientos, y estaba preocupado porque pensaba que lo odiaba. Pero en mi agradable sentimiento, un atisbo de susto apareció. ¿Sería consciente de la escena anterior? Ojalá que no…
-No te odio…- Y yo no lo odiaba, es sólo que no sobrellevo muy bien sus ataques de egoísmo. Su aroma me seguía embriagando y aturdiendo mis sentidos. Contuve la respiración o sería imposible contenerme por más tiempo, y lo tapé con todo lo que había traído de mi cuarto.

Lo senté de nuevo en el sofá. Estuve pensando si cambiarle los pantalones. Buf. Dios mío, ayúdame. ¿¡Qué debo hacer!? Decidí dejarlo tal como estaba. Yo no tenía pantalones para él y me negaba dejarlo en calzoncillos sólo tapado con varias mantas. Lo único más que le quité fueron los zapatos y los calcetines, que también estaban chorreando. Le puse unos calentadores que yo tenía y lo metí debajo de la manta camilla. Que le calor de la estufa hiciera lo posible por secarle los pantalones.

Con una velocidad de récord, me fui a la cocina y preparé una sopa calentita, con cuadraditos de pan tostado. Era una sopa de caldo de pollo con fideos de las de toda la vida de dios, venía en un sobre, sólo tuve que añadir agua y calentar. Ya sabía que no era un manjar de los que estaba acostumbrado a tomar, pero para quitar el frío es de lo mejor que hay. Desde la cocina oí como Bryce me hablaba.     < ¡Valeria! >. ¿Había recuperado la consciencia? Volví al salón y me senté a su lado. Por lo menos ya había dejado de murmurar. Parecía que los efectos de la pastilla empezaban a aparecer.

-Bryce, echa cuenta ahora, que te he preparado una sopa y no es plan que te ahogues porque no tragues bien. –Dije con sumo cariño mientras le colocaba un paño de cocina en el pecho.
-¿Qué? Yo no quiero esa mierda de comida para pobres. –Dijo hablando con mucho esfuerzo. Vaya que bien. Mi pregunta quedaba resuelta, oficialmente había recuperado la consciencia.  Aunque solo un poco, lo suficiente como para chapurrear. No vocalizaba todavía bien, dejaba mucho tiempo entre palabra y palabra y se veía que pronunciaba con dificultad.
-¡Pues te la vas a tomar porque yo lo digo! ¡Para eso te la he preparado! ¡Y no hay nada más que decir! –Dije en un tono firme e irrebatible. No rechistó más. Puso cara de molesto e hizo por coger la cuchara y llenarla, pero le temblaba el pulso todavía. –De verdad… que te tenga que dar yo de comer también… Jajaja, así pareces de todo menos el grandioso líder del G4. Si te vieran los de la Uni que pensarían… Tu reputación caería en picado. Jajaja. –Dije con una leve risa, no eran carcajadas.
-¡No te rías! ¡¿Cómo te atreves?! ¡Es lo mínimo que debes hacer siendo como eres la culpable! –Dijo tras tragarse la cucharada de sopa. Que mala era, había aprovechado a decirle eso cuando no podía hablar. Volvió a fruncir el ceño. Algo muy habitual en él cuando había algo que no le gustaba.
-Lo siento… Me declaro culpable por todo esto. Por mi culpa estás así. Te dejo vengarte si quieres… -Me había pillado en un momento de debilidad. Cómo de relativa pueden ser las cosas dependiendo del momento en que ocurran… En la vida hubiera dicho eso con el enfado que tenía cuando nos vimos en la plaza. Pero ahora era todo muy diferente. Había visto la gravedad del asunto y estaba muy cerca de él. Tanto que no pensaba lo que decía. Como siempre me había pasado.
-Tonta… ¿Cómo podría vengarme de ti por esto? –Dijo mirando hacia otro lado. Vaya, como si nunca me hubiera echo nada malo en venganza… -Si tenías razón cuando lo dijiste antes. La culpa era mía por no haber pensado en ti al planear esto. Entiendo que estés enfadada conmigo y que me odies por todo lo que te he hecho… –Cogió el plato con mucho cuidado para sorber lo que quedaba. Al final, por mucho que quisiera negármelo, la sopa le había encantado. –Nunca había probado esta clase de sopa con esos cuadraditos marrones. -¿Cuadraditos marrones? Jajaja. Cambió de tema descaradamente, pero le había salido muy bien.
-Jajaja, no son cuadraditos marrones, ¡es pan tostado! Si es que eres muy testarudo. Siempre te niegas, pero cuando decides hacerte caso de los demás, te alegras por ello. –Dije levantándome y recogiendo las cosas para llevarlas a la cocina. Yo hacía rato que me había terminado el plato de sopa, pero él había tardado más.
-¿Dónde vas? –Dijo tirando de mi mano. Me recorrió un escalofrío por todo el cuerpo. En el parque me cogió varias veces por la mano y el brazo para impedir que me fuera, y no sentí nada. Pero aquí, a solas los dos, tan cerca, y en un ambiente tranquilo, todo se sentía por triplicado o más.
-A lavar los platos. –Dije girándome a mirarlo. Su cara parecía angustiada. Realmente no quería que me fuese.
-No te vayas. –Me apretaba la mano con fuerza. Mi corazón empezó a latir con fuerza. –Lávalos mañana.
-Ok, ok, pero al menos los pondré sobre la encima, me pongo mala de ver tantos cacharros por medio. –Se lo pensó unos segundos, como si creyera que le mentía y que no volvería. Pero al final me soltó la mano. <No tardes> Me dijo. Al momento me encontraba de nuevo sentad en el sofá a su lado. -¿Ves? Sólo he tardado unos segundos. Impaciente. –Dije mirándolo moviendo la cabeza como si estuviese reprochándole algo a un niño pequeño.
-Tonta. No te creas importante, es que tenía frío y contigo al lado siento tu calor. Y como estoy enfermo y a los enfermos se les da todo lo que piden. Así que abrázame. –Dijo mirándome muy seriamente. Casi prefería que siguiera delirando, su mirada tan intensa, lo era demasiado, y me costaba mantenerla o resistirme a lo que me pedía. Y sabía que volvía a decirlo a modo de orden, como si yo fuese una subordinada. Algo que detestaba. Pero no me negué. En el fondo, pienso que yo también quería abrazarlo. Todavía recordaba sus firmes brazos protegiéndome del exterior y de mí misma, en el barco. Ahora era mi turno darle calor. Aunque en ese fondo que me decía que lo hiciera, también había otra parte que me decía que volvería a herirme. Aunque ya buscaría una solución más adelante.
-¿Mejor? –Puse unos cojines en el brazo del sofá y me apoyé mi espalda sobre ellos. Abrí las piernas para dejarle un hueco a Bryce, que usó para acomodar su cabeza sobre mi pecho. Mis brazos rodeaban el suyo. Antes de recostarse, se encargó de que la manta camilla lo tapara por completo, aunque tuve que encogerse bastante, la manta no era muy grande y el sofá tampoco, y Bryce ocupaba mucho espacio.
-Mucho mejor. –Dijo por fin. Cogiendo mis manos con sus manos y acariciándolas dulcemente. Mi corazón seguía palpitando estrepitosamente. Noté que sus pantalones ya no estaban mojados. Menos mal, poner el brasero al máximo había servido para secarlos. Las cuatro o cinco mantas que lo tapaban eran de franela. No había modo ninguno de que ahora tuviese frío.
-Deberías llamar a tu casa para avisar de que estás aquí. Tu madre estará preocupada. –Bryce soltó unas carcajadas irónicas.
-Mi madre sólo se preocupa de ella misma y del imperio Domioyi. Hace dos años que no veo a mis padres. Mi padre vive en Washington DC y mi madre en Alemania. Donde se encarga de los negocios con toda Europa. Nunca se preocuparon por Aaron, Tori o por mí. Desde pequeños, fue nuestra ama de llaves, Sarah, las que nos cuidó. -¿Cómo? Debían de manejar cantidades desorbitadas de dinero, si los padres habían renunciado al cuidado de sus hijos.  –Y Aaron cuando se acuesta, cae muerto en la cama y no se despierta ni aunque haya un terremoto. –Su voz sonaba ahora sombría. Como otras veces la había notado. Aunque no tanto como la recordaba. Este debía ser un tema que más o menos tenía medianamente superado. –Tranquila, nadie se preocupa por mí como para que tenga que avisar a alguien de que hoy no pasaré la noche en casa.

Ahora entendía el porqué de su terrible carácter. Tanto de hoy como de siempre. Hoy, porque mañana era el Día de Acción de Gracias, cuando todas las familias se reúnen al completo, padres, tíos, hermanos, abuelos, primos, sobrinos, nietos… Y él lo había pasado siempre solo con Aaron o Tori, y ahora que ella no estaba, tampoco. Me costaba mantener el rencor, por eso se me pasó todo el enfado de esta tarde de momento, pero ahora lo que sentía era tristeza. No sabía lo que era el calor de un hogar. Aunque es increíble como ante una misma situación, se pueden desarrollar dos personalidades totalmente opuestas. Aaron se había inclinado al lado introvertido, tranquilo, pacífico, que no se preocupaba por los problemas de los demás… y Bryce se había inclinado al lado extrovertido, brusco, violento, precipitado, irascible, egoísta…Uno se metía en su burbuja para evadir esa realidad, y otro la evitaba haciéndole la vida imposible a los demás, para sentirse mejor pensando que la vida de los otros era peor que la suya.

Ahora comprendía muchas cosas. Bryce era un incomprendido. Si desde el principio hubiera sabido esto, lo habría mirado con otros ojos. No hubiera pensado que lo hacía por pura maldad, sino por una salida desesperada de su vida vacía en la que el cariño y amor de un hogar era suplido por frío y superficial dinero.

-Entonces tienes que haberte sentido solo. –Dije rompiendo el silencio.
-Solo… no uses esa palabra tan patética…Ahora que estoy contigo, ya no me siento solo nunca más. -Y en un arrebato imparable por mimar a esa persona que sentía tan sola. Lo apreté aún más contra mí y lo besé en el pelo. Ninguno de los dos dijimos nada.

Todo siguió como antes, mi corazón latiendo al galope, y él acariciando tiernamente mis manos. Aunque de vez en cuando le daba por alargar el brazo y coger un mechón de pelo para olerlo. Al momento se durmió. Me di cuenta porque dejó de acariciarme. Me quedé un rato así, tenía miedo de moverme y despertarlo. Pero yo también tenía que acostarme. Cuando vi que no había peligro, intenté salir de debajo de él con sumo cuidado y delicadeza. Algo que me llevó bastante tiempo, porque pesaba mucho y porque me movía muy lentamente para no despertarlo. Fui al baño, me quité la lentilla, me lavé los dientes y me puse el pijama.

Lo miré una vez más antes de irme a la cama. Lo escuché pronunciar mi nombre en sueños. Sonreí. Soñaba conmigo, y además eran sueños bonitos, lo sabía por la forma tan tierna en que pronunció mi nombre. Creo que esa tarde habían cambiado muchas cosas entre Bryce y yo. Y aunque había renunciado a seguir intentándolo con Aaron, todavía él ocupaba mi corazón. Sin embargo, en momentos como este, pensaba que era muy fácil enamorarme de Bryce. Pero quien sabe… Tal vez, en un universo paralelo, él y yo nos amábamos y éramos felices juntos.

Me fui a la cama. A pesar de todo, no me costó nada conciliar el sueño, al momento caí dormida.