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Refranero

lunes, 9 de julio de 2012

Capítulo 54: Videoclub

Capítulo 54: Videoclub
Lo buscaba sin saber dónde estaba. Lo ansiaba sin saber por qué. Corría de un lado a otro sin rumbo. Mirando a todas partes. Notaba que había menos luz. A las seis y media de la tarde en invierno ya empieza a oscurecer tristemente con el cambio de hora. Me senté en un banco, desesperanzada. Lo había estado buscando suficientemente tiempo como para rendirme. Y eso ya era decir. Me eché hacia delante con los brazos sobre las rodillas. Desesperanzada. Para conformarme conmigo misma, pensé que, ¿qué iba a decirle cuando lo viera? No se me ocurría nada. Así la sensación de fracaso sería menor. O eso intentaba. De pronto, sentí que alguien se sentaba a mi lado, pero sobre el respaldo del banco. Y por el rabillo del ojo vi como unas piernas se colocaban junto a mí. Levanté la cabeza. Era él. Tan arrebatadoramente bello como él mismo. Me miraba sin expresión. Si antes tuve alguna idea sobre qué decirle al verlo, ahora todas se esfumaron. No podía pensar, sólo lo admiraba boquiabierta. La luz rojiza del sol lo iluminaba de frente, dándole un tono diferente a su piel. Su pelo negro se movía ligeramente con el viento. Sus ojos verdes se clavaban en los míos. El banco se quedaba pequeño para él. Aunque en realidad, todo aquí se le quedaba insuficiente, incluso yo. Sin pensar, instintivamente, me levanté de mi sitio y me coloqué frente a él. Fue girando la cabeza a medida que me movía para seguirme con la mirada. Yo sencillamente no tenía otra opción más que mirarlo, mi cuerpo no atendía a órdenes, y sólo pedía una cosa: Bryce.

-Hola. –Dijo. Sólo eso. Yo me quedé mirándolo sin saber qué responder. Ni siquiera se me ocurrió que otro <Hola> hubiera bastado. Seguimos mirándonos directamente a los ojos. Aunque yo estudiaba los rasgos perfectos de su cara. Era inexpresiva pero para mí seguía transmitiendo mucho. Había estado tanto tiempo sin ella… La cara de Aaron no es comparable a la de Bryce. Sus expresiones son totalmente distintas. –He cogido tu mochila del vestuario. No fuera a perderse de nuevo. –Dijo tras un rato de silencio en el que tal vez esperaba una repuesta por mi parte a su saludo. Cada movimiento de sus labios al hablar me hechizaba. Tuve que reaccionar.
-Gracias. –Dije al fin. Sin apartar mis ojos de sus ojos. Aunque él si lo hizo. Se desperezó para quitarle hierro al asunto. Y se apoyó sobre sus piernas con los brazos mirando a otro lado.
–Ahí la tienes. –Y la colocó sobre el banco a su lado.
-No lo decía por la mochila. Que también. Sino por haber confiado en mí aunque todas las pruebas estaban en mi contra. Haber venido en mi ayuda al escuchar que estaba en problemas. Haberme protegido. Haber… -No sabía que más decir. Bueno sí. Haber dejado de lado nuestra dolorosa ruptura para venir a buscarme. Pero no quería recordarlo. Todavía dolía.
-No tienes que dármelas. Fallé otra vez. Como en todo lo que me propongo... -Y una parte de mi corazón se rompió al verlo tan infeliz. Y todavía no se había recompuesto tras nuestra charla en el ascensor. Estaba como sin vida. Suspiró y dejó un largo silencio. -Además, no lo hice por ti. Lo hice por mí. –Y se giró a mirarme por fin. Llevaba un rato anhelando sus ojos. ¿Por él? Si la beneficiada era yo… Por mi cara de no entender nada, habló. –Llevo varios días buscándote. Quería hablar contigo. Escuché tu nombre por los altavoces y decidí entrar en el despacho, no quería esperar más. –El corazón empezó a latirme intensamente. –No intervine para salvar tu futuro profesional o tu carrera universitaria...sino porque te quiero cerca. –Y se calló. La luz roja solar era más intensa que nunca, y el viento soplaba con más fuerza que antes. Su pelo le acariciaba la frente. –Aunque no me hables, aunque me ignores o no me mires, o no te vea. Pero saber que estás cerca me relaja. –Me estremecí. No por el viento, sino por sus palabras. Sentí unas ansias gigantescas por abrazarlo, estrecharlo contra mí. Pero no se puede hacer todo lo que se desea. No podía complicar más las cosas. Un momento muy intenso. -¿Ves? Sigo siendo un egoísta. No he podido cambiar eso a pesar de todos mis esfuerzos… Voy de fracaso en fracaso.  -Y agachó la cabeza para mirar al suelo derrumbado. Me hería verlo así. -Siento una impotencia... -Cada palabra me mataba por dentro. Me dañaba verlo así, autocastigándose, sufriendo y más si era mi culpa.
-¡No digas eso! La egoísta he sido yo. Lo siento. Te he estado evitando todo este tiempo. No sabía qué cara ponerte al verte de nuevo y por eso no me atrevía a encontrarte. No estaba preparada...–Y yo agaché también la cabeza para mirar mis manos. Las tenía cogidas y jugaba nerviosa con mis dedos. -La culpa también es mía. -De eso estaba totalmente segura. Me quedé callada esperando a que Bryce dijera algo. Lo miraba a escondidas. Sin que se diera cuenta. Y de pronto sentí como mi fracturado corazón empezó a recomponerse poco a poco. Lentamente.
-¿Por qué no me dijiste que viniste a mi casa a buscarme y me encontraste dormido? ¿Por qué no me dijiste que te denegaron el paso? ¿Por qué? Ahora todo podría ser tan distinto… -Hablaba sin fuerzas. Sin energía. Como si tuviera un gran peso sobre sí. Vi cómo tensaba los puños para contener la rabia. La impotencia. Sabía cómo se sentía. A mi tampoco me gustaba como estaban las cosas ahora. Nada de nada.
-¿Por qué no me preguntaste por lo que había pasado antes de actuar? ¿Sabes? Aquello podría haber sido sólo una discusión. Un mero acto desesperado. Estabas alterado, enfadado, y las cosas en caliente no se ven con claridad. Podría haberlo comprendido y haberlo olvidado. Pero no fue sólo un caldeamiento pasajero. –Y me senté a su lado. Su rodilla flexionada llegaba a la misma altura de mi cabeza. Él seguía sentado sobre el respaldo del banco.
-¿Qué falló? Quiero saberlo. –Sentí cómo me miró, pero yo estaba observando un punto perdido entre los árboles. Haciendo memoria. No quería hablar de la ruptura, pero sentía que debía hacerlo.
-Porque no te importaron mis sentimientos. Tú sólo querías salvar la relación a toda costa por cualquier motivo que sólo te convenía a ti. Pensé que si me querías de verdad, debiste haberte preocupado por ellos. –Hasta me estaba doliendo a mí lo que le estaba diciendo. Si es que soy autodestructiva. No me atrevía a mirarlo.
-Comprendo…-Y sin tener que mirarlo, supe que dejó de mirarme. Sentí anhelo. Mi piel notaba la ausencia de sus ojos. Se le notaba tan desilusionado… -Debí haberte preguntado primero por lo que significaban las fotos que me llegaron antes de iniciar la pelea. Haberme enterado antes de los problemas que tuviste esos días para buscarme y no haber pensado que te daba igual. No haberte obligado a acompañarme cuando querías estar con Alan… Tantas cosas… -Suspiró de una manera casi inaudible.
-Bryce, no toda la culpa es tuya ni mía. Yo también debí haber preguntado por qué sabías mis pasos antes de creer que me habías contratado un detective porque desconfiabas de mí. –Y antes de seguir hablando, me interrumpió.
-¿Un detective? ¿Yo? No. Nunca quise espiar tus pasos. –Y ahí nos miramos los dos a la vez. Él parecía consternado por la idea. –Lo sabía porque me llegaron unas fotos anónimas tuyas con otros chicos. Quería confiar en ti, y de hecho lo intentaba, pero no soporté verte en una fiesta cuando yo lo estaba pasando tan mal… Me llevaban los demonios creer que era yo el único que sufría mientras tu te divertías con otros. Pero en ningún momento pensé en una traición o infidelidad. 
-Lo pasé realmente mal Bryce. Muy mal. Y quiero decir que creo que alguien estaba intentado separarnos. ¿Por qué si no iban a enviarte fotos mías para que empezáramos una pelea? –Inquirí.
-Ya lo sabía… Pero créeme, una ruptura depende de la pareja, no de las personas de fuera que intentan separarlos. Le doy más importancias a los actos tuyos que a los de un extraño que intenta molestar. –Y se endureció la expresión de su cara. Tenía razón, y yo pensaba igual, pero ese no era el kid de la cuestión.
-Lo que intento decir es que te mandaron una foto de Aaron saliendo de mi casa. Te escuché decirlo. Y no fue así, en todo ese tiempo Aaron no pisó mi piso. A ver, la cuestión es que alguien no nos quiere juntos, y tenía esa foto guardada de cuando Aaron vino a visitarme cuando tenía fiebre para usarla en el momento que más daño hiciera. Lo único que digo es que tengamos cuidado en no creer en nada más que en nuestra explicación. –No estaba entiendo a dónde quería llegar. Lo notaba en su expresión. Iba a tener que decirlo directamente. Antes de verlo no sabía que decirle, pero ahora lo tenía muy claro. No quería volver a pasar más ni un día como los de estas últimas semanas. Ni uno más.
-¿Adónde quieres llegar a parar? –Preguntó antes de que me diera tiempo a decirlo yo.
-Quiero que empecemos de nuevo. Como dos personas que se conocen por primera vez. Sin malos recuerdos. Pero sé que volverá a pasar algo que nos querrá poner en contra, hay alguien que no nos quiere juntos. Y no quiero volver a sufrir. Por eso te decía que sólo creamos nuestras palabras, y no lo que parece… -Me puse de pie en el banco, era la primera vez que estaba más alta que Bryce. Él levantó la cabeza para seguir mirándome. No dijo nada. Le temblaban los puños, que los seguía apretando con fuerza. Su inexpresividad desapareció para dejar paso a la sorpresa. Abrió los ojos mucho y la boca un poco. Contuvo la respiración unos instantes y exhaló el aire con calma. Dejó de tensar los puños y abrió las manos. Tenía ganas de abrazarlo, incluso más ganas que antes, pero tenía que seguir cuidando mis actos. No debía ilusionarlo demasiado. Quería ir poco a poco. Conocerlo más antes de empezar de nuevo otra relación. No daba esa opción por perdida. Pero no quería que fuera algo precipitado. Por primera vez en mucho tiempo vi la luz del sol, aunque estuviera a punto de ocultarse.
-Hola. Me llamo Bryce. Encantado de conocerte. –Dijo finalmente tras una larga pausa de intensos intercambios de miradas.

Extendió su mano derecha abierta para recibir la mía. Me sorprendí. No me esperaba esa respuesta. Estaba poniendo de su parte y eso me gustó. Sentí que lo nuestro no estaba tan perdido y por una vez en mucho tiempo, sentí paz en mi interior. Sin pensar, instintivamente, como un acto reflejo le cogí la mano y se la estreché dulcemente. El tacto de su piel con la mía. Lo había olvidado. Recordé aquella noche, los dos abrazados en mi cama. Su perfume, lo olí de nuevo al acercarme a él y no pude evitar realizar algo que llevaba queriendo hacer desde hace mucho tiempo. Me acerqué lentamente a su perfecto rostro sin perder el contacto visual y le di un beso en una mejilla y otro en la otra. Sin prisas, disfrutando la cercanía de nuestras caras. Sus labios se veían tan tentadores… Tuve que poner toda mi fuerza de voluntad en no rozarlos siquiera. Sentía su aliento en mi oreja y me puso los vellos de punta. Estaba aturdida, ida por su olor. Y todavía no los había besado… El beso robado tras la persecución al perder el control no lo conté como uno.

-Yo soy Valeria y así es como se saluda a la gente en España tras una presentación. –Y sonreí sin reparos tras alejarme de él. Estaba feliz. Mis problemas habían desaparecido. Y mis preocupaciones, por ahora, también. Él me miró extrañado, sorprendido, irritado y molesto. Esa expresión que siempre me había puesto de mala leche pero que me he dado cuenta de que he extrañado mucho.
-No sé cómo lo haces, pero siempre consigues irritarme. –Dijo resoplando mientras se sentaba por fin bien. Bueno… Retiro lo dicho, se sentó a lo pasota, con las piernas estiradas y encorvado sobre el respaldo.
-¡Y ahora qué! ¡Nunca te sienta nada bien! ¡Contigo no hay quien acierte! –Y me tiré del banco hasta llegar al suelo de un pequeño y ligero salto. Me puse junto a él. Tenía los ojos abiertos mirando el rojizo cielo, cada vez más oscuro.
-¡¿Cómo puedes ir saludando a los chicos así?! ¡Aquí no estamos acostumbrados a eso! –Y volvió a resoplar. Lo dijo sin desviar la mirada. Yo buscaba ansiosamente sus ojos. Me senté a su lado, lo suficiente para quedarme satisfecha con la proximidad pero tampoco ser muy descarada. Mi cuerpo echaba de menos su olor.
-No los voy saludando así. ¿Por qué me has tomado? –Y me callé, para pensar si debía decir lo que quería decir. Tras unos segundos de profunda discusión interna, me decidí por atreverme. –Es sólo que me apetecía darte un beso en la mejilla y no se me ocurrió otra excusa mejor. Tómalo como un agradecimiento. –Ops. Eso último lo improvisé. Me salió hablando pero no era verdad. Lo quería besar porque en ese momento me salió de lo más profundo de mi ser, y no por un gesto amable o cordial. ¿Por qué diantres lo dije? Ni yo sabía por qué.
-Pues si te metes en problemas, no dejes que te ayuden si no soy yo. No quiero que nadie más se lleve tus agradecimientos. –Y finalmente dejó de mirar el cielo, se colocó en una postura atenta y me miró a los ojos fijamente. Volví a sentirme completa con su mirada. –Ya me has hecho adicto a ellos. –Y me guiñó un ojo. Se levantó, cogió mi mochila, se la colgó de un brazo y echó a andar mientras yo me quedaba pasmada. Me sentí flotar. Ese guiño de ojos me dejó totalmente desarmada. Vulnerable. Sentí como en ese momento perdí inteligencia de la cara tan embobada que se me quedó.
-¿Adónde vas? –Pregunté todavía sentada en el banco. Reaccioné porque por cada paso que daba alejándose de mí, aumentaba mi desasosiego. Sino, hubiera seguido ensimismada pensando en su guiño. Y es que lo había tenido lejos demasiado tiempo como para tomarme a bien que se alejara lo más mínimo. ¿En qué momento empecé a necesitarlo tanto? Hasta aquella noche en mi cama yo pasaba totalmente de él.
-¡Mec! –Hizo un sonido de los que se escuchan en los concursos de la tele cuando la respuesta es incorrecta. –Pregunta errónea. La correcta es: ¿Adónde vamos? –Se paró para hablarme, se giró. El ocaso tras él le daba un aura especial. Realmente el rojo le sentaba de una manera que me dejaba sin aliento.
-¿Adónde vamos? –Me levanté de un respingo del asiento. Como diera un paso más, no podría evitar más quedarme en el mismo sitio.
-No lo sé. ¿Adónde irían dos chicos que acaban de conocerse? –Y sonrió para volver a cortarme la respiración. No era comparable a la sonrisa de Aaron. Ambas eran mundos opuestos. Ambos eran hermanos gemelos opuestos. Pero descubrí una nueva sensación nunca antes experimentada con Aaron. El poder de la sonrisa de Bryce. La primera vez que lo veía sonreír. Siempre lo había visto serio, irritado, enfadado o desilusionado. Pero nunca sonriente y alegre. Él había recuperado la ilusión y yo mis ganas de vivir.
-Dos chicos que se acaban de presentar no van solos a algún lugar. Esperan a que la relación cuaje. –Y no era una excusa para no ir con él. Lo deseaba más que otra cosa, sólo era la introducción a lo que iba a decir a continuación. –Pregunta mejor adónde van dos locos de remate sin planes. –En serio, no podía quitarle los ojos de encima. La imagen estaba hecha para el perfecto chico para el perfecto anuncio de perfumes de hombre. O mejor.
-Se me acaba de ocurrir uno. –Y sin dejar de sonreír, torció la sonrisa a hacia un lado. El corazón dejó de latirme por unos instantes. -¿Por qué no vamos a un sitio dónde puedas meterte en problemas? -¿Meterme en problemas? ¡Ah! ¡Vale! ¡Ya lo pillé!
-Me gusta ese plan. -Sonreí sin darme cuenta. Inconsciente. –Pero por favor, que no haya víctimas mortales. –Y le saqué la lengua un segundo. El tiempo que duró dar el primer paso para acercarme a él. Me encantaba mirarlo en esa puesta de sol, pero olerlo era algo que tampoco podía parar de desear.
-Pero sólo porque me lo pides tú. –Terminó cuando me coloqué por fin a su lado. Tenía que levantar mucho la cabeza para mirarlo a la cara. Había olvidado lo alto que era y el buen trecho que me sacaba. Me miró, lo miré, y no tuvimos que decir más nada. El momento era perfecto. Los dos empezando de nuevo, sin rencores, sin malas rollos, sin problemas. Esta vez no podía fallar nada.

Me monté con él a solas en su coche por primera vez. Íbamos a ir a algún sitio. O tal vez dar vueltas sin rumbo por la Gran Manzana. Me di cuenta de que había estado en la misma situación con Aaron antes, pero era todo tan distinto con Bryce. Con Aaron siempre estoy relajada. Con Bryce no puedo evitar estar nerviosa todo el tiempo. Inquieta. Ansiosa. Yo me senté en el asiento del copiloto. Yo misma me abrí la puerta. Él no era tan educado como Aaron. Me senté y me mareé con el aroma del interior. Parecía que Bryce había derramado su bote de perfume en él. Casi levitaba. Estaba ida. Y en ese oportuno momento me sonó el teléfono móvil. Me molestó esa interrupción. Apunto estuvo de arrancar el coche. Que por cierto, tenía marchas, no era automático como acostumbran en EEUU.

-¿Diga? –Ni siquiera miré la pantalla del teléfono para ver quién era. Sólo quería acabar rápido con la conversación para seguir en mi mundo.
-Valeria. Soy Karem. Ashley me ha recordado que te diga que alquiles una película para esta noche en la fiesta. La encargada era yo pero se me ha olvidado. –Escuchaba la risa disimulada de Ashley de fondo. ¿Ya estaban juntas? ¿Pero la fiesta de pijamas no empezaba a las 8? Miré el reloj. Las siete y cuarto. En 45 minutos empezaba. Hacía quince minutos que todo el mundo había abandonada la Uni y yo ni me había enterado. Parece ser que la vida sigue y el tiempo no se detiene cuando estoy con Bryce. –No te importa hacerlo tú, ¿no? Cualquiera basta, no te comas mucho el coco.
-De acuerdo, déjamelo a mí. Pero luego no quiero quejas. –Respondí condescendiente mientras miraba mi mano derecha jugando con las tablas de la falda del uniforme.
-¡Te debo una! ¡Muchas gracias! Y no te preocupes, a las personas que tenemos en un altar no se les dedican quejas. –Y se rio. Escuché como Ashley de fondo también.
-Anda, anda. Que pronto vas a tener que rezarme y todo. Ahora nos vemos. Hasta luego. –Y colgamos a la vez. Vacilé un segundo y miré a Bryce, que todavía no había arrancado el coche esperando un cambio de planes. Me miró expectante. Quería saber.
-¿Cuánto de peligroso puede ser un videoclub? –Dije sonriente. Él se extrañó un momento. Y sonrió otra vez de esa forma tan exquisita. Si un videoclub es inofensivo, estaba segura de que encontraría la manera de volverlo un arma de destrucción masiva. Y no podía gustarme más la idea.

sábado, 16 de junio de 2012

Capítulo 53: Río con pirañas

Capítulo 53: Río con pirañas
Bryce me miró consternado. No se esperaba que yo apareciera con los ojos llorosos al otro lado de la puerta mirándolo fijamente. Puso una expresión que expresaba sentimientos contradictorias. Creía adivinar que se conmocionó al verme de frente y tan cerca por primera vez en mucho tiempo. O al menos pienso yo, porque era exactamente lo que yo estaba viviendo en ese justo momento. Era una especie de shock, como lo que sientes cuando estás ante una situación que no controlas y para la cual no te has preparado con anterioridad. Pero por otro lado veía desagrado, tal vez por las circunstancias del encuentro. Furia, ganas de empezar de nuevo, cansancio por la situación de la cosas, querer olvidar, luchar por tener una nueva oportunidad. Su rostro era un enigma que me mataba por descifrar. El cruce repentino de nuestras miradas sólo duró unos segundos. Muy largos mientras los vives, muy cortos cuando miras atrás y ves que ya han pasado.

-¿Qué está pasando aquí? –En el justo momento en el que los dos regresamos a la realidad de la situación después de crear un mundo imaginario en nuestras mentes al intercambiar miradas, yo le dejé paso. Él cerró la puerta tras de sí, pero me dio tiempo a mirar afuera y ver a Liam y Leo. Habrían escuchado mi llamada por altavoz y estarían esperando afuera por mí. Me alegraba saber que me apoyaban. Por un momento, las lágrimas casi vuelven a mis ojos. Pero sólo por poco, aprovecharon la entrada de Bryce para entrar también los dos en la sala. Ambos se colocaron a mi lado. Liam a mi derecha y Leo a mi izquierda. Eran como guardaespaldas. Que por cierto, ¿y los guardaespaldas de Bryce? ¿Se le habría perdonado ya el castigo? Bryce anduvo en dos pasos todo el trayecto al escritorio del decano, y no era un trayecto corto.
-No creo que sea de su incumbencia, señor Domioyi. –El decano permaneció muy serio e inflexible. Sólo para desvanecerse en el mismo momento en el que Bryce terminó de responderle.
-Me parece a mí que son los inversores los que deciden cuando un asunto les incumbe o no. Señor decano. –Y para quitarle leña al fuego, a aquello que parecía una amenaza, se puso a jugar con un bolígrafo del lapicero. Yo estaba atónita por lo que estaba viendo. Angela y Stephanie también. ¿Se solucionaría esto por fin?
-Por ahora la inversión sigue a nombre de su padre. Señor Domioyi. -El decano en ese momento mostró más planta y talante que nunca. Para que de nuevo volviera a desvanecerse todo al ver el talante serio e inquebrantable de Bryce. Aunque me estaba perdiendo algo. ¿Esta Universidad funciona gracias a que la familia Domioyi invierte dinero en ella? Empezaba a hacerme una idea del porqué de tanta influencia de este grupo en la Uni. La tenían a su total merced, y no era para menos.
-No creo que le convenga que le demos una mala crítica a nuestros padres de su parte, señor decano. –Leo se adelantó un paso en dirección al escritorio. –Puede que algunos privilegios se vean menguados hasta desaparecer. –No podía ver la cara de Leo, pero debía dar auténtico pavor verlo sonreír amablemente mientras le daba la mayor amenaza de su vida. -Tal vez no se acuerde, pero esta universidad tiene el prestigio que tiene por ciertas inversiones que los padres de los alumnos hacen. –Sentí un escalofrío. Su voz dulce hablando de cosa terroríficas me ponía la piel de gallina.
-Sí, pero al igual que no solo de pan vive el hombre. No sólo de dinero viven las universidades. No sabe hasta donde puede llegar nuestra influencia para darle buena imagen al lugar. La opinión pública de unos chicos como nosotros es muy importante, y de eso está usted muy informado. –Liam en otros dos pasos se puso al lado de Leo y Bryce. Estaba viendo al G3 actuando en todo su esplendor, y me estaba quedando flipada.
-¿Y bien? ¿Tiene algo más que objetar antes de informarnos de lo que pasa? ¿Señor decano? ¿O le recuerdo que esta universidad es lo que es gracias a nuestra presencia e inversiones? –Seguro que Bryce estaba sonriendo victoriosamente, ahora se sentó en la silla donde yo había estado sentado antes. Se recostó hacia atrás con la mayor naturalidad del mundo. Ya no le quitaba leña al asunto, ahora le quitaba hierro macizo. Ojalá pudiese ver su cara. Había estado demasiado tiempo subsistiendo sin ella y eso me había causado estragos.
-Me ha quedado muy claro. –Dijo el decano cayendo rendido en su sillón. Bryce intercambió miradas de victoria entre Liam y Leo. Yo miré a las dos arpías. Tenían los ojos muy abiertos, no se imaginaban que ellos tres vendrían a ayudarme. Yo tampoco. O al menos no así. –Se ha encontrado la mochila de la señorita…-Tras un tiempo de concienciamiento en que había perdido y tenía que hablar, comenzó la historia para pararse a mirar entre unos papeles, posiblemente de mi expediente, mi apellido…Ni se acordaba, cuando justo acababa de verlo hace pocos minutos. Al parecer no soy una persona fácil de recordar. –Spinoza, en una taquilla de los vestuarios de la pista de Balonmano. En su interior se encontraban instrumentos robados del club de música. –A medida que hablaba, el decano comenzó a sonreír, como si ellos no pudieran hacer nada contra eso. Con cada milímetro que se elevaban las comisuras de sus labios, mi ánimo se hundía un metro más bajo tierra. –No tenemos más remedio que expulsarla por traición y robo a la Universidad. –Y dicho esto, se recostó apoyando la espalda sobre su asiento, cruzó las piernas y puso sus manos frente a él, uniendo la punta de sus dedos.
-Ella no ha sido. –Bryce se levantó de sopetón de su asiento, y dio un golpe con el puño cerrado contra la mesa. Todas las cosas sobre ella vibraron, algunas incluso se elevaron para caer después, y estaba segura de que se había contenido mucho la fuerza. Me emocionó ver su reacción espontánea. Apenas había dejado al decano terminar su frase cuando saltó.
-¡No tienes pruebas! –El decano, tan dispuesto a no mover un dedo para demostrar mi inocencia tanto como dispuesto estaba Bryce a conseguirlo, se levantó de su butacón y encaró a Bryce, colocando también los dos puños sobre la mesa con un golpe. Los dos dejaron sus caras muy cerca de la otra. Encarándose. Por un momento temí por lo que pudiera pasarle a Bryce. Acaba de salir de un castigo de semanas vigilado por guardaespaldas. No quería que se volviera a meter en problemas por mi culpa.
-No las necesito para saber que es inocente. –Bryce comenzó a hablar lenta y pausadamente, intentando tranquilizarse. Podía notar tensos los músculos de Leo y Liam. De las otras dos incluso me olvidé de que estaban allí. –La conozco suficiente como para saber que ella no es así. Que nunca lo haría. Además, ¿para qué lo querría? Ella tiene su trabajo y no necesita más dinero del que tiene.
-Tú no sabes las condiciones económicas que puede estar sufriendo. Además, tampoco se termina de conocer a una persona siempre. Nunca se sabe hasta dónde se puede llegar. –El decano volvió a sonreír victoriosamente. No veía la luz al final del túnel, pero al menos escuchaba la voz de Bryce protegiéndome, era todo lo que necesitaba en ese momento.
-Le doy la razón en todo lo que dice. Pero no es este el caso. Ella se buscaría otro trabajo más antes que robar. Pero como veo que no va a creer nada de lo que diga, se lo voy a demostrar. –Bryce no perdía la calma y esperanzas a pesar de que estaba en una posición de perder. Por un momento, los ojos se me humedecieron de nuevo. ¿Por qué lo hacía? Yo nada más que lo había dañado siempre… No me parecía justo que luchara por mí, ni se sacrificara tampoco. Pero es que era incapaz de reaccionar. Me sentía como una basura humana. –¿Cuándo decís que os desaparecieron las carteras? –Bryce se giró a hablar con Angela y Stephanie, la primera vez que demostró percatarse de su existencia desde que entró en el despacho. En sus ojos brillaba un atisbo de poder conseguir lo que se proponía.
-Eh… pues… esto… creo que… -Ninguna de las dos sabía qué responder. Se frotaban las manos sudorosas nerviosamente y no eran capaces de fijar la mirada en algún punto fijo. Parecían camaleones.
-Sabía yo que no ibais a colaborar… -Dijo para sí mismo. Aunque en un tono audible… -Bien, más fácil. Decano, reproduzca directamente el vídeo de la cámara de seguridad que enfoca a la puerta del club de música. -¿Hay cámaras de seguridad en la Uni? No me sorprendía por que las hubiera, sino porque nunca había visto ninguna. Realmente sabían esconderlas bien. O yo voy muy en mi mundo y no me he fijado… Creo que es más probable esto último.
-¡Esto es un abuso de poder! ¡Nadie en esta Universidad te lleva la contraria! ¡Eres como el rey! ¡Tienes privilegios por todas partes! ¡Haces lo que te da la gana y nadie te llama la atención! ¡Incluso tienes reservado una parte del jardín para ti y tu grupo! ¡Todo el mundo hace lo que le dices! Pero obligar también al decano es otra historia. –El pobre hombre no dijo la última frase muy convencido. Y Bryce lo olió. En otro momento, se habría puesto muy enfurecido, el grandioso Bryce Domioyi que yo conocí hace tres meses no toleraría bajo ninguna circunstancia que alguien se rebelase contra él y mucho menos lo cuestionase. Pero ahora era distinto. Realmente había cambiado. Creo que fue cuando de verdad comencé a creérmelo.
-Hágalo, por favor. No tiene nada qué perder, más que el tiempo si no consigo esclarecer nada. –Fue sincero en lo que dijo. No había tono amenazador oculto en sus amables palabras. Estaba alucinando. Y las otras también. Esperaba una respuesta por parte del decano, pero como no recibió ninguna, continuó hablando. –Si ella se va de esta universidad. Yo también. Y le conviene que no sea así. –No podía creer lo que esta oyendo. ¡¿Cómo iba a enfrentarse con sus padres y decirles que había dejado de lado su futuro en la empresa porque abandonaba la universidad por una plebeya acusada de ladrona?! No podía estar diciéndolo en serio. Debía ser una táctica para convencer al decano.

Bryce permanecía de pie, y el decano también. Tras unos eternos segundos de intercambio de miradas, el decano accedió. No dijo nada, sólo se sentó en su acolchado asiento y se puso a buscar en el ordenador el famoso vídeo. Bryce, Liam y Leo se congregaron alrededor del decano, observando la pantalla detenidamente, que seguramente estaría en modo de cámara rápida. Yo seguía pegada al marco de la puerta, sin saber adónde meterme. Mordiéndome las uñas. Creando el nuevo vicio que me había aparecido en ese justo momento por primera vez. ¿Qué pretendía? No iban a encontrar nada, yo no iba a aparecer robando… Claro, esa era la cuestión, no encontrar nada.
-¿Lo ve decano, ha visto que en todo el día no ha entrado Valeria en el aula de música? –Bryce, que estaba echado hacia delante para mirar el vídeo más detenidamente, se echó hacia atrás y se cruzó de brazos. -¿No queda así demostrada su inocencia? ¿Por qué iba a robar todos los instrumentos un día anterior y volver al día siguiente con ellos en la maleta? Use su lógica. -¿Ya está? ¿Eso era todo? No podía ser posible. No iba a salir de este entuerto tan fácilmente. No soy de las que tienen esa suerte. El decano mordiéndose el labio furioso por haber perdido, no dijo nada, siguió mirando la pantalla de su ordenador, con una mínima esperanza de demostrar que llevaba razón. Parecía que prefería no sentirse un tonto equivocado al que habían engañado dos tipejas, antes que reconocer su error como un hombre honesto y permitir a su brillante alumna permanecer en la facultad.
-Perdone… Señor decano… ¿Me permite que haga una sugerencia? –Angela habló, dio un paso adelante y disimuló una sonrisa. Valeria, tenías razón, no ibas a salir de esta tan rápido.
-Adelante. –El decano la miró esperanzado. Lo que me molestó. Todavía quería creer que era un hombre justo…
-Todo cuadra. Este vídeo demuestra que tenemos razón. La mochila que nosotros encontramos en las taquillas de la pista de balonmano estaba allí desde hace un día o más. La guardó en el sitio más oculto que se le ocurrió para luego ir a recogerla al final de las clases. Así no llamaría la atención por los pasillos todo lo abultada y pesada que estaba. Además, los instrumentos suenan, y si recibía algún golpe sería delatada. Pero perdió la llave de la taquilla, la que nosotras encontramos. Por eso no pudo recuperarla. –Mierda. Lo sabía. Sabía que se inventaría algo para salirse con la suya. Era muy buena en eso. Me quedé en shock. Totalmente impactada. –Y no creo equivocarme mucho en pensar que lo hizo ayer. Ya recordamos, y fue ayer cuando se nos perdieron las carteras. Revisad el vídeo de la cámara de seguridad que enfoca al aula de música de ayer. Veréis que llevo razón. Me he fijado, y lleva tres días seguidos yendo allí a “estudiar”. Seguro que estaba tramando el plan. –Y me miró con sonrisa victoriosa. Sentí como la acidez de estómago me volvió.

¿Me había estado espiando? Menudo plan más bien trazado. Seguro que llevaban desde que me vieron abrazada a Aaron planeándolo. Mis leves esperanzas por demostrar mi inocencia desaparecieron con mi última exhalación. Seguro que habían esperado hasta el último día clases para ejecutarlo para no dejarse nada atrás que pudiera fallar. El decano le hizo caso. Al momento escuché los clicks de su ratón buscando el vídeo. Y comprobó como tenían razón. En un momento vio que había entrado en el aula de música al inicio del descanso y había salido al final de éste, durante tres días. Lo supe por las caras de Liam, Leo y sobre todo Bryce, que fue la que más me dolió en el alma. Como un puñal que se te clava hasta lo más hondo.

-Muy conmovedor su discurso de antes para convencerme a ver los vídeos. Así ahora puedo darle con ellas en la cara y demostrarle que tenía razón. Señorito Domioyi. Por ahora la señorita… -Y volvió a olvidarse de mi nombre… -Spinoza, sigue expulsada. Ya hablaré con sus padres su intolerante comportamiento amenazante. –Y el decano se levantó de su algodonoso asiento, se puso de pie y encaró a Bryce. Le llegaría en altura aproximadamente por la barbilla, pero aun así le echaba más coraje que nadie. Bueno, no más que yo en su momento, que le llego por la mitad del pecho.
-¡Yo no he robado nada! ¡Soy inocente! ¡Que todo lo demostrado vaya en mi contra no significa que yo sea una ladrona! ¡Son pruebas circunstanciales! Sí, he pasado estos días en el aula de música, pero estaba estudiando para los exámenes, y escuchar música de fondo me ayuda a concentrarme. ¿Me ha visto alguien robando los instrumentos? ¡Sólo se cree las palabras de lo que dicen estas víboras venenosas porque le han comido la cabeza! ¡Es mi palabra contra la de ellas! Ah no… mierda… lo había olvidado… Aquí no se fijan en la persona, sino en los convencionalismos sociales. Es la palabra de una pobretona becaria contra la de dos adineradas señoritas. ¿Pues sabe qué? La riqueza no justifica las intenciones de una persona. Y ellas por tener más riqueza no van a ser mejores personas que nunca le tenderían una trampa a alguien para jugarle una mala pasada. –Tenía el pulso acelerado, la presión altísima, la respiración entrecortada y sentía un calor que me invadía. La cabeza me daba vueltas. Estaba jadeando y sudando. Cuando llegara a casa, intentaría relajarme como pudiera debajo de la ducha. Desde que decidí salir por la puerta me daba igual lo que pasara. Sólo había dicho esto para ver si en alguna forma ayudaba a Bryce, a justificar sus actos para protegerme, y que de alguna manera no fuera perjudicado. Pero ahora que lo pensaba, tampoco ocurriría.

Miré a Bryce. Mantuvimos la mirada un segundo. Pero fue un segundo muy intenso. En ese momento, sólo podía verlo a él. No existíamos más que él, yo, y mi profundo dolor. Ah sí, y el sonido de mi corazón escuchándose por todos lados. Siempre hay algo que molesta… En ese segundo, yo intenté decirle que lo sentía, que no cometiera más locuras por mí que lo perjudicasen. Que estaría bien. Y que se lo agradecía eternamente. No sé si lo entendió, pues por respuesta sólo recibí su furiosa mirada que no se daba por vencida. Entonces supe que no pararía hasta hacer que me quedara aquí o que la universidad quedara muy mal parada por eso. Pero la cuestión era demostrar mi inocencia, y ya no había modo alguno. Habríamos continuado mirándonos si no hubiera sido porque nos interrumpieron. La puerta se abrió de repente, pero de una forma muy suave y silenciosa. No habría mirado si no fuera por la voz que escuché. Era la de Aaron. Tal vez no estaba del todo perdido, o tal vez habría una persona más presenciando mi humillante situación.

-Tengo algo que podría interesaros. No os marchéis tan rápido. –Aaron no entró, se quedó apoyado en el marco de la puerta y cruzó los pies. ¿Qué estaba haciendo? Sonreía pícaramente, me estaba poniendo nerviosa, nunca le había visto esa expresión.
-Esto no tiene nada que ver con usted Aaron. No se entrometa donde no le llaman. –El decano habló como si fuera un juez dictando la sentencia. Pero no lo consiguió una vez más. Su palabra valía poco en el G4.
-Yo no estaría tan seguro. Todo el que intente dañar a Valeria tiene que ver conmigo. Parece que tengo complejo de ángel de la guarda con ella. –Me miró, me guiñó un ojo y me morí.

No era cupido el que no paraba de atacarme con flechas directas al corazón, era Aaron inconscientemente con toda su perfección. Me sonrió como si no hubiera un mañana. Como la vez que salí de la mansión Domioyi tras ser capturada en el Hummer y al verlo en la calle le pregunté que era lo que el dinero nunca podría comprar.  Brillaba por sí misma. Y sentí que nunca podría sentir por nadie lo que sentía por Aaron. Era único. Tanto el sentimiento como él.

-Pasa. –Aaron, que todavía permanecía en el marco de la puerta apoyado, miró hacia su derecha y le habló a alguien, invitándolo a entrar.

Tras un momento de vacilación por parte del invitado, Cindy apareció en la habitación. Era la que faltaba para completar al trío “Tra, tra, tra”. Y sí, acababa de inventarme el nombre ahora. Más que hacer el ganso para merecerse el nombre “La, la, la”, intentaban joder por activa y por pasiva. Me recordaban a las canciones de reggaetón. Te voy a dar “tra, tra, tra”. Sí, ese nombre les iba mejor. Cindy, sin saber donde mirar y dónde meterse, se colocó junto a las otras dos. No compartieron miradas, porque seguramente serían acusatorias por haber metido la pata. Volví a ver esperanza, y más si se trataba de mi salvador oficial. Aaron.

-¿Qué es todo esto? ¿A qué juega Aaron? –El decano estaba furioso.

Estuvo a pocos segundos de cerrar la puerta de su despacho, quedarse solo en él y celebrar la victoria por todo lo grande. Pero Aaron había llegado y le había roto los planes. Le temblaban los dedos, que los tenía colocados descansando sobre la mesa, en la cual estaba apoyado, pues permanecía de pie todavía. Fue al mirarlo a él cuando me di cuenta de que todavía estaban allí Bryce, Liam y Leo. Ni me acordaba de ellos. Todo mi mundo empezó a girar en torno a Aaron una vez que me sonrió de esa manera. Ellos estaban igual de sorprendidos que yo. Lo veía en sus caras. Todos en la habitación estábamos de pie.

-Ahora lo sabrá. Sólo tiene que responder a una pregunta. Es muy sencilla. Es sólo para demostrarle un pequeño detalle, que aunque parece tener muy poca importancia, no es tan insignificante… -Esperó un momento, miró a su alrededor y vio a todo el mundo expectante por oírlo,  y habló. -¿Dónde le han dicho que encontraron la mochila con los objetos robados?
-¿Pero qué..!-El decano quiso terminar la frase, pero no pudo, Aaron no lo dejó. Seguía sonriente, ya había cerrado la puerta tras de sí y estaba dentro, junto a mí. Podía sentir los latidos de mi corazón en el cuello.
-Sólo responda. Por favor, no me haga repetir la advertencia que seguramente ya le habrán dicho mis amigos. –Y miró con otra sonrisa diferente, esta vez era cómplice, demostrando la camaradería entre ellos, a Liam, Leo y Bryce. Sólo los dos primeros se la devolvieron, Bryce estaba metido en una especie de profundo letargo, observándolo todo silenciosamente.  
-De los vestuarios de la pista de balonmano. –Respondió a regañadientes mientras se sentaba en su mullido sillón. Dio la impresión de que la cosa iba para largo.
-¿Y dónde está la llave de la taquilla? Me gustaría verla. –Pensé que el decano volvería a quejarse, pero no lo hizo. Pilló el mensaje, no a la primera ni a la segunda ni a la sexta, pero sí con Aaron. Miró a Angela y ella no supo qué hacer. Lo pensó un momento. Casi podía imaginármela pensando una vía de escape rápida con la que acabar bien, pero al no conseguirlo, le dio la llave. Vaya, con llave y todo. Pues sí que estaba esto planeado al dedillo. Aaron cogió la llave de la palma de la mano abierta de Angela. Era la típica llave corta y de base de plástico cuadrada justo con el tamaño de la huella de un dedo pulgar.
-Lo que suponía. -Aaron la observó un momento y volvió a sonreír como el que consigue algo. ¿Pero cuántas sonrisas diferentes tiene este chico? Me estaba pegando un chute de endorfinas que no era normal, no sabía cómo escaparía mi sistema nervioso. -¿Sabía que las llaves de las taquillas tienen grabados las iniciales de la zona a la que pertenecen? –Era una pregunta retórica, no esperaba respuesta. Lo sabía porque jugaba con la llave entre sus dedos sin mirar a nadie. –Pues la pista de balonmano tiene una “B”, mientras que en esta llave aparece un “Ba”. ¿Sabe por qué es? –Y ahí sí esperaba una respuesta. No sé si lo hacía queriendo o no, pero nos tenía a todos en vilo. Sabía mantener la emoción hasta el límite hasta el último segundo.
-¿Quiere ir al grano? Aaron. –El decano tenía los nervios crispados. Daba golpecitos silenciosos con los dedos sobre la mesa. Y podía ver por debajo del escritorio como tenía un tic nervioso en una pierna.
-Esta llave es de una taquilla de la pista de Baloncesto. Lo que quiero decir es que ¿cómo Valeria ha guardado su mochila en un vestuario en el que no estaba duchándose y al cual no podía ir después porque estaba esperando a que Leo le trajese la ropa? Porque después se fue directa al examen al que llegaba tarde. ¿Puede decirme entonces por qué su mochila estaba ahí? –Oh vaya, eso sí que no me lo esperaba. Me lo podía imaginar, ellas con miedo a entrar en donde yo estaba por si las veía, y cogiendo otra llave que pudiera dar el cantazo…Un momento, eso era muy estúpido. Podían delatarlas con eso, y estas son muy cuidadosas. Me suena a error. Aquí había algo que no sabía.
-Pues porque llevará varios días ahí metida y estaría esperando al mejor momento para sacarla. Yo que sé… -El decano intentó salirse por la tangente. Pero no sabía que con Aaron eso no era posible.
-Claro. Y por eso yo he visto a Valeria con su maleta hoy por la mañana entrando a la Uni.
-Pues tendrá dos iguales para no levantar sospechas. ¡Deje de malgastar mi tiempo!
-¡Deje de malgastar usted mi tiempo! ¿Es que no se da cuenta? ¿Entonces por qué estas chicas le han dicho que encontraron la mochila en los vestuarios de balonmano cuando la llave es de los de baloncesto? –Aaron se había alterado, pero sólo por dos segundos. Al momento volvió a su estado de tranquilidad por tenerlo todo controlado. Ni siquiera miró a las “chicas” cuando las señaló al nombrarlas. Eso me gustó. Bien, así sentirían que no se merecen ni que las miren. El decano no respondió, no sabía qué responder. Ahí le había dado. O al menos eso pensé.
-¿Qué más da? ¿Baloncesto o balonmano? Da igual, lo importante es que esos objetos fueron encontrados dentro. –Decir indignación era quedarse corta. Sería la tercera vez que su mente vislumbró otra posibilidad de inocencia y la desechó. Como las otras. Sabía que si no era por ellos, estaba completamente sola en este infierno de maravillosa apariencia y comodidades. Por un momento me entristecí, pero después me sentí la persona más afortunada del mundo. Teniéndolos a ellos, no necesitaba más nada. De repente, me sentí con fuerzas para seguir luchando. Antes pensaba que me daba igual irme, ahora iba a quedarme sí o sí, y demostraría mi inocencia, sólo por ellos, para no desilusionarlos. ¿Le plantaba cara a los mayores acosadores de la Uni y no a un tipo prejuicioso? Esa no era yo.
-Veo que no quiere darse cuenta de nada o no quiere reconocer que se ha “equivocado”. Pero como veo que no lo puedo hacerlo ver por su cuenta, se lo diré yo mismo. –A Aaron se le agotó su bendita paciencia, y eso ya era decir. –Estaba todo pensado, estas tres chicas le han tendido una trampa a Valeria para que sea expulsada. Ella tenía que llegar hoy después del descanso al examen de prácticas. Imagino que mientras ella lo estuviera haciendo, pues va por turnos, la chica a la que he traído, tenía que coger su mochila y llevársela a sus amigas para que la llenasen con todas las cosas robadas. –Todo el mundo escuchaba atentamente a Aaron. El decano con el ceño fruncido, Leo y Liam sonrientes, Bryce silencioso y en las otras tres ni me fijé, suficiente que había conseguido apartar un momento mis ojos de Aaron. -Pero salió mal, Valeria no llegó al examen porque como bien dijo ella, estaba duchándose en los vestuarios de la pista de balonmano porque se había caído al estanque accidentalmente. Liam llegó al examen y habló con el profesor sobre sus circunstancias, por lo que la chica se enteró. Tenía que ser hoy, pues es el último día antes de las vacaciones, y la cuestión era estropeárselas también con la expulsión. ¿No? –Y ahí miró a las tres víboras. Casi pude leer en sus mentes un “Tierra, trágame”. La primera vez que Aaron se dirigía a ellas y era para acusarlas. No me daban pena. Ninguna. –Pero no había problema, la chica que traje salió con alguna excusa de clase, tal vez una vez finalizado el examen o no, ni lo sé ni me importa, y fue a los vestuarios. Pero con miedo de ser descubierta por Valeria o por Leo, que le llevaría el nuevo uniforme, optó por el plan B. Utilizar una mochila igual a la de Valeria. Que la habían comprado de antemano. –Y ahí paró de hablar un momento, para dar énfasis y tiempo de asimilación a lo que estaban escuchando nuestros oídos. Podría haber vuelto a mirar la cara de los demás, pero no merecía la pena si ello requería apartar la vista de Aaron. El cuál me miró con una cara de profunda paz. Estaba exprimiendo a mis glándulas hormonales segregando tantas para cada estado de ánimo que viví en esa habitación. –Pensó igual que usted. Baloncesto o balonmano. Qué más da, no se notará el cambio. Los dos empiezan por ba-. Fue lista pensando en ese detalle. –Sí, es lo que tienen las villanas, que son todas muy listas desgraciadamente. –Cogió una llave de allí para hacer el paripé y le contó a sus amigas el cambio de planes. Ahora sólo faltaba que cuando Valeria estuviera en medio del examen, no se diera cuenta de que su maleta desaparecía para borrar toda muestra de dos mochilas. –Y ahí caí. Ahí fue cuando vi la luz a todo mi oscuro túnel. Mi inocencia sería demostrada. Recordé en ese mismo y justo momento que había dejado la mochila olvidada en los vestuarios al salir con las prisas de allí. En ese mismo momento Aaron me miró, vio el brillo en mis ojos y yo en los suyos. –Pero nuevamente el plan salió mal por otro despiste torpe de Valeria. –Seguía hablando mientras me seguía mirando. Me sentí levitando en el aire. Parecía ahora tan lejano aquel tiempo en el que Aaron era un chico que pasaba de los problemas de los demás y sólo se preocupaba de sí mismo…Y ahí estaba, luchando por mí hasta el final. Me emocioné. Fue la primera vez que los ojos se me pusieron húmedos y brillantes por alegría. Era una mezcla de sentimientos en ese momento. –La mochila no estaba allí. Se la había dejado olvidada en el vestuario. Y puedo demostrárselo. Todavía debe seguir allí. El club de balonmano no entrena hoy, y no debe haber entrado más nadie después de ella y Leo.

Aaron no dijo nada más. Se quedó mirando detenidamente los rostros de cada uno de los moradores de aquel gigantesco despacho. Yo los miré a todos también. Parecía que todos hacíamos lo mismo, de repente me vi intercambiando extrañas miradas con cada uno. Todos seguían con las mismas expresiones que cuando los miré hace un rato, menos Bryce, que tenía los ojos muy abiertos por la incredulidad y sorpresa. Esta vez miré al dichoso trío. Angela tenía los ojos tan abiertos y desorbitados, que parecía que se le saldrían de las cuencas de un momento a otro. Stephanie movía la cabeza de un lado a otro mientras miraba hacia abajo murmurando algo que no llegué a entender. Cindy simplemente sonreía nerviosamente mientras se secaba el sudor de la frente. No fue hasta ese momento hasta que no respiré tranquila. Como mi mochila no siguiera allí, me pegaría un tiro. Pasó un tiempo que se me hizo eterno hasta que alguien volvió a abrir la boca para hablar.

-¿Es cierto lo que dice Aaron? Díganme la verdad, porque como tenga que seguir perdiendo el tiempo en ir allí y comprobar que realmente la mochila de la señorita… -Y otra vez volvió a olvidar mi nombre. Esto parecía ya un chiste. –No sólo las castigaré durante un mes con trabajos forzados, sino que les prohibiré la fiesta de fin de curso. -¡Bien dicho! ¡Así se hace! ¿Qué es un mes de trabajos forzados comparado con una fiesta de fin de curso? Les había tocado el punto débil. Llega a decir que las expulsa y ya estaríamos camino de los vestuarios por si había posibilidad en que no siguiera allí mi mochila. Jajaja me reí internamente. Era gracioso pensarlo.
-Tiene razón… Ha dicho la verdad… -Angela habló por fin. Estaba destruida, y por un momento me dio pena, pero sólo por un momento…MUY CORTO. –No hay nada más que añadir, lo ha dicho todo. –Miraba al suelo para no enfrentar a ninguna mirada. Yo sí miré al decano, que no querría enfrentar la mía.
-Muy bien, los demás pueden retirarse, me gustaría hablar con las señoritas a solas. Tenemos unos asuntillos que tratar. –El decano dio su última sentencia. Incluso me lo imaginaba con un mazo de juez golpeando un tablero de madera. ¿Ya está? ¿Así iba a acabar? Me supo a poco tanto sufrimiento. Pero nadie se movió en la sala. Absolutamente nadie. Ni las cortinas de la ventana. El decano se quedó desorientado. -¿Qué pasa? –Todos mis amigos lo miraban fijamente, mucho, demasiado para resistirlo. Sólo Aaron habló. Era el que más se merecía el momento de gloria.
–Creo que le debe unas palabras a Valeria. –Y se cruzó de brazos para anunciar con su lenguaje corporal que no aceptaba una negativa por su parte. El decano lo pensó un momento, y tras ganar un poco de más tiempo al fingir toser, habló.
-Lo siento mucho señorita. –Ya decía señorita a secas, ¿para qué intentar acordarse de mi nombre? –No volverá a ocurrir. Le prometo que si hay una próxima vez, confiaré en su palabra e intentaré indagar más para demostrar su inocencia. Lo siento mucho. Hablaré con el señor Sumter para que pueda hacer el examen el lunes por la mañana antes de la evaluación. –Me lo dijo mirándome a la cara. Directamente a los ojos. Ni me lo esperaba, pensaba que lo diría mirando al suelo. Sería un prejuicioso sin escrúpulos, pero en ese momento entendí por qué era el decano. Sabía afrontar las cosas de cara, de frente. 

Yo no dije nada, asentí con la cabeza. No aceptaba sus disculpas, no era sólo una equivocación o error, había desconfiado de mi palabra, y peor aún, por mi condición económica. Tampoco me creía eso de que no volvería a ocurrir. Pero bueno, era suficiente por ahora que se tragara sus propias palabras y tuviera el valor de reconocerlo clavándome la mirada. Miré a los chicos y sin hacer ningún gesto, nada más que cruzando la mirada, entendieron que era momento de irnos. Salimos los cincos por la puerta y la cerramos. Una vez en el pasillo, sentí por primera vez felicidad por el triunfo.

-Muchas gracias Aaron. De verdad, no sé cómo agradecértelo. Me has salvado. –Dije nada más salir, parándome a un lado de la puerta para dejar paso a los demás. Mirándolo a los ojos, sus preciosos ojos verdes intenso. Su cara de imperturbable paz era tan serena… No tenía ni idea de lo que estaba pensando. Iba a responder algo, pero no lo dejaron, llegó el arrasador Leo.
-¡Toma allá Aaron! ¡Has estado genial! ¡Parecías todo un detective! –Leo explotó en chillidos de alegría. Todos andábamos por el pasillo camino de la salida. No hablamos sobre ir allí, sólo nos encontramos andando y supuse que sería ese el destino. Todos estaban muy contentos, menos Bryce, que seguía tan sombrío como antes. Por eso mi felicidad no fue plena.
-¿¡Cómo supiste todo eso!? ¡Estoy impresionado! –Liam también hablaba muy alto. Cuando uno está emocionado, no controla su tono de voz. Me fijé en que los pasillos de la Uni estaban solos. Debía haber tocado hace mucho, y yo no me había ni enterado del timbre del final de quinta hora y comienzo de sexta.
-¡Secreto profesional! Jajaja. –Este Aaron sabe cómo mantener el misterio. Aunque no lo necesita, a mi me tiene enganchada a él sin necesidad de hacerse el misterioso.
-¡Así se hace! ¡Chocad esos cinco chicos! –Leo estaba ido. Tan contento como si hubiera sido él el que se llevara el mérito de salvarme. Ahí caí en la cuenta de que estaban contentos no por ganar, sino por conseguir que mi inocencia quedara demostrada. Leo extendió su mano abierta y uno a uno fuimos chocándola. Menos Bryce.
-Creo que me he dejado algo por ahí. –Bryce sólo dijo eso, se dio la vuelta y se marchó. Estábamos afuera, en las escaleras de la entrada. Las bajó y lo miré irse por la derecha. Me entristecí. ¿Qué le ocurría? No podía verlo así. Se me rompía el alma. Su cara era de total desilusión. Nunca antes lo había visto así. Su cara siempre había sido o enfadada en distintos grados de ira, o seria.
-¿Qué le pasa a Bryce? –Preguntó Liam.
-Nah, seguro que estará molesto porque su plan para salvar a Valeria no fue suficiente. Ya se le pasará. –Respondió Leo. ¿Era eso? Se supone que debía estar contento porque me quedaba… ¿Por qué nunca puedo ser feliz por su culpa? Siempre hay una pega en mi alegría.
–Desde luego Valeria, que tienes una suerte increíble. Quien diría que tus múltiples descuidos que te meten siempre en lío, ahora iban a sacarte de uno muy muy gordo. –Liam siguió hablando. Estábamos los cuatro parados en la calle. Yo seguía mirando a Bryce alejándose en el sendero hacia el interior del jardín. Su espalda perfecta en esa ropa que le sentaba tan bien. Su andar masculino y varonil. Tan alto como los arcos que rodeaban el camino. Su aura de penumbra.
-Nunca desconfiamos ni un momento de inocencia. Es tonta, pero no tanto como para pensar robar en este sitio. –Escuchaba ahora la voz de Leo, pero lo oía como si yo estuviera debajo de agua. Me puso una mano en el hombro y me sacudió levemente. -¡Eh! ¿Qué te pasa? Estás como ida. Ya ni respondes a nuestras bromas. ¿Pasa algo? –Y perdí a Bryce de vista en ese momento. Miré a Leo con los ojos muy abiertos.  
-Tengo que ir a recoger mi mochila al vestuario. No quiero tentar más mi suerte con los despiste, no me vendrán siempre bien. –Y salí andando dirección adónde había ido Bryce. No sabía que decirle, pero sentía unas  ganas irrefrenables por ir por él. Lo de la mochila era cierto, pero era una excusa para ir tras él. Y era extraño, ¿por qué no estaba como loca por hablar con Aaron sobre lo ocurrido y que me contase como lo hizo? Él es todo lo que quiero, y lo estaba cambiando por Bryce. ¿Y si me equivocaba? ¿Y si hasta ahora todo lo que había sentido por Aaron era mera adoración y quien de verdad me gustaba era Bryce? Deseché esa idea al momento. Sé distinguir una cosa de la otra. Aaron no era sólo un ídolo al que adorar, y no podía estar enamorada de Bryce. Era impensable. -¡No me esperéis! ¡Y muchas gracias a todos por confiar en mí hasta el último momento! ¡Os debo una! –Y eché a correr, esta vez de cara, pero mirando hacia atrás. No era plan de repetir el mismo error de antes.
-Jajaja, ya hablaremos sobre esa que nos debes. –Y Leo puso cara de lascivo. Él como no. Pero me encantaba igualmente.
-¡Y ten cuidado! ¡No tientes más tu suerte corriendo sin mirar por dónde vas! Antes fue un estanque con carpas, ahora puede ser un río con pirañas. –Liam tan cuidadoso como siempre a su manera.

Miré a Aaron, sólo me guiñó un ojo, le sonreí y giré la cabeza al frente. Las cosas habían vuelto a la normalidad… bueno… no del todo… ahora tenía que hablar con Bryce. A medida que daba un paso acercándome cada vez más al chico que me roba todos y cada uno de mis pensamientos, me ponía más y más nerviosa. No sabía lo que pasaría, no sabía por qué había dejado a Aaron por Bryce, sólo sabía que hoy las cosas cambiarían, no sabía a qué, pero sí que serían distintas. Por un momento se me antojó más apetecible el río con pirañas.