adelgazar

Refranero

jueves, 5 de abril de 2012

Capítulo 50: Oso blanco

Capítulo 50: Oso blanco

Esa noche me sentí muy sola en la cama, más que ninguna otra vez antes. Al día siguiente, lunes 28 de noviembre, había clases y escasez de ganas de ir a ellas. Pero debía ir, era mi obligación con el Estado español, que me estaba pagando la beca de estudios. Aunque lo decía para tener argumentos a favor de ir, porque en verdad eso no me condicionaba… que malota soy jijijiji. Bromas sin gracia a parte. Me vestí, desayuné y me fui. Rápido, porque cada segundo que pasaba en mi casa me convencía más de que lo mejor era quedarme en ella.

Muy decidida pero sólo aferrada a ese estado de ánimo por un fino y delgado hilo, caminaba pisando fuerte por la calle. Poner todo mi oficio y trabajo en hacerme ver que todo estaba bien me mantenía bastante entretenida, para qué mentir… Aunque tal vez estaba exagerando un poco, parecía un militar desfilando con las zancadas largas, decididas, fuertes y la cara seria. Pero como la gente no me miraba… no se fijaba en mi… no repara en mi persona… soy invisible e incorpórea para ellos… y además no tenían nada que ver conmigo y tampoco iba a volver a verlos…. Me daba igual, yo seguía pisando fuerte, haciendo notar que yo estaba allí. Aunque mis ánimos sinceros, naturales y espontáneos no.

Llegué a la Uni, mi postura ser mantuvo firme, aunque flaqueara en ciertos momentos al acordarme de que podía encontrarme con él. En Inmunología me senté muy decidida junto a Shelby, que como de costumbre, muy pronto comenzó a hablarme de su fin de semana. Cada lunes la misma historia. A ver con qué me sorprendía hoy.
-Conocí a un extranjero monísimo en Wall Street. Era francés, rubio y con los ojos azules. –Esto era nuevo. Vale, no me gustan los franceses ni los rubios con los ojos azules, excepto Leo, pero porque él era algo fuera de serie. -Yo pasaba por allí de vuelta de las compras, y se acercó a mí para preguntarme dónde estaba no sé qué sitio. -¿No sabía por qué le preguntaba? Me la imagino toda emocionada ella viendo que se le acercaba y enclaustrándose en su burbuja ignorando todo lo exterior. Vaya, justo lo que me pasa a mí todo el rato. –Pero no importaba, tomé la oportunidad para ligar con él y me lo llevé por todos los alrededores de guía turística. ¡Muy caballerosamente se ofreció a llevarme las bolsas de la compra! –Guau, todo un caballero sí. Iba a exteriorizarlo en voz alta, pero no me dejaba hablar. –¡Dijo que le gustaba mucho, que era guapísima, y que quería volver a quedar conmigo antes de irse! Me ha dado su número y lo voy a llamar hoy al salir de clases. Ayer no pudo quedarse más tiempo porque iba a perderse un tour que tenía contratado para hacer en helicóptero. –Acabó con su historia desilusionadamente.
-Pues yo tuve una comida de rencuentro con antiguos compañeros del cole… -Pero ya no me escuchaba.
-La señorita del pelo naranja. Guarde silencio por favor. –El profesor me llamó la atención a mí… ¿Y qué era eso de “señorita del pelo naranja”? ¡Tengo un nombre! ¡Que somos treinta en la clase! ¡No es como para no recordarlo! Aunque tal vez no es un profesor preocupado en acordarse de los nombres de sus alumnos…
-Señorita Dawson, ¿podría decirme por qué ese tipo de bacterias…-Y ahí desconecté. Anda y que le dieran por el cu…aderno. Aquí todo el mundo recibía respeto menos yo. Pero yo no iba a hundirme. No. Y si Shelby volvía a ser la protagonista y una vez más me ignoraba cuando iba yo a hablar, daba igual, por lo menos hoy volvía a ser la misma, me dejó preocupada el viernes cuando la vi tan mal.

Las prácticas de por la mañana se me pasaron volando, para una vez que me parecen súper interesantísimas… Cuando me di cuenta ya era la hora de comer. Por mi, hubiera seguido con el cadáver liada. Me lavé  las manos y salí fuera dirección hacia el campus de Biomedicina para buscar a Alan. Agradecí que en la Uni el campus fuera único, así todas las universidades están en el mismo recinto. La verdad es que el camino entre ellas era muy bonito. Arcos cuadrados, blancos, a modo de piezas de lego pero sin separación entre pieza y pieza, rodeados de enredaderas con multitud de flores con colores vivos y alegres. Daba gusto pasear entre universidad y universidad. El suelo era de cemento con chinos, a los lados había bancos de piedra con un respaldo en el que la parte de arriba es un macetero con flores que contrastaban con las del techo. A cada lado había pequeños jardines con fuentes y césped, bien delimitados por fragmentos de piedra blanca. Al parecer, esta parte no estaba reservada por el G4, había estudiantes con litronas y cachimbas. Como en España, sonreí al pensarlo.

-¿Por qué pasas de mí Valeria? -¿Valeria? ¿Pasar de quién? Me giré a mirar a un lado y a otro. No había nadie, sólo flores, maceteros y rayos de sol. ¿Me lo habría imaginado? Seguí andando. –Estoy aquí. –Volví a mirar a cada lado. Incluso hasta al cielo. Vale, me sentía como Alicia en el país de las maravillas cuando el Gato Risón, invisible, le hablaba. Lo gracioso es que me sonaba la voz. Y mucho. –Estoy detrás de ti. –Me giré. Aaron estaba sentado en un banco del sendero, con una pierna descansando sobre otra, un brazo encima del respaldo y una vista deslumbrante. Qué arrebatadora visión. Como siempre, mi cuerpo actuaba independientemente de mi voluntad cuando lo veía. Me acerqué a él, no demasiado deprisa ni demasiado lento.
-¿Qué haces aquí? –Pregunté extrañada. Aaron era un millón de veces mejor al Gato Risón.
-¿Eso es lo que me dices después de llevarme un rato llamándome porque has pasado de largo por mi lado? –Se estaría haciendo el indignado, pero con la mejilla levantada a modo de sonrisa ladeada sin mostrar dentadura le quedaba más bien conquistador.
-¿Lo he hecho? –Veo normal no haberme fijado en alguien cuando camino metida en mi mundo, pero ya no fijarme en Aaron era harina de otro costal, y más si sólo estaba pensando en lo bonita que era la vista… porque para vista bonita, él.
-¡Te diré que si lo has hecho! –Dios… no creía que lo mío fuera tan grave…
-Lo siento… Iba inmersa en mis pensamientos… Por un momento, cuando me paré a mirar a ver quién me llamaba y no vi a nadie, llegué a pensar incluso que eran imaginaciones mías. –Y me senté a su lado, suspirando a modo de harta de todo.
-Te estaba buscando. –Dijo sin más. Yo estaba mirando mis manos sobre mis rodillas, pero vi mucho más pertinente mirarlo a él. Y agradable también.
-¿A mí? –Dije inclinándome hacia adelante, apoyándome con los codos sobre mis rodillas, y descansando la cabeza sobre la barbilla. Me miró raro. Vaya, por mi expresión y cara, creo que he parecido más extrañada de lo normal…
-¿Por qué te sorprende tanto? –Dijo divertido al ver mis expresivas expresiones.
-Porque no se me ocurre ningún motivo por el cual tengas que buscarme viniendo expresamente aquí. Que por cierto, ¿cómo sabes que iba a pasar por aquí? ¡Ostras! ¡Ostras! ¡Si yo tengo que ir a ver a alguien! –Dije levantándome de sopetón. Por mucho que Aaron me atrajese de una forma gravitacional, Alan era lo principal para mí en ese momento.
-¡Jajaja! ¡Tranquila, no te alteres tanto! –Y comenzó a reírse disimuladamente con esa risa que es música para mis oídos. –Si ya lo sabía, pensaba acompañarte, si no te importa, claro. –Pestañeé un par de veces, incrédula, ¿eso era cierto? Me súper alegré. Me sentí afortunada e importante, y feliz de que fuera Aaron. Mi Aaron, el que nunca me había defraudado.
-Claro. –Dije todavía con los ojos muy abiertos por la sorpresa. Él seguía riéndose silenciosamente. –Pues tú dirás. ¿Cómo sabías que pasaría por aquí?–Le insté a hablar una vez que nos pusimos en camino. Agradecí que el recinto fuera tan grande y los sitios estuvieran distanciados considerablemente, sólo por ese día, así podría estar más tiempo a sola con Aaron.
-Siento haberte dejado plantada ayer. -¿Ayer? ¿Plantada? ¡Oh! ¡Cierto! De verdad… se me va la olla más como nada… Por lo menos, tenía razón al obligarme a creer que no le había pasado nada. Aparentemente estaba sano y salvo. Lo miré para asegurarme… Si es que busco cualquier excusa para mirarlo de arriba abajo. Barrido de prueba realizado. Escáner de análisis realizado. Comprobación de que los resultados son correctos, realizado. Bien, estaba en perfecto estado de salud. Si es que me preocupo tanto por él… -Por lo que veo, estás sana y salva, el tipo del móvil no te hizo nada. -¿Me habría hecho él otro análisis visual de comprobación del estado físico? Dios… en qué estoy pensando… deja el lado desesperado para otro momento, Valeria…
-¡Y que se hubiera atrevido el estúpido ese! –Bien, había dejado el lado lujurioso por el guerrillero…
-¿Qué te hizo? No, mejor ¿qué te intentó hacer? Pobre chaval… no sabía con quien se metía… Si hubiera sabido tus andadas por la Uni… Que en paz descanse… -Cuando Aaron me chinchaba, no lo hacía de la forma en que Liam y Leo lo hacen, su forma es adorable. Las expresiones teatrales de su cara eran exquisitas.
-Ja-ja-ja. No le hice nada porque no le dejé, casi… pero cuando no metía cuello metía mano… -¡No! Al haber dicho eso ahora parecería una creída que se piensa que tiene a todos los tíos rendidos a sus pies… ¡Mierda! ¡Pero es que era cierto!
-Vaya, voy a tener que empezar a ponerme celoso. –Y cuando lo miré sorprendida por lo que estaba escuchando, creyendo más que era una ilusión de mis oídos que otra cosa, me guiñó un ojo. El sol le iluminaba la cara y le aclaraba los ojos, ahora parecían transparentes, sentí que podía nadar en ellos. ¿Se puede ser más irresistible? –Bueno, a lo que iba. –Y cambió de tema radicalmente. Con lo bien que estaba yo con el anterior… -Llamaste a Leo porque querías saber qué pasaba con mi hermano… -Oh no… Yo que quería olvidarlo todo y me venía el hermano del culpable, por el que todavía seguía sintiendo algo, más bien mucho, a contarme cosas del motivo de nuestra ruptura. -¿Sigues interesada en saberlo? –Y se paró a hacerme al hacerme esa pregunta, como si para meditar la respuesta necesitase de toda mi capacidad mental.
-Sí. –Hacía vientecillo, suficiente para ver su pelo negro ondeando al viento y al mío moverse ligeramente. Ahora estaba de espaldas al sol, por lo que se le creaba sombra, que le hacía aún más arrebatador.
-Nuestra madre lo ha castigado en una especie de arresto domiciliario. –Y remprendimos el camino al campus de Biomedicina. –No sé si lo sabes, pero el mendigo contra el que peleó aquel día que cogió fiebre, era Earl Cobain. –Me sonaba el nombre, lo había leído en algún sitio… Pero no sabía dónde. –Era el dueño de una empresa que quebró por culpa de la corporación de mis padres. -¡Ya sé quien era! Su empresa de telecomunicaciones quebró por no querer vendérsela al imperio Domioyi. Me estremecí al recordarlo.
-Sé quien es. –Respondí todavía pensativa, intentando recordar más cosas de aquel artículo… Lo leí en una noticia del periódico en el metro de camino a la Uni el día que Bryce descubrió que tenía ojos de distinto color… Un momento, Me he sentido desilusionada… lo pensé desilusionada… oh no… estaba desilusionada por no ver a Bryce…me desilusioné aún más al comprobar que estaba desilusionada…
-Pues en venganza, no quiso aceptar el dinero que le ofrecieron los abogados de la compañía. Y hay ahora una disputa por si saca a la luz la “paliza” que le dio Bryce o recibe de nuevo todos los derechos de su antigua empresa a modo de indemnización. –Con que ese era el motivo por el que no podía recibir visitas… Nunca lo hubiera imaginado. Y yo que llegué a pensar incluso en un momento de desesperación total que era porque no quería verme… Empecé a sentirme culpable.
-Ciertamente había notado que había más guardias en casa, que estaba más vigilada, pero no se me pudo ocurrir que estaban manteniendo a mi hermano recluido. –Me parecía raro escuchar la palabra hermano. Yo es que los veía tan distintos, tan pero tan distintos… -Cuando fui a hablar con él, descubrí que no quería hablar conmigo. No me enteré hasta que salí de la ducha, listo para ir a buscarte a la una y media, y los guardias me impidieron el paso. –Me miró buscando algún comentario por mi parte. No hubo ninguno. Continuó al comprobar que seguía escuchándolo atentamente. –Comprendí al momento que el problema no era él, era que estaba vigilado y no le permitían salir. Sin saber todavía nada, vi conveniente hacerme pasar por él. Entré adentro, comprobé que mi ropa usada la había cogido él, llamé a mi madre y me lo confirmó todo. –Con que por eso olía diferente cuando me abrazó… Llevaba la ropa de Aaron… Me sentí confusa, ¿por qué a mi cuerpo le atraía más el olor de Bryce? Caprichos macabros del destino. –Fue a buscarte. –No era una pregunta, era una afirmación en todo regla. Yo seguía caminando sin decir nada. Pero me surgió una duda.
-¿Cómo lo sabes? – ¿Se supone que habían hablado del tema después cuando Bryce llegó? Poco probable. Aun así, al imaginármelo, me dio escalofríos. ¿Vislumbré en sus ojos que eso no debió haberlo dicho? Su respuesta ignoró por completo mi pregunta.
-Los guardias descubrieron el fraude. Intenté disimular mi sorpresa al descubrirlo y pacíficamente me volví adentro, cuantas más cosas hicieras, más posibilidades de delatarme. No caí en la cuenta de que Bryce no habría actuado nunca así. -¿Y sabiendo los guardias de seguridad que son gemelos que se pueden confundir… sólo les bastó verlo con la ropa que Aaron había llevado antes de entrar? –No soy tan buen actor como él. Yo tengo la costumbre de saludar a los guardias al salir y entrar. Él lo sabe, muchas veces me ha dicho que es innecesario e inútil. –Como no… Pero me hizo gracia ver que había respondido una pregunta que había decidido callar. -Sin necesidad de ningún tipo de comprobación, diciendo eso de la manera más natural y tres cosillas sin importancia, no levantaría la sospecha de los guardias. Y no me equivoco mucho en pensar que es por eso que descubrieron a mí… los saludé. –Pequeñas grandes cosas que determinan la victoria total o el fracaso absoluto. Aunque mi asombro al ver que tal frase había salido de mí, se fue al ver su cara de circunstancia y replanteamientos existenciales. Estaba muy gracioso. Jajaja.
-¿En qué piensas? –Dijo después de un largo silencio. Se paró, así nuevamente toda mi atención recaería en él. Me miraba expectante. Pero ciertamente no dije nada después de que terminara su explicación. ¿Qué quería escuchar? No iba a decirle que pensaba en qué hizo Bryce después de aquello.
-Me preguntaba por qué has ignorado las dos preguntas que te he hecho. –No fui sincera. Lo hubiera sido si hubiera preguntado <¿en que estabas pensando?> o <¿en que habías pensado?> pero no con <¿qué estás pensando?>
-¿Me has hecho dos preguntas? –Y puso cara de escéptico. Efectivamente, declaraba de forma fidedigna que era un pésimo actor. Su cara me decía descaradamente que se estaba haciendo el loco y que había escuchado perfectamente las preguntas.    
-Sí. La de por qué sabías que iba a pasar por aquí y la de por qué sabías que Bryce fue a buscarme. –Y puse los brazos en jarras para intentar mostrar enfado.
-¿No es ese tu amigo? –Dijo apuntando con la barbilla hacia mí. Es decir, estaba a mi espalda. Me giré a mirar, correcto, era Alan. Miré alrededor, estábamos muy adentrados ya en su campus. Ni me había percatado con la charla y mi posterior introspección. Mira por dónde se iba a escapar de mi pregunta Aaron… Alan estaba sentado en un poyete de los típicos jardines sembrados en una especie de macetero gigante. Miraba hacia un lado, no me vio. Llevaba el collarín. Encogí la expresión al verlo.
-¿Quieres que te lo presente? –Le ofrecí amigablemente. Sabía lo introvertido y poco sociable que era Aaron. Y no me equivoco al pensar que conocía la respuesta.
-¿Te importa si te espero aquí? –Sonrió a modo de disculpa. Aunque podría haber puesto otra expresión, esa hacía que me costara más trabajo despegarme de él.
-No sé cuánto puedo tardar.
-Entonces me iré a buscar a los demás. –Me hizo un gesto con la mano, similar a un saludo militar pero sólo con dos dedos juntos, y se despidió. Lo miré irse, sin darme cuenta, cuando lo vi desaparecer, comprendí que me había quedado como una tonta babeante mirándolo andar… Me giré y fui adonde Alan. No me vio llegar, no me miró, estaba hablando con alguien que desde mi perspectiva no podía ver, lo tapaba un árbol. No fue hasta que estaba a un metro de Alan cuando la vi. Claire.
-Hola. –Fue un saludo demasiado cordial para lo que estaba acostumbrada.
-Hola. –Respondieron los dos a la vez. Vale, ¿qué hace ella aquí? No es que me moleste… pero quería estar a solas con Alan.
-Que sorpresa encontrarte aquí, Claire. ¿Vienes mucho por aquí? –La pregunta sonó demasiado falsa. Quería saber sólo para qué venía. Sabía de sobra que si hubiese venido antes, a ver a Alan, me habría enterado o visto.
-No, no mucho desde que lo dejamos. Pero él y yo seguimos manteniendo una buena relación y sentí que debía venir a ver cómo estaba. –Dijo como si fuera la cosa más natural del mundo. Me imaginé una situación hipotética en la que Bryce y yo fuéramos sólo amigos y tuviéramos una bonita relación de amistad. Cuanto más lo pensaba, más hipotético me parecía… Suspiré, le sonreí y me giré a mirar a Alan.
-¿Cómo has pasado la noche? ¿Qué tal estás hoy? –Aunque pareciera que preguntaba por respeto, no lo hacía así, de verdad me interesaba.
-Pues bastante incómodo, sólo he podido dormir bocarriba y me ha costado pegar ojo. Hoy estoy otra vez incómodo, siento mucha rigidez en el cuello. –Dijo mientras levantaba los hombros para estirar a lo largo el cuello. Se le notaban marcas en los ojos de haber dormido poco. Hice una mueca inconsciente de desagrado.
-¿Y queda tu universidad muy cerca de aquí? –Le pregunté a Claire para empezar una nueva conversación. Ciertamente la Uni con todas sus campus ocupaban bastantes hectáreas, pero yo no conocía los alrededores, tal vez había más universidades.
-No. Queda bastante lejos. Tengo que saltarme una hora porque no me da tiempo en la hora de descanso. Pero por Alan cualquier cosa. –Y lo abrazó cuidadosamente, Alan se quedó con los brazos colgando a cada lado, mirando extrañado. Yo no comenté nada mentalmente, pasaba. Estuve con ellos sólo quince minutos, era lo que quedaba de recreo. No hablamos cosas muy significativas, sólo por el estado de salud de Alan y cosas de la universidad y las clases. Fue una conversación amena, pero yo no estaba de humor. Tenía la sensación de que ese día no vería a Bryce. Y así fue.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Y así pasaron dos semanas, tan largas y cortas como llevaderas o no. Tan contradictorias como lógicas. Unos días iba a ver a Alan y otros días me quedaba estudiando en la biblioteca. Los exámenes de fin de cuatrimestre estaban justo a la semana siguiente y no podía arriesgarme a bajar mi media, no podía defraudar a quienes habían invertido dinero en mí, pero sobre todo por mí, no estaba dispuesta a ser una más. Quería ser la mejor. Ya que mi vida amorosa es bonita sólo en mi cabeza, porque ni siquiera en mis sueños se puede decir que lo sea…ya que desgraciadamente no suplo mis carencias amorosas con ellos… y mi suerte en vez de inexistente es directamente mala…

Fueron dos semanas muy rutinarias y poco llevaderas. Lo único que le dio más vidilla fue la nota de mi trabajo de investigación. Un notable alto. No era la nota a la que estaba acostumbrada, pero sí la máxima para haber hecho el trabajo en una noche y una tarde. Tenía que sentirme realizada en algo, y sólo me quedaban los estudios, porque como amistad, sólo podía no fallar nunca, porque lo que era ayudar, tampoco estaba en mi mano. Karem a veces se veía eufórica y otras depresiva. No volvió a sacarme el tema de su amor difícil, y yo no quise sacárselo. La fiesta de pijamas en casa de Ashley se pospuso para el día en que yo acababa los exámenes. Clases por la mañana, trabajo por la tarde, estudio por la noche. Los parciales estaban a la vuelta de la esquina.

Alan se había recuperado muy pronto, pero por costumbre, Claire seguía yendo a verlo. A veces comíamos los tres, otras veces comía yo con Alan y sus amigos. Muy buena gente los de Biomedicina por cierto. Eso sí, casi me come la tierra cuando se enteraron de quién era… La Juana de Arco de la Uni… La mártir… En fin, por lo menos eran de buen rollo. Siempre podrían haberme puesto de mote “La tortita”… por la manía de tirarme harina, huevo y agua y eso… Lo cierto es que lo pasaba muy bien con ellos, me reía mucho. Gente sin complejos que dice las tonterías que se le vienen a la cabeza sin miedo al que dirán. Gente real de verdad, que sabe que está rodeada de personas reales. Aunque lo mejor de ir a su facultad, lo mejor de todo era encontrarme a Aaron por el camino. Cuando no me pasaba el recreo estudiando y decidía ir a ver a Alan, siempre me lo encontraba en el camino de los arcos con enredaderas y flores de colores.

Cada vez que lo veía, se me iluminaba todo. Sólo podía verlo a él, lo demás sobraba. Era el mejor momento del día, aunque sólo durara cinco minutos, el tiempo del camino. No sabía por qué estaba allí, si iba a buscarme a conciencia porque quería estar conmigo, no tenía nada mejor que hacer o no quería ver a Bryce, Liam o Leo por algún motivo… sólo sabía que aunque nunca aceptaba quedarse con Alan y yo, siempre estaba sentado en el mismo banco que una vez ignoré. Eso, y el momento de la salida y entrada en los que me cruzaba con Liam y Leo, era el único contacto que tenía con el G4. El único… Y trataba con tres de cuatro… Creo que ninguno de ellos era con el que verdaderamente quería… Y no supe seguir. Sentí un vacío dentro de mí. El que deja una oportunidad que no tuvo oportunidades.

La cosa estuvo muy calmada en la Uni esas dos semanas, la gente seguía sin hablarme y yo tampoco hacía por que eso cambiara. Shelby se acordaba de mí cuando le interesaba, y por fin para Angela, Stephanie y Cindy parecía ser invisible, al igual que para el resto de los mortales… ¡Vale!  ¡No sirvo para esto de no pensar en lo que no quiero pensar! Comparar un pensamiento mío sobre Bryce por uno en las tres arpías esas era como cambiar la conversación sobre una operación médica por qué color de sombra de ojos ponerse para salir. En contra de mi orgullo para no sentir que me había equivocado en mi decisión, no paraba de encontrar motivos que me hicieran pensar que Bryce de verdad había cambiado y que no debí dejarlo… ¿Era remordimiento de conciencia por el dolor que le había causado o parecía haberle causado? ¿O eran mis sentimientos gritándome una verdad a voces que n quería escuchar? Por ahora, seguía con la duda de si de verdad alguna vez me quiso y no fui algo pasajero sin mayor significancia…

Para no verlo, llegaba muy puntual, salía muy tarde, andaba siempre mirando al suelo y por sitios donde no era probable encontrármelo. ¿Cuánto me duraría este juego? ¿Por qué vuelvo otra vez a un tema que no afronta la realidad? Soy una cobarde conmigo misma además de todo… ¡¡SÍ!! ¡Me humilla a mí misma reconocer que evito a Bryce a toda costa pero que me intereso por todo lo relacionado con él! ¡Y por mucho que cambie de canal en la programación de mi mente, huyendo, al final siempre acabo viendo el mismo programa de siempre! Evito a Bryce pero pienso en él, lo ignoro pero lo busco, paso de él pero quiero saber todo lo que le rodea.

Sabía que Bryce se había disculpado con el restaurante que destrozó, pagó los desperfectos de su propio dinero e incluso dio más como gesto de disculpa. Aaron me lo contó un día que no pude más y tuve que preguntar por él. Más bien, un día que mi capacidad emocional venció a la racional. Noté que durante esas dos semanas, no se escucharon noticias sobre actos despóticos o altivos del G4. Al parecer, si el líder estaba calmado, todos estaban calmados. Incluso me había enterado de que andaba acompañado de tres gigantes a todas partes. La gente pensaba que era por protección. Yo sabía el verdadero motivo. Y por eso me sorprendió no recibir ninguna noticia sobre un mal comportamiento del grupo, parecía increíble que Bryce aceptara que lo persiguieran a todas partes esos hombres, sin rechistar. Aunque no tuviera fuerzas para verlo, hablar con él y volver a sentir cosas que creía haber guardado bajo llave, siempre andaba con el oído puesto en alguna conversación ajena de las seguidoras del G4. Era lo que más cerca me mantenía de él. En estas dos semanas no lo había nada más que a escondidas. Ni un intercambio de miradas siquiera. Y aunque me hacía infeliz, era decisión mía. Lo que no puede ser, no puede ser, y de eso estaba tardando ya demasiado en hacer entender a la parte estúpida y esperanzada de mi cerebro.

<-Quédate en el rincón hasta que dejes de pensar en un oso blanco- dijo Tolstoi a su hermano.> Y su hermano no lo consiguió, por mucho que se esforzaba. Cuando se disponía a irse del rincón porque recordaba que no había pensado en un oso blanco, inmediatamente pensaba, y volvía al rincón. Una y otra vez. Continuamente, en un ciclo constante. Y yo sabía perfectamente lo que sentía el hermano… demasiado para mi gusto. <No vuelvas a ver a Bryce hasta que estés segura de que no estás afectada por cómo están las cosas –dijo la parte racional de mi mente.> Pero la parte emocional volvió a sentirse afectada, y Valeria no se sintió con fuerzas para enfrentar a Bryce, un día más, un mañana más, un segundo más. No sabía lo que podría volver a sentir, y le daba miedo descubrir que romper con él fue un error y que quería estar con él…Porque no estaba dispuesta a sufrir a cada momento por su acaparadora personalidad.

Tal vez el hermano de Tolstoi murió en el rincón. Tal vez yo nunca pueda volver a ver a Bryce por decisión propia. Aunque la gran diferencia, es que el hermano tenía la opción de rendirse… yo por más que me obliga a permanecer firme en mi postura de no atormentarme, no conseguía encontrar la opción de dejar el “juego” por ningún lado. Porque en el fondo, aunque luchaba por convencerme y engañarme de lo contrario, y lo conseguía a veces, yo deseaba que volviera a buscarme. En este tiempo, me había dado cuenta de que había cambiado, y las esperanzas volvieron a mí, aunque también pensara que volvería a tropezar con la misma piedra. Sentimientos contradictorios, mente confusa, enfrentamiento entre la mitad emocional del cerebro y la otra mitad racional, agotamiento mental y un “oso blanco” que no me dejaba ser feliz. 

viernes, 30 de marzo de 2012

Capítulo 49: Casi 640 caracteres

Capítulo 49: Casi 640 caracteres
Me llevó un rato llegar hasta abajo del todo. El inmenso hall estaba vacío de caras conocidas. Me relajé. Con calma, las cosas se llevan mejor. ¿Se habría ido ya Bryce? Bah… eso ya no era de mi incumbencia. Muy serenamente, me acerqué a recepción y pregunté si sabía a qué hospital se habían llevado a los del incidente de antes. El Mont Sinai Hospital respondió. Vaya, ya había estado allí antes a visitar al accidentado de la carrera ilegal de coches. Con esta, sería la segunda vez que iba por culpa de Bryce. Espero no convertirme en una visita habitual. Se lo agradecí al simpático chico del mostrador y cogí el metro hacia allí.

El hospital seguía siendo blanco, rectangular y me recordaba a una caja de zapatos. Pero al contrario que la otra vez, no me quedé en blanco al preguntar por el paciente al llegar a la zona de urgencias en traumatología. Me respondió una señora mayor, de unos 58 años. Muy simpaticona. Tratándome como una madre muy apegada a su hija me dijo cariñosamente que esperara en la sala de espera, que si no estaba allí, estaba dentro en radiología o con el traumatólogo. Ajam. Y digo lo de cariñosamente porque al final de la frase, cuando le di las gracias, contestó <de nada cariño>. Da gusto ir a los sitios con gente así. Me sacó una sonrisa y todo. Lo agradecí.

Para mi sorpresa, había como quince de los hoy reunidos en la sala de espera. Guau. Eso sí que no me lo esperaba. Pero Alan no estaba. Eso sí, fue entrar y todos dirigirme miradas que no comprendí. No sabía si era asombro, rencor, alegría o miedo por lo que había pasado allí. Me acerqué al que tenía más cerca. Erick. No tenía ganas de elegir a la cara que me transmitiera más tranquilidad.

-¿Cómo está Alan? –Pregunté con mis pocos ánimos. Estaba de pie apoyado contra la pared. Muchos estaban así, no querían colapsar la sala o quitarle el asiento a quienes de verdad lo necesitaban. Porque realmente había personas en silla de ruedas, con tablillas en extremidades, moratones…
-Pues recuperó la conciencia al llegar aquí. Se encontraba un poco mareado y lo ha acompañado Claire hacia la puerta de donde se hacen las radiografías. –Vaya, Claire…Le hice un gesto con la cara en plan <vaya… que mal…>. Y me lanzó una pregunta indiscreta. -¿Por qué ese loco entró rompiéndolo todo en el restaurante? ¿Qué tiene que ver contigo, Valeria? –Y para mi fortuna, bastante escasa hoy, vi aparecer a Alan agarrado a Claire, detrás de Erick.
-Un momento. –Y me fui de su lado camino hacia Alan. Llevaba un collarín ya la cara descolocada. Le pasaba un brazo a Claire por los hombros. Habían salido de radiología y estaban en el mostrador de urgencias. –Alan… -No sabía cómo dirigirme a él… estaba así en parte por mi culpa. Los dos me miraron. De muy distinta manera. Alan alegre al verme y Claire enfadada, o eso creo.
-¿Qué quieres? –Los aires de grandeza de Claire volvieron… con lo que ella era…antes…Me sentó mal que me hablara así. Pero yo creo que nada más podía superar lo que había sentido cuarenta minutos atrás.
-¿Puedes dejarnos solos un momento, Claire? –Alan salió en mi ayuda. Pero mi expresión seguía siendo tan seria como antes. Era consciente de que tenía el entrecejo fruncido, la mandíbula en tensión y los labios apretados, pero no me apetecía cambiar de expresión. Si me sentía así, no iba a ocultarlo. Claire vaciló un momento, pensando si rebelarse diciendo algo o irse. Optó por lo segundo, y lo agradecí, pero no mucho. Eso sí, la mirada asesina que me lanzó casi me fulmina. Al menos tuvo el detalle de decirle a los demás que nos dejaran solos, porque ya venían hacia Alan para hablar también con él. Eso sí, lo dijo con malas ideas.
-¿Cómo estás? –Puede articular finalmente. En serio, seguía en shock. Un poco. Nos movimos hacia un lado del mostrador, dejando sitio a otra gente que lo necesitaba.
-Acabamos de hablar con el traumatólogo. Dice que no tengo ni fisura ni rotura, sólo fibras musculares rasgadas y los cartílagos intervertebrales hinchados. Tengo que llevar el collarín una semana, es el tiempo en el que me dejará de dolor. –Hablaba como si quisiera quitarle importancia al asunto. Pero para mí tenía mucho, y me estaba haciendo sentir cada vez peor.
-Alan… lo siento… si llega a pasarte algo… no sé que hubiera hecho…-Y agaché la cabeza a modo de disculpa. Jugaba nerviosamente con los dedos de mis manos. En ese momento, en frío, me di cuenta de todo lo que pudo haber sido. Me daba igual si me miraba Claire, los demás compañeros o la sala de espera al completo, pero en ese momento no podía actuar de otra manera.
-Valeria. No es culpa tuya en absoluto. Tú no eres la que ha de cargar con los actos de Bryce Domioyi. –Dejaba un silencio entre palabra y palabra, más largo cuando se trataba de empezar una frase nueva. Que intentara hacerme pensar eso me hacía sentir peor. Yo no pensaba que fuera la culpable, pero si estaba implicada, y era suficiente. –Mírame. –Eso lo dijo con más intensidad de lo normal. Yo seguía mirando sin ver mis dedos nerviosos bailando entre ellos. Me temblaban las manos. Alcé la cabeza, lo miré y dejé caer mis manos a cada lado de mi cuerpo, quietas. –Sabes que los hospitales denuncian por ley, si el caso se lleva a juicio o no eso es ya incumbencia del paciente. –Hablaba solemnemente.
-Lo sé. -Lo sabía. Y bastante bien. Por suerte o por desgracia…y recordé que un día le dije a Bryce que era por buena suerte… una espinita se clavó en mí, volviendo a pensar lo que no fue y pudo haber sido.
-Yo no quiero meterme en problemas de jueces, abogados ni juicios… Pero tampoco veo correcto que ese desgraciado haga lo que le de la gana en la ciudad y nadie haga nada al respecto. –Yo era de las que pensaban así antes. Y quería creer que ahora también. Su mirada era intensa, adiviné que se estaba dando un debate dentro de Alan. De pronto me cogió las manos que antes colgaban de mis brazos. –Sólo dame un motivo para no hacerlo. Y no lo haré. –Pronunció finalmente. Me quedé sin saber qué decir. Pasaron unos segundos hasta que articulé palabra.
-Yo no quiero darte motivos para no hacerlo. –En ocasiones, miraba hacia otro lado, como si dejar de aplicar la vista me diera facilidad de palabra. Desgraciadamente no era así. –Si crees que lo debes hacer. Hazlo. –Iba a decir muchas más cosas. Muchas más. Pero al final las contuve. Tanto mirar al infinito para que la facilidad de expresión me llegara para nada.  
-Valeria, si te pregunto, es porque creo que lo de hoy no es todavía una venganza del G4 o algo que tenga que ver con la tarjeta roja. –Sabía que lo sabía. Es sólo que no quería hablar del tema. Ahora empezó a apretar con más fuerza mis manos. Casi siento las flechas clavándose en mi espalda de la mirada de la gente. Las ignoré. -¿Qué hay entre Bryce y tú? –Ahí iba. La pregunta con la respuesta que había querido evitar a toda costa. Guardé silencio, en un minuto incómodo. Pero eso sí, manteniéndole la mirada, por si en algún momento le daba por decir que daba igual, que no importaba… No tuve esa suerte.
-Nada. –Dije finalmente. Era la palabra más vacía que había pronunciado nunca. Pero también la que más verdadera de todas era. Desde hacía 45 minutos, no había absolutamente que algunos recuerdos aislados, buenos y malos. Sentí como me hice pequeñita. Sentí como se me humedecieron los ojos al recordar. Sentí muchas cosas y a la vez no sentí otras muchas.
-Comprendo. –Comprendía. Y me soltó las manos cuidadosamente. Acto seguido, cambié de tema, a parte de por mi propia conveniencia, porque también me interesaba.
-¿Sabes como esta Nicholas?
-Según me ha dicho Claire, ese…le propinó una patada en el pecho que lo dejó sin poder respirar. –Cierto, había olvidado que por aquel entonces él ya había perdido el conocimiento. –Pero que se recuperó por la intervención de uno de los guardias de seguridad, que sabe de primeros auxilios. Ahora está en su casa. –Vaya.
-Me alegro. –Sonreí. Sonrió. -¿Qué quieres que haga? ¿Te acompaño a tu casa? -¿Me devuelve alguien la ilusión? ¿Por qué nadie se ha ofrecido a hacer eso por mí?
-Ya se ha ofrecido Claire… -Claire… Una desilusión más para mi larga lista… de este día.
-¿Y qué vas a hacer? –Lo miré, no sabía si iba a saber a qué me refería. Pero no me defraudó, eran muchos años separados, pero también muchos juntos. –No lo sé. –Hablábamos sobre el juicio. Sabía que Alan no se dejaría comprar con el dinero que ningún policía corrupto pudiera ofrecerle, y me sentí orgullosa de que fuese mi amigo. Mi Alan.
-¿Puedo abrazarte? –No pedía su permiso, pedía su aprobación médica.
-Cada vez que quieras. –Dijo sonriendo cálidamente. Pasé mis brazos por debajo de los suyos, y el por el dolor de cuello, no los pasó alrededor de mis hombros, ni juntó mano con mano detrás de mi espalda. Pero fue igual de cálido que si me hubiera rodeado por completo. Ciertamente, no pude evitar derramar una lágrima al cerrar los ojos durante ese momento. Era salada. Me la enjugué antes de que me viera la cara.
-¿Mañana vas a la Uni? –Pregunté una vez separados. Tuve que rascarme la espalda, se me había acumulado muchas flechas en ella.
-Sí, no puedo perder clases. Pronto estarán aquí los exámenes parciales de diciembre.
-Cierto. –Y tras un breve silencio. Me despedí. –Cuídate hasta mañana que nos veamos. Mañana ya me encargaré yo. –Le guiñé un ojo cariñosamente.
-Lo que usted diga, doctora. –Me devolvió el guiño. Me di la vuelta y me fui hacia el grupo de amigos que esperaba sentado a que dejara libre a Alan. Seguro que estaban impacientes por saber cómo estaba. Pero al ver que me dirigía hacia ellos se esperaron.
-Chicos. Me alegro mucho mucho de veros. Espero que quedemos otro día, me lo he pasado muy bien el rato que hemos estado bien… Lo siento por los demás, de verdad, ha sido un espectáculo deplorable… -No me dejaron terminar la frase cuando ya habían comenzado a hablar.
-No te preocupes, mujer, a ver si quedamos otra vez en Navidad.
-¡Tú no tienes la culpa de que se pusiera a romperlo todo!
-¡Alegra la cara! ¡Nos ha hecho mucha ilusión verte de nuevo!
-¡Dame tu número y quedamos otro día para hablar!

Era uno tras otro. Todos se acercaron a despedirse de mí, incluso Claire. La cual sólo me sonrió y me dijo que se alegraba de volver a verme y de que nos veríamos pronto. ¿Lo deseaba o lo daba por hecho? Entendí lo último, pero me extrañé, no sabía cómo lo haría. Le hice un gesto con la mano a Alan desde lejos y me fui. A casa. A la soledad del salón y de la hoja virtual de mi trabajo de investigación.

Sorprendentemente, acabé el trabajo en menos tiempo del que pensé que me llevaría. Vaya, no sentí tanto alivio, tranquilidad, realización, alegría o satisfacción cuando lo terminé, otros sentimientos me invadían en ese momento, sentimientos que intentaba esconder a toda costa. Comprobé mi teoría de que cuando tengo algo en lo que no quiero pensar, me concentro mejor. A ver si ahora debía ser una desgraciada para que rindiera en los estudios… Era temprano, era de día. Y yo no tenía absolutamente nada que hacer. Me tiré sobre mi cama. No quería pensar en nada, sólo relajarme. Observar cómo los rayos de luz entraban a través de las cortinas rojas. La ventana estaba entreabierta y creaban ondas bailarinas que reflejaban una luz rosácea. Misteriosamente me acordé de la canción de Alejandro Sanz <Corazón partío>. Y digo misteriosamente porque no sé cómo se me pudo venir a la mente… Vale, comprobado también, cuando no quiero pensar en algo, mi capacidad para súper  concentrarme más en otras cosas aumenta considerablemente a base de disminuir la de capacidad de auto engañarme-convencerme.


El olor de Bryce, su aroma, titilaba por toda la habitación completamente a sus anchas, demasiado diría yo… y sin mi permiso además. Pero lo peor de todo es que descaradamente se concentraba más en la zona de mi nariz, como si quisiera echarme en cara que ya no era mío. Lo mío ahí dentro era un estremecimiento prolongado en el tiempo. Y eso que tenía el edredón y la colcha puestos, si no, aquello hubiera sido demasiado para mi estabilidad emocional y sensorial. Bajo sus efectos, cogí el móvil, como hipnotizada. No sabía por qué, no quería contactar con nadie ni escuchar música o ver fotos. Pero sin saber tampoco por qué, me encontré abriendo los mensajes. Los únicos que había eran los de mi madre de ese día y los de Bryce. Los únicos. De pronto me hallé abriendo el primero de los cuatro de Bryce. Los leí uno a uno. Parándome en cada palabra como si fuera única e irrepetible. 

<¡Era broma boba! ¿Cómo podía pensar que era una tontería lo que me dijiste de que eras afortunada por haber entrado en tu vida y que ahora estemos así? Digamos> <que era una pequeña venganza por el susto que me hiciste pasar antes cuando creí que ibas a morir atropellada delante de mis narices. ;) No te lo tomes a mal> <sabes que te lo debía. No te preocupes, que guardaré reposo. Lo que tú me digas mi capitana. Y guarda mi número, que estoy seguro de que todavía no lo has hecho>
<y pensaste que era un desconocido. Te quiero mi chica de la suerte. TYYSLE.>

Eran los casi 640 caracteres más bonitos de mi móvil. Eran los casi 640 caracteres más significativos que había leído. Eran los casi 640 caracteres que me habían hecho sonreír cuando creía que no había nada que hacer. Eran los casi 640 caracteres que me ilusionaron para luchar por algo que creía imposible y que finalmente, como no podía ser de otro modo, no pudo ser. Eran los casi 640 caracteres que no pude borrar de mi móvil, y eso que me había llevado todo ese rato con la pregunta de <¿Está seguro de eliminar para siempre el mensaje?> en la pantalla del móvil, con sus respectivas opciones de <sí> y <no>. Cuando me decidía a hacerlo, inconscientemente leía o recordaba el “para siempre” y me arrepentía de la decisión. Eran los casi 640 caracteres más controversiales de mi vida. Eran los casi 640 caracteres que me hicieron hacer algo que no habría hecho bajo ningún otro concepto. Quitar las sábanas de la cama que olían tan delicada, atrayente e hipnotizadoramente a Bryce. Porque o quitaba las sábanas, o no sería capaz de borrar los cuatro mensajes.

Y lo hice, las sábanas sólo habían sido usadas en tres ocasiones, pero ahora eran frías. Ya no transmitían calidez. Por lo menos a mí. Puse la lavadora en ese mismo momento, ya había hecho la colada ayer por la mañana, iba a ser un derroche de agua lavar eso sólo. Pero yo no tenía más de mí que derrochar. Pero una vez hecho eso, no tuve valor para volver a coger el móvil. Me quedé observándolo encima de la mesita de noche, apoyada en el marco de la puerta de mi cuarto. Si lo hubiera cogido, me hubiese obligado a mí misma a hacer algo que no quería en contra de mi voluntad. En contra de lo que quería y sentía. Me hubiese obligado a borrar los casi 640 caracteres que tanto me transmitieron una vez.  Que aunque me causaran dolor, era una etapa de mi vida, corta y efímera que no me convenía recordar, pero aun así no me arrepentía.  Porque eran los casi 640 caracteres que me escribió él, Bryce, una vez, cuando todavía había esperanza.