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Refranero

miércoles, 4 de enero de 2012

Capítulo 38: Universo paralelo

Capítulo 38: Universo paralelo
A pesar de que estaba nevando, yo seguía andando, estaba deseando volver a casa, darme una ducha caliente y que mis problemas se fuesen por el desagüe, pero tuve que pararme cuando empezó a nevar con más intensidad. Tenía ya la ropa empapada y en los zapatos, un charco o varios. Así que decidí resguardarme bajo lo primero que vi, una casa en construcción. Quedaban sólo diez minutos hasta casa, pero es que no quería resfriarme y tener fiebre de nuevo, no estaba yo como para perder más clases, porque Shelby sólo podía informarme de las tres en las que coincidíamos.

Debí haberme llevado paraguas. Pero claro, yo no sabía que eso iba a ocurrir, no era costumbre mía informarme sobre el tiempo. Pasaron unos minutos que se me hicieron eternos. El viento empezó a soplar con mucha fuerza que ya la nieve caía de lado, y como no podía ser de otra forma, en dirección hacia la obra… tuve que meterme aún más para dentro, porque seguramente me mojaría menos estando fuera. Pero claro, yo, la que va por la vida sin mirar, no iba a hacer esta vez una excepción, y no me fijé en que debajo de esa obra, paraba un mendigo, por lo que le pisé una mano cuando estaba tumbado en el suelo… Con todos los metros cuadrados que podía haber, y yo tenía que pisar justo en el que se encontraba la mano de ese señor… Típico.


El hombre, que hasta hace unos segundos, estaba dormido, dio un grito de sobresalto y se levantó muy agresivamente. Estaba todo harapiento, sucio, con la ropa hecha jirones, y no podía verle bien la cara porque se la cubrían greñas. Más puntos a favor de tratarse de un psicópata.  Cogió un palo con un clavo que tenía a su vera, lo empuñó y me apuntó con él. Cuando se agachaba al suelo a cogerlo, me di cuenta de que se montaba muy bien el chiringuito, su pequeña colcha y su esterilla para dormir el lugar de cartones, su bolsa abultada llenar de ropa  que usaba como almohada… leches, incluso tenía arma propia a falta de pistola…hasta en estas cosas se distingue la gran diferencia de sociedad que hay entre España y EEUU. Aquí hasta los pobres eran más ricos que los de España. Y más peligrosos…

-¡¿Por qué no te vas a molestar a tu puta madre?! –Dijo empuñando el palo con el clavo en una posición amenazadora. Indigente o no, americano era seguro, tenía el mismo pronto que todos. La violencia.
-¡Disculpe señor! ¡Ha sido sin querer! ¡No quería molestarlo ni mucho menos! –Estaba en pánico. Me había fijado mejor en el clavo y estaba oxidado. Si me golpeaba con eso, aparte de la herida cogería también alguna infección o enfermedad como el tétanos.
-¡Sal ahora mismo de aquí! –Este hombre estaba loco. O tenía ganas de repartir leña, nunca mejor dicho, o no escuchaba lo que acababa de decirle. Seguía empuñando el palo. Empecé a andar de espaldas, sin perder contacto visual con el hombre. Este era uno de esos momentos en los que me hubiera gustado haber aprendido defensa personal. -¡Venga! ¡Más rápido! –Su voz sonaba cada vez más irritada, mi pánico aumentaba, no hay nada más peligroso que un mendigo armado, loco e impaciente…Tal vez incluso le venía bien golpearme o matarme, así lo llevaría a la cárcel, donde por lo menos, le darían de comer y tendría higiene y lecho cálido. -¡ME ESTÁS PONIENDO NERVIOSOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO! –Dios, ahora sí que sí, estaba oficialmente loco de remate. El <nervioso> lo acabó como si se tratase de una canción de heavy metal o rock duro, incluso lo acompañó con un zarandeo de cabeza y cuerpo. En mi pánico por salir de allí, empecé a correr de espaldas, seguía sin querer perder de vista al hombre. Y lo conseguí, no perdí de vista al hombre, seguía viéndolo, pero ahora no miraba sus ojos, sino sus rodillas. Con el susto mezclado con correr sin mirar el suelo y además de espaldas, me había caído. -¡VETEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEE! –Y levantó el palo de madera con el clavo, por encima de su cabeza. Estaba cogiendo impulso para golpearme. Pero a ver, alma de cántaro, si quieres que me vaya, no hagas eso, dame tiempo para levantarme y salir corriendo de allí, porque si me golpeas y me quedo inconsciente, no podré irme… ¡Pero joder!  ¡Que tampoco era para tanto! ¡Sólo le había pisado una mano! Aquí todo el mundo está muy susceptible, si tiene miedo de que lo quemen vivo o le den una paliza unas gamberros, yo no tengo culpa, pero ¡qué leches iba a hacerle una pobre chica indefensa! Aunque claro, a ese razonamiento lógico no iba a llegar un loco que a lo mejor estaba deseando ir a la cárcel…
-¡NOOOOOOOO! –Desde el suelo, levanté el puño para intentar parar con el brazo el trozo de madera que ya iba descendiendo. Aunque claro, hubiera sido más inteligente rodar por el suelo unos metros más al lado para evitar el golpe, pero da la casualidad, de que cuando estamos en peligro, la mente no piensa con claridad y no escoge siempre la mejor opción. Aunque eso me ocurría a mí diariamente, ya lo consideraba algo genético, natural mío, porque ni en peligro ni a salvo, pensaba con claridad para elegir la mejor opción.

Y se oyó un grito de guerra, un gemido de dolor y un chillido de sobresalto.  El grito de guerra era de Bryce…¿¿¡¡BRYCE!!?? ¿Por qué estaba allí? No lo sabía, ya le preguntaría, porque en ese momento sólo podía observar lo que ocurría a mi alrededor. Como dije, el grito de guerra era suyo, lo había hecho para coger fuerza o impulso, lo que fuese, algo como lo que hacen los tenistas cuando van a golpear la bola, que gritan para darle con más ímpetu. Lo que había hecho era golpear con su pierna en los tendones de la mano del hombre, que en un acto reflejo se vio obligado a soltar el trozo de madera con el clavo. El gemido de dolor era suyo. Y el chillido de sobresalto sólo podía ser mío. Porque no me esperaba que ocurriese, simplemente había visto aparecer un pie delante de mis narices, la cara de horror y dolor del hombre, y cómo el palo pasaba por encima de mi cabeza rozándome el pelo. Con dos palabras. IMPRE-SIONANTE.

El hombre entró en trance. Pero no un trance tranquilo, sino todo lo contrario, aún más violento. Era una mezcla de ataque epiléptico, con sobredosis de drogas alucinógenas, con ser poseído por un espíritu maligno y con la coreografía de una misa satánica. Se abalanzó sobre Bryce con los ojos vueltos, pasó por donde yo estaba, me quité del medio a tiempo para no ser arrollada. Bryce frenó su embestida como pudo, como si fueran forcado y toro. El hombre tenía que estar muy fuerte o Bryce muy débil, porque se llevaron unos segundos forcejeando, y retrocediendo o adelantando pasos hacia un lado u otro. Bryce sacó fuerza de lo más hondo y lo consiguió separar empujándolo y lanzándolo al suelo. Pero sólo sirvió para que volviese a levantarse aún más endemoniado. Vaya con el mendigo. Para no comer, tenía bastante energía. Volvieron al mismo forcejeo de antes, pero este duró menos, Bryce ya lo había visto venir, le hizo uno de esos movimientos de artes marciales que él sabía, le dio la vuelta y de un leve toque en el cuello con la mano, lo dejó caer al suelo inconsciente. Contuve el aliento toda la pelea hasta ese momento, que ya pude respirar, menos mal, unos segundos más y a la que deberían haber llevado al hospital, hubiera sido a mí, por falta de oxígeno.

-No está muerto, sólo lo he dejado inconsciente. –Dijo con la respiración muy agitada, se escuchaba por todas partes gracias al eco que había allí. -¿Por qué siempre tienes que meterte en problemas? No doy a bastos contigo. –Dijo sonriéndome. No sabía si la sonrisa era porque lo decía de broma o porque se sentía muy contenta y aliviado por haberme encontrado y que por fin estuviese a salvo. Iba a responderle, no sabía el qué, pero sabía que algo tenía que decirle. Aunque antes de decidirlo, se cayó al suelo.
-¡Bryce! –Aunque me encontraba en el suelo también, me moví con rapidez por el para amortiguar su caída con mi cuerpo. Lo cogí entre mis brazos. -¡¿Qué te pasa?!
-Si tú estás bien. Todo está bien. Yo estoy bien. –Dijo balbuceando con mucho trabajo. Y cerró sus ojos del todo.

Toqué su frente, estaba ardiendo y sudando. La fiebre estaba altísima, y todo por mi culpa. Lo había tenido esperando tanto tiempo empapado por la nieve y después buscándome por todas partes bajo una gran nevada, porque me había esfumado. Oh Dios, ¿qué podía hacer? El hospital me pillaba muy lejos y la boca de metro estaba más lejos que de lo que estábamos de mi casa. Así que decidí llevarlo a mi apartamento, donde tenía todavía medicinas contra la fiebre de mi gripe anterior y porque había escampado un poco. Eso valdría por ahora. Así que con todas mis fuerzas, que en ese momento no eran pocas, misteriosamente me habían vuelto a ver a Bryce en problemas, lo levanté en peso, pasé un brazo por mi hombro y como veía que estaba delirando medio consciente, le dije que hiciera fuerza por caminar, y así lo hizo. En quince minutos ya estábamos en el piso. Podría haber llegado antes si alguien se hubiese ofrecido por la calle a prestarme ayuda, pero al parece aquí, en este país, cada uno va a lo suyo, ni siquiera el día anterior a acción de gracias la gente hace obras de caridad.

Siempre subo a mi casa por las escaleras, hago ejercicio, quemo calorías y me ahorro de usar ascensor, que me da cosilla, pero esta vez era una emergencia, nos subimos los dos y en unos segundos ya estábamos frente la puerta de mi casa. Abrí como pude, buscando las llaves casi dejo caer a Bryce. Mi corazón se aceleró por unos momentos al ver que perdía el equilibrio y se iba hacia un lado, dejé caer el bolso en el suelo para tener las dos manos libres y sujetar a Bryce. Estaba fatal, decía palabras sin sentido. Tenía que entrar lo más rápido posible para darle la medicina. Pero eso de rápido cada vez estaba más complicado. El bolso estaba en el suelo, consecuentemente las llaves también están en el suelo, consecuentemente tengo que agacharme a cogerles, consecuentemente… ¿qué hago con Bryce? Le dije que se echara un momento contra la pared. No me oyó. ¿Por qué todo tenía que ser tan difícil? Más le valía al cielo existir, porque me lo tenía ganado a pulso, y no estaba dispuesta a quedarme sin él.

Lo apoyé contra la pared cuidadosamente, y con un ojo mirando al suelo y otro mirándolo a él, casi me quedo bizca… me agaché a coger las llaves, lentamente, no estaba segura de si se mantendría de pie o no, y no fue así, a mitad de camino del al suelo, vi como empezaba a inclinarse hacia delante, me levanté enseguida sólo para ver como el mismo se corregía para volver a apoyarse contra la pared. Zas en toda la cara. Bueno, al menos el sentido del equilibrio, a duras penas, todavía lo mantenía. Así que esta vez, con un movimiento ligero como la punta de un látigo, me agaché al suelo en un visto y no visto, y cogí el bolso, aunque las llaves no las encontré tan rápidamente. Típico momento que buscamos algo en el bolso con mucha prisa, y tardamos una eternidad en encontrarlo. Finalmente las encontré, estaba en un bolsillo interno cerrado con cremallera. Como para cogerlas rápido en una situación de emergencia. Por lo menos Bryce no se había caído. Me había apoyado de espaldas contra su pecho para mantenerlo de pie, mientras las había estado buscando.

Por fin entramos. Nunca una vuelta a casa se había convertido en algo tan complicado. Lo senté con cuidado en el sofá y salí corriendo hacia la cocina para una nueva aventura... encontrar la caja de píldoras contra la fiebre. Bryce estaba temblando de frío todavía y tenía que darme prisa. Aunque con éstas tuve más suerte, no estaban metidas en un bolsillo interno cerrado con cremallera, sólo estaban detrás de una montaña de otras medicinas, al fondo del armarito. Llené un vaso con agua y fui rápidamente a donde estaba Bryce. Tuve que tomarme también el trabajo de incorporarlo, porque aunque lo había dejado sentado, él mismo se había tendido.

-Bryce, -dije entre susurros, mientras le ponía una mano en la espalda para ayudarlo a incorporarse. –Vamos, levántate, no te puedes tomar acostado la pastilla contra la fiebre. –La misma pastilla que me había comprado él a mí la otra vez que yo me desmayé. Bryce se incorporó con trabajo. Seguía diciendo cosas tan bajito, que ni yo misma podía oír. Pero atinó a tomarse la pastilla y beber agua.
No es bueno tomar medicamentos con el estómago vacío, pero esto era una emergencia. No iba a perder tiempo en medirle la fiebre, tenía que quitarle la ropa empapada de agua o no entraría en calor nunca. Fui corriendo a mi cuarto a buscar ropa ancha, aunque no encontré ninguna lo suficientemente holgada, el tamaño de su espalda y la mía, no eran comparables. Así que cogí sábanas, edredones y colchas. Lo senté como pude en una silla porque en el sofá estaba muy bajo, e iba a hacerme daño en la espalda, y empecé a quitarle la gabardina, cazadora, jersey, camisa y camiseta interior. Por dios, también iba a pasar frío, con la cantidad de ropa que tenía. Pero ni todas esas capas impidieron que llegara el frío. Tenía hasta la camiseta interior mojada. Me daba cosa quedarme a solas con él, excepto la vez del barco, había intentado besarme y quien sabe qué más si lo hubiera conseguido. Pero ahora tenía que arriesgarme por su bien. Contaba con la ventaja de que seguía delirando y, con suerte, no se acordaría de nada.

Cuando se quedó con el torso desnudo, no pude evitar como mujer, quedarme unos instantes admirándolo. Madre mía de mi alma. Sabía que este chico estaba como un queso, pero no tanto. Por lo menos, mi fuerza de voluntad llegaba a no aprovecharme de su inconsciencia para tocarlo. No se daría cuenta, miraba a un punto del infinito con la mirada perdida y los ojos entrecerrados. Pero mi conciencia me decía que no debía. Porque aunque yo no sintiese nada por él, ese cuerpo era un cuerpazo, y pedía guerra. Ahora comprendía por qué mis defensas se venían abajo cuando él se me acercaba. ¡Y a quién no! Además, su aroma corporal era muy muy MUY atrayente. Demasiado. Mis sentidos y mi mente estaban colapsados. Y en una ida de cabeza en la que el demonio de mi conciencia venció al angelito, rocé su pecho. Estaba muy frío, helado. Eso fue lo que me hizo reaccionar y volver en mí. Rápido, tenía que taparlo. Pero habló, y eso me dejó aturdida de nuevo.

-Valeria, no me odies… -Ahora sí pude oír lo que había estado susurrando desde que llegó. Lo había dicho en un tono audible. Oh. Me llenaron de ternura sus palabras. En sus delirios, era yo la que ocupaba sus pensamientos, y estaba preocupado porque pensaba que lo odiaba. Pero en mi agradable sentimiento, un atisbo de susto apareció. ¿Sería consciente de la escena anterior? Ojalá que no…
-No te odio…- Y yo no lo odiaba, es sólo que no sobrellevo muy bien sus ataques de egoísmo. Su aroma me seguía embriagando y aturdiendo mis sentidos. Contuve la respiración o sería imposible contenerme por más tiempo, y lo tapé con todo lo que había traído de mi cuarto.

Lo senté de nuevo en el sofá. Estuve pensando si cambiarle los pantalones. Buf. Dios mío, ayúdame. ¿¡Qué debo hacer!? Decidí dejarlo tal como estaba. Yo no tenía pantalones para él y me negaba dejarlo en calzoncillos sólo tapado con varias mantas. Lo único más que le quité fueron los zapatos y los calcetines, que también estaban chorreando. Le puse unos calentadores que yo tenía y lo metí debajo de la manta camilla. Que le calor de la estufa hiciera lo posible por secarle los pantalones.

Con una velocidad de récord, me fui a la cocina y preparé una sopa calentita, con cuadraditos de pan tostado. Era una sopa de caldo de pollo con fideos de las de toda la vida de dios, venía en un sobre, sólo tuve que añadir agua y calentar. Ya sabía que no era un manjar de los que estaba acostumbrado a tomar, pero para quitar el frío es de lo mejor que hay. Desde la cocina oí como Bryce me hablaba.     < ¡Valeria! >. ¿Había recuperado la consciencia? Volví al salón y me senté a su lado. Por lo menos ya había dejado de murmurar. Parecía que los efectos de la pastilla empezaban a aparecer.

-Bryce, echa cuenta ahora, que te he preparado una sopa y no es plan que te ahogues porque no tragues bien. –Dije con sumo cariño mientras le colocaba un paño de cocina en el pecho.
-¿Qué? Yo no quiero esa mierda de comida para pobres. –Dijo hablando con mucho esfuerzo. Vaya que bien. Mi pregunta quedaba resuelta, oficialmente había recuperado la consciencia.  Aunque solo un poco, lo suficiente como para chapurrear. No vocalizaba todavía bien, dejaba mucho tiempo entre palabra y palabra y se veía que pronunciaba con dificultad.
-¡Pues te la vas a tomar porque yo lo digo! ¡Para eso te la he preparado! ¡Y no hay nada más que decir! –Dije en un tono firme e irrebatible. No rechistó más. Puso cara de molesto e hizo por coger la cuchara y llenarla, pero le temblaba el pulso todavía. –De verdad… que te tenga que dar yo de comer también… Jajaja, así pareces de todo menos el grandioso líder del G4. Si te vieran los de la Uni que pensarían… Tu reputación caería en picado. Jajaja. –Dije con una leve risa, no eran carcajadas.
-¡No te rías! ¡¿Cómo te atreves?! ¡Es lo mínimo que debes hacer siendo como eres la culpable! –Dijo tras tragarse la cucharada de sopa. Que mala era, había aprovechado a decirle eso cuando no podía hablar. Volvió a fruncir el ceño. Algo muy habitual en él cuando había algo que no le gustaba.
-Lo siento… Me declaro culpable por todo esto. Por mi culpa estás así. Te dejo vengarte si quieres… -Me había pillado en un momento de debilidad. Cómo de relativa pueden ser las cosas dependiendo del momento en que ocurran… En la vida hubiera dicho eso con el enfado que tenía cuando nos vimos en la plaza. Pero ahora era todo muy diferente. Había visto la gravedad del asunto y estaba muy cerca de él. Tanto que no pensaba lo que decía. Como siempre me había pasado.
-Tonta… ¿Cómo podría vengarme de ti por esto? –Dijo mirando hacia otro lado. Vaya, como si nunca me hubiera echo nada malo en venganza… -Si tenías razón cuando lo dijiste antes. La culpa era mía por no haber pensado en ti al planear esto. Entiendo que estés enfadada conmigo y que me odies por todo lo que te he hecho… –Cogió el plato con mucho cuidado para sorber lo que quedaba. Al final, por mucho que quisiera negármelo, la sopa le había encantado. –Nunca había probado esta clase de sopa con esos cuadraditos marrones. -¿Cuadraditos marrones? Jajaja. Cambió de tema descaradamente, pero le había salido muy bien.
-Jajaja, no son cuadraditos marrones, ¡es pan tostado! Si es que eres muy testarudo. Siempre te niegas, pero cuando decides hacerte caso de los demás, te alegras por ello. –Dije levantándome y recogiendo las cosas para llevarlas a la cocina. Yo hacía rato que me había terminado el plato de sopa, pero él había tardado más.
-¿Dónde vas? –Dijo tirando de mi mano. Me recorrió un escalofrío por todo el cuerpo. En el parque me cogió varias veces por la mano y el brazo para impedir que me fuera, y no sentí nada. Pero aquí, a solas los dos, tan cerca, y en un ambiente tranquilo, todo se sentía por triplicado o más.
-A lavar los platos. –Dije girándome a mirarlo. Su cara parecía angustiada. Realmente no quería que me fuese.
-No te vayas. –Me apretaba la mano con fuerza. Mi corazón empezó a latir con fuerza. –Lávalos mañana.
-Ok, ok, pero al menos los pondré sobre la encima, me pongo mala de ver tantos cacharros por medio. –Se lo pensó unos segundos, como si creyera que le mentía y que no volvería. Pero al final me soltó la mano. <No tardes> Me dijo. Al momento me encontraba de nuevo sentad en el sofá a su lado. -¿Ves? Sólo he tardado unos segundos. Impaciente. –Dije mirándolo moviendo la cabeza como si estuviese reprochándole algo a un niño pequeño.
-Tonta. No te creas importante, es que tenía frío y contigo al lado siento tu calor. Y como estoy enfermo y a los enfermos se les da todo lo que piden. Así que abrázame. –Dijo mirándome muy seriamente. Casi prefería que siguiera delirando, su mirada tan intensa, lo era demasiado, y me costaba mantenerla o resistirme a lo que me pedía. Y sabía que volvía a decirlo a modo de orden, como si yo fuese una subordinada. Algo que detestaba. Pero no me negué. En el fondo, pienso que yo también quería abrazarlo. Todavía recordaba sus firmes brazos protegiéndome del exterior y de mí misma, en el barco. Ahora era mi turno darle calor. Aunque en ese fondo que me decía que lo hiciera, también había otra parte que me decía que volvería a herirme. Aunque ya buscaría una solución más adelante.
-¿Mejor? –Puse unos cojines en el brazo del sofá y me apoyé mi espalda sobre ellos. Abrí las piernas para dejarle un hueco a Bryce, que usó para acomodar su cabeza sobre mi pecho. Mis brazos rodeaban el suyo. Antes de recostarse, se encargó de que la manta camilla lo tapara por completo, aunque tuve que encogerse bastante, la manta no era muy grande y el sofá tampoco, y Bryce ocupaba mucho espacio.
-Mucho mejor. –Dijo por fin. Cogiendo mis manos con sus manos y acariciándolas dulcemente. Mi corazón seguía palpitando estrepitosamente. Noté que sus pantalones ya no estaban mojados. Menos mal, poner el brasero al máximo había servido para secarlos. Las cuatro o cinco mantas que lo tapaban eran de franela. No había modo ninguno de que ahora tuviese frío.
-Deberías llamar a tu casa para avisar de que estás aquí. Tu madre estará preocupada. –Bryce soltó unas carcajadas irónicas.
-Mi madre sólo se preocupa de ella misma y del imperio Domioyi. Hace dos años que no veo a mis padres. Mi padre vive en Washington DC y mi madre en Alemania. Donde se encarga de los negocios con toda Europa. Nunca se preocuparon por Aaron, Tori o por mí. Desde pequeños, fue nuestra ama de llaves, Sarah, las que nos cuidó. -¿Cómo? Debían de manejar cantidades desorbitadas de dinero, si los padres habían renunciado al cuidado de sus hijos.  –Y Aaron cuando se acuesta, cae muerto en la cama y no se despierta ni aunque haya un terremoto. –Su voz sonaba ahora sombría. Como otras veces la había notado. Aunque no tanto como la recordaba. Este debía ser un tema que más o menos tenía medianamente superado. –Tranquila, nadie se preocupa por mí como para que tenga que avisar a alguien de que hoy no pasaré la noche en casa.

Ahora entendía el porqué de su terrible carácter. Tanto de hoy como de siempre. Hoy, porque mañana era el Día de Acción de Gracias, cuando todas las familias se reúnen al completo, padres, tíos, hermanos, abuelos, primos, sobrinos, nietos… Y él lo había pasado siempre solo con Aaron o Tori, y ahora que ella no estaba, tampoco. Me costaba mantener el rencor, por eso se me pasó todo el enfado de esta tarde de momento, pero ahora lo que sentía era tristeza. No sabía lo que era el calor de un hogar. Aunque es increíble como ante una misma situación, se pueden desarrollar dos personalidades totalmente opuestas. Aaron se había inclinado al lado introvertido, tranquilo, pacífico, que no se preocupaba por los problemas de los demás… y Bryce se había inclinado al lado extrovertido, brusco, violento, precipitado, irascible, egoísta…Uno se metía en su burbuja para evadir esa realidad, y otro la evitaba haciéndole la vida imposible a los demás, para sentirse mejor pensando que la vida de los otros era peor que la suya.

Ahora comprendía muchas cosas. Bryce era un incomprendido. Si desde el principio hubiera sabido esto, lo habría mirado con otros ojos. No hubiera pensado que lo hacía por pura maldad, sino por una salida desesperada de su vida vacía en la que el cariño y amor de un hogar era suplido por frío y superficial dinero.

-Entonces tienes que haberte sentido solo. –Dije rompiendo el silencio.
-Solo… no uses esa palabra tan patética…Ahora que estoy contigo, ya no me siento solo nunca más. -Y en un arrebato imparable por mimar a esa persona que sentía tan sola. Lo apreté aún más contra mí y lo besé en el pelo. Ninguno de los dos dijimos nada.

Todo siguió como antes, mi corazón latiendo al galope, y él acariciando tiernamente mis manos. Aunque de vez en cuando le daba por alargar el brazo y coger un mechón de pelo para olerlo. Al momento se durmió. Me di cuenta porque dejó de acariciarme. Me quedé un rato así, tenía miedo de moverme y despertarlo. Pero yo también tenía que acostarme. Cuando vi que no había peligro, intenté salir de debajo de él con sumo cuidado y delicadeza. Algo que me llevó bastante tiempo, porque pesaba mucho y porque me movía muy lentamente para no despertarlo. Fui al baño, me quité la lentilla, me lavé los dientes y me puse el pijama.

Lo miré una vez más antes de irme a la cama. Lo escuché pronunciar mi nombre en sueños. Sonreí. Soñaba conmigo, y además eran sueños bonitos, lo sabía por la forma tan tierna en que pronunció mi nombre. Creo que esa tarde habían cambiado muchas cosas entre Bryce y yo. Y aunque había renunciado a seguir intentándolo con Aaron, todavía él ocupaba mi corazón. Sin embargo, en momentos como este, pensaba que era muy fácil enamorarme de Bryce. Pero quien sabe… Tal vez, en un universo paralelo, él y yo nos amábamos y éramos felices juntos.

Me fui a la cama. A pesar de todo, no me costó nada conciliar el sueño, al momento caí dormida.



martes, 3 de enero de 2012

Capítulo 37: Frankenstein

Capítulo 37: Frankenstein

-¡¿QUE QUÉ?! ¡¿PERRO GRUÓN Y RABIOSO?! ¿Pero cómo te atreves a decirme eso después de estar seis horas esperándote? ¡Me rechinan los dientes porque estoy tiritando de frío! ¡No sabes lo mal que lo he pasado esperándote!–Dijo levantándose del suelo y limpiándose la nieve de encima.
-¡¿SEIS HORAS?! ¿Pero no habíamos quedado a las seis? Son ahora las 8:30. Dos horas y medias, ¡no exageres! –Este quería darme pena ahora, pero no iba a conseguirlo.
-¡De dos horas y media nada! ¡Te dijo por teléfono que quedábamos a las tres al salir de la Uni! ¡Y yo muy inteligentemente decidí venirme a las 2:30...! –Otra vez su mirada altiva, su voz despótica y sus gestos de superioridad. Me sentía muy mal por haberlo hecho esperar seis horas, pero no iba a permitir que me hablar así, no fuese a ser que se acostumbrara…
-¡Pues es todo culpa tuya! ¡Planeaste esto tú solo sin consultarme para ver si yo quería o podía! ¡Ni siquiera me dejaste hablar cuando me llamaste por teléfono para decirte que no había buena cobertura y no me enteraba de lo que decías! ¡Por eso me enteré mal de la hora y pensé que era a las seis en vez de a las tres! ¡Y sabes que no me gusta que manden en mí! ¡Por no habría venido de todas formas! ¡Podrías haberte ido de aquí cuando viste que no llegaba! ¡No me cargues a mí con la culpa! ¡Agradéceme que me haya dignado a venir! –Tal vez había sido demasiado durar, pero estaba muy cabreada, este hombre no aprendía nunca de lo que le decía.
-Muy bien… Si tanto me odias y detestabas venir, al menos podrías haber llamado para decírmelo…estaba muy preocupado, a quién llamar ni adónde ir, pensaba que te había pasado algo grave… -Su expresión se volvió sombría, se guardó la mano en los bolsillos, se dio la vuelta y comenzó a caminar para irse. Joder. ¿Por qué tenía que hacer todo tan difícil? Ahora comprendía su irritación, tenía que hacer salir su angustia de alguna manera, y parecía que sólo sabía hacerlo por medio del enfado y la altivez, además, yo era la que lo había enfadado insultándolo.
-Espera… -Dije intentando frenarlo. Lo cogí de la gabardina, estaba empapada. Buf, seis horas… tenía que estar loco, ni por muy importante que fuera algo, es normal esperar tanto tiempo. –Lo siento mucho, no me imaginé nunca que estabas aquí desde hace tanto tiempo. Estaba en el trabajo, y allí no hay cobertura como te he dicho antes, por eso no me llegaban las llamadas. –Pero siguió andando, pasando de mí. Pues mira que estaba haciendo fuerza por detenerlo, y nada. -¡Venga ya Bryce! ¡Te he dicho que lo siento mucho! ¡No seas así! ¡Te compensaré! –Y se paró.
-Eso no me sirve… ahora sólo te doy pena, pero en el fondo no puedo hacer nada por cambiar el que me odies y me detestes… -Ofu. A ver cómo le sacaba yo ahora eso de la cabeza. Lo dije sin pensar durante mi enfado. No lo odiaba ni detestaba ni mucho menos. Si es que cuando se tienen los nervios a flor de piel, hay que controlarse mucho, o se pueden hacer cosas de las que podemos arrepentirnos.
-Bryce…-Dije rodeándolo y poniéndome delante de él. Aunque no me miraba a la cara, seguía mirando el suelo. –No te odio ni te detesto… es que me irritaste mucho y me salió así.
-Entonces, si es cierto lo que dices de que no me odias ni detestas, ¿es que te gusta estar conmigo? –Dijo sin alzar la cabeza para que pudiera ver su cara.
-Bueno…tampoco te pases…digamos que sólo en algunas ocasiones. -¿Lo decía para convencerlo de que no se fuese o lo pensaba de verdad? ¿No quería que se marchara para no sentirme culpable o porque realmente quería pasar el tiempo con él? Es algo que todavía me pregunto.
-¡Ja! ¡Lo has reconocido! ¡Y lo he grabado! –Dijo levantando la cabeza y mirando con expresión triunfante, a la vez que sacaba su móvil que estaba puesto en modo grabadora, del bolsillo de la gabardina. O_O Me la había jugado. No debí haberme fiado de él. Era el mismo capullo de siempre.
-¿Ah sí? Pues ahí te quedas con tu grabación. Que te den. –E intentando esconder mi cara de sorpresa e indignación para no darle la victoria de pensar que me había molestad o afectado lo que había hecho, me fui.
-¡Oh venga! ¡Que sólo era una broma! ¡Una pequeña venganza! ¡Me la debías! ¡Míralo por el lado bueno, mejor esto que otra venganza peor! –Dijo intentando pararme. Y lo consiguió. Tenía razón. Se la debía. Pero me paré por eso, no por otra cosa. Que conste. –Mira, mira, ya lo he borrado, ¿lo ves? Eliminar. Sí. –Y me enseñó cómo borraba la grabación de voz.
-Vale, te la dejo pasar, pero sólo por esta vez y porque tienes razón, te la debía. Pero sigo molesta. Así que llévame ahora mismo adonde tenías planeado, a ver si se me olvida… -Dije girándome y poniéndole cara de enfadada. Aunque en verdad no lo estaba, me lo estaba haciendo. Que notara mi indignación por lo que acababa de hacer.
-Pues vaya, pensaba en merendar en alguna cafetería de por aquí. Pero ya no es hora…
-¡Oye, pues buena idea! ¡Nunca es tarde para comer! ¡Venga, yo te invito y te compenso por la espera! ¡Pero vamos a cruzar Central Park, que está aquí al lado! Todavía desde que he llegado, he podido entrar dentro. –Dije muy ilusionada. Se me podía notar en la cara.
-Bah, yo me lo conozco de esquina a esquina. Pero como quieras, si vas a invitar tú, ya que haces un gran esfuerzo por lo pobre que eres, haré un esfuerzo y me conformaré…-Estaba empezando a tocarme algo que no se debía tocar... ¡Bryce tierno y dulce, VUELVE!
-Mira, se está rifando una bofetada, y vas a tener la suerte de llevarte el premio… así que deja de meterte conmigo o ahí te quedas. –Lo decía totalmente en serio. ¿Tendría doble personalidad o sería bipolar este chico?
-Bueno, bueno… no enfademos a la gata salvaje, no vaya a ser que empiece a arañar… - :O Uy lo que me había dicho. Me gustaba la connotación cariñosa de ese apelativo, pero eso ya era pasarse. Llevaba un tiempo más insoportable de lo normal.
-Cierto. Tienes razón. Mejor no alterar a la gata salvaje, porque el perro gruñón y rabioso le tiene miedo y podría salir perjudicado. –Dejé pasar unos segundos. Cuando vi que no respondía, saqué mi sonrisa de victoria. Bien. Lo había dejado callado. No dijo nada más. Sólo me miró con mala cara y seguimos el camino hasta Central Park sin decir nada. Era un silencio incómodo. Al parecer a este chico, no le iban las cosas planeadas, sino las espontáneas.
-Hey ahora que caigo, ¡podemos montarnos en las barcas y dar un paseo por el lago! Siempre lo he visto en las películas y siempre he querido hacerlo. Venga, ¡serás el privilegiado de vivir mi sueño conmigo! –Dije por empezar un nuevo tema de conversación, no me gustaba ese silencio. Con Aaron, me encantaba, las palabras que no se decían, hablaban por sí solas, pero no ocurría lo mismo con Bryce, que todavía parecía malhumorado.
-Pues no creo que esté abierto… Cierra a las 9. -dijo mirando su flamante reloj de pulsera. –Tendrás que conformare con dar el paseo andando…-la desgana se palpaba en el ambiente.
-¡Oh venga ya! ¡No le das ninguna emoción a la vida! Faltan 15 minutos para las 9. ¡Corramos! –Dije cogiéndolo del brazo y empezando a tirar. Pero nada, era inútil. No se movió ni un centímetro. No comprendo como antes pude tirarlo al suelo de un empujón, a lo mejor contaba con el factor sorpresa. Digo yo…
-Que cierre a las 9, sólo indica que los que ya están montados, pueden seguir estándolo hasta esa hora, no que alquilen barcas hasta esa hora…-Conté desde 10 hasta 0. Diez, nueve, ocho. Tenía que controlarme. Siete, seis, cinco. Me estaba poniendo de muy mal humor. Cuatro, tres, dos. Y ya que había hecho el gran esfuerzo de venir, tenía que verle el lado positivo. Uno. Cero. Sigamos buscando pues.
-Muy bien. Entonces me conformaré con el paseo a pie. –Dije soltando su brazo. Y una vez más, intenté disimular mi cara de decepción.

Estábamos caminando por el parque. Era una vista realmente hermosa, todo cubierto de nieve, blanco, luces de navidad por todas partes. Era como un sueño estar en Navidad en Nueva York. Pero no lo estaba disfrutando. Había muchas parejas de enamorados, riendo, cogidos de la mano, besándose, sentados en bancos en plan acaramelado… ¿Encontraría yo a alguien alguna vez? Y sin embargo, en vez de estar buscando, estaba con Bryce en una “cita” de dudoso final. Lo miré, quería buscar un atisbo de ganas, entusiasmo, ímpetu, ALGO. Pero sólo encontré más mal humor. Seguía con la cara apretada, el ceño fruncido y las manos en los bolsillos en plan pasota total. Ya está, no pude evitarlo, tenía que preguntar.

-Bryce… ¿Por qué leches no puedes ver el lado bueno de las cosas? Ya sé que he hecho mal y he venido muy tarde y además te contesté muy mal. Pero ya te dije que lo sentía, otra cosa más que estar lo que quede de día contigo, no puedo hacer… Si vas a seguir así, me voy. –No era una amenaza, era la verdad. Pero él no dijo nada, se me quedó mirando con la misma cara odiosa que tenía. Mi mirada era intensa, quería obligarlo a hablar.
-¡Es que nada es como quiero! ¡Las cosas nunca ocurren como las planeo! –Vaya, no era enfado, era frustración. Y comprendía lo que se sentía en esos casos. Pero yo ahora también estaba frustrada, y estaba dando lo mejor de mí misma por hacer que las cosas fuesen a mejor. Una cosa que él no estaba haciendo. Aunque me costaba oír lo que decía, menos mal que lo decía gritando, porque si no, no me hubiera enterado de nada. Unos niños jugando al fútbol que gritaban y se divertían no me dejaban oír nada. -¿Por qué…
-Plaf. Una pelota lo golpeó justo en toda la cara. Podría haberme dado a mí si no fuera porque yo era una cabeza más baja que él, porque pude sentir como casi me rozaba.

Se acercaron unos niños pequeños. Eran los mismos de antes que gritaban y reían a grito pelado y no me dejaba oír bien lo que decía Bryce. Tendrían siete u ocho años o por ahí. Eran los que estaban jugando al fútbol. ¿Tan tarde? Hacía como tres horas que era de noche. La gente aquí tendrá otras costumbres…

-Señor. Perdone. ¿Nos da la pelota por favor? –Dijo el más bajito y endeblito. Vaya, las apariencias engañan. Parecía que el más alto era el más valiente, y no era así. Bryce tenía la pelota entre las manos, después de golpearlo de lleno en la cara, le cayó en las manos y la había cogido. Por ahora, se estaba limpiando la cara con un pañuelo que tenía. La pelota estaba mojada, normal, había nieve por todos lados. Y  esos chiquillos jugando… Cuando terminó la limpieza, abrió los ojos. Oh, oh. Alguien o algo no iba a escapar bien. O los niños, o la pelota. Puestos ya a que no había quien lo evitara, prefería que la pelota
-¿Puedes repetir? –Dijo Bryce con una cara aterradora. Yo me lo veía venir porque ya la conocía. Era una sonrisa forzada que escondía furia total. Pero los niños no.
-Que si nos puede dar la pelota, por favor señor. –Volvió a repetir el chiquillo sin malicia ninguna.
-Cual. ¿Esta? –Y la alzó unos centímetros para mostrarla y hacer como que se refería a esa.
-¡Sí! –El pobre niño estaba ya hasta emocionado y todo. Pobrecito, que decepción se iba a llevar… Pero tenía que intentar evitarlo.
-Bryce por favor –dije tomándolo por el brazo, - no hagas lo que estás pensando ha… -No que va… no iba a hacerlo. Pensaba que iba a lanzar la pelota muy lejos, o iba a embarcarla en algún árbol. Pobre inocente. No era consciente todavía de hasta donde podía llegar Bryce cuando se enfadaba… Como si de un globo se tratase, explotó la pelota de cuero…
-¿Te referías a esta pelota? –Dijo dejándola caer al suelo con una expresión de crueldad mezclada con risa diabólica. –Pues toma. –Dijo acercándosela con el pie, arrastrándola por el suelo. Los niños se quedaron mirando fijamente el suelo. A la pelota.
-Era el regalo de mi cumpleaños… Mamá había esta ahorrando mucho por conseguirme la pelota firmada por todo el equipo de Massachusetts… -El chico más alto y que yo pensaba que era el más valiente, empezó a llorar. Se me caía la cara de vergüenza por lo que Bryce acababa de hacer. No me lo podía creer. No debí haber venido.
-Bryce, sé que te lo he dicho muchas veces, y que siempre te entra por un oído y te sale por el otro, a la vista está. Por eso no voy a volver a repetirte lo insufrible que eres. Quédate con que me arrepiento mucho de haberte dado una oportunidad para ver si las cosas entre nosotros podían cambiar a mejor. –Y me di la vuelta, ni le di tiempo a responder, le puse una mano en la espalda a cada chiquillo. Les pregunté por donde estaba su mamá y me acompañaron hasta ella.
-Disculpe, siento mucho el espectáculo tan bochornoso que ha dado mi… acompañante. Ahora mismo sólo traigo 20$, espero que pueda servir para pagar la pelota, señora. –La mujer aceptó el dinero sin más insistencias. Me lo agradeció mucho, incluso me cogió de las manos para ello. Se veía que era una familia necesitada, por la apariencia que tenían tanto la mujer como los niños, que al parecer eran hermanos.
-Muchas gracias. No sabe cuánto me ha costado ahorrar para comprarle el balón. - Me lo agradeció mucho, incluso me cogió de las manos para ello. Se veía que era una familia necesitada, por la apariencia que tenían tanto la mujer como los niños, que al parecer eran hermanos. Les hice un gesto a los niños con la mano para despedirme de ellos, me sonrieron, se acercaron a mí corriendo para abrazarme.
-¡Muchas gracias! –Dijeron rodeándome con sus pequeños brazos. Que tiernos. Me recordaron a mi hermano Alex. Por fin podría verlo mañana y olvidarme de esto día desastroso.
-De nada chicos. Sed bueno y portaos bien. –Les dije con una gran sonrisa en la cara y removiéndoles el pelo de la cabeza. Nos separamos y cogí el caminito de piedras para irme. Desde lo lejos escuché como gritaban.
-¡FELIZ DÍA DE ACCIÓN DE GRACIAS! –Decían desde los lejos agitando sus brazos para decirme adiós.

Si es que no hay mal que por bien no venga. Ya no me arrepentía de haber venido, gracias a eso, hoy me sentía mejor persona, había realizado una buena acción. Y mientras yo seguía en mi embeleso, sentí cómo una fuerza extraña de incierta procedencia, tiraba de mi mano hacia atrás. Me giré. Era Bryce. Hice por soltarme de la mano de un tirón brusco y seguí andando hacia adelante. Ahora me cogió con las dos manos por el brazo. Pero con suavidad, no apretaba, no me hacía daño.

-Valeria…espera…-Y me esperé. Pero me quedé de pie, dándole la espalda, no quería ni mirarlo a la cara. –Perdóname. –Vaya, ya ni un lo siento si quiera, ya hasta el perdón era una orden. Pues si se sentía mal y no quería ser el malo de la película, que se lo hubiese pensado antes. Ya no me valían las excusas de que lo había hecho sin pensar en un acto impulsivo y precipitado. –No sabía lo que hacía, me dejé llevar por el enfado. -¿Ves? Sabía que iba a decir eso, siempre lo decía.
-Bryce, llegas tarde. Como siempre. Yo no puedo estar siempre aguantando todas tus acciones violentas y quedarme esperando a que pidas perdón una y mil veces más. Ya me he cansado. –Y volví a deshacerme de sus manos, para emprender otra vez el camino de ida. Pero sólo se quedó en el intento. –Bryce, suéltame. Quiero irme. ¿O también me vas a obligar a quedarme? –Pero no me soltaba, ni hablaba, ni nada, digo yo que al menos respiraría, porque ni su respiración escuchaba.
-No me odies… -Lo dijo muy bajito, casi en un tono inaudible. ¿Lo había dicho de verdad? ¿O era una mala pasada de mi mente en un intento desesperado por oír lo que quería escuchar?
-No te odio… Es sólo que preferiría tener una cita con el mismísimo Frankentstein antes que contigo… -Y dicho eso, tiré aún con más fuerza de mi brazo, y me zafé de sus manos. Emprendí el camino de regreso.

Mi casa quedaba bastante cerca de Central Park. Vivía en West 99th Street. En quince minutos andando estaría allí. El apartamento quedaba bastante céntrico, pero al ser tan pequeño, un piso de estos adosados, era relativamente barato el alquiler.  Por el camino intenté no pensar, con todas mis fuerzas. Pero era inútil, como todas las otras veces anteriores. Si es que yo no estaba hecha para decir cosas como esas y quedarme enfadada con la gente. Ahora me sentía mal por lo que le había dicho a Bryce. Pero es que o es así o no aprende. Porque si ve que siempre lo perdonaré una y otra vez, por muchas atrocidades que haga, nunca dejaría de hacer esas cosas. Y así, repitiéndome esto por el camino para ver si así me convencía de que era verdad, volvió a empezar a nevar. Me quedé mirando el cielo, ver cómo caía la nieve. La música de los locales y las tiendas, gente cantando por las calles, el ruido de los coches, las voces de la gente que pasaba a mi lado, todo eran pros a favor de una tarde noche perfecta, pero el idiota de Bryce la había chafado. Tonto…