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Refranero

martes, 27 de diciembre de 2011

Capítulo 29: Pastilla efervescente

Capítulo 29: Pastilla efervescente
-Valeria, ¿estás bien? -¿Preguntaba por mi estado de salud o por mi estado emocional?
-Creo que estoy bien. –Esta repuesta vale por los dos. ¿No? –Aunque ahora que me he dado cuenta, tengo hambre. Me estaba sonando la tripa, pero con Bryce no me había dado cuenta. -¿Has comido ya?
-No. ¿Quieres que pida una pizza por teléfono?
-Vale. Es buena idea. –Y fui a buscar el móvil. ¿Dónde estaba? Fui al dormitorio. Lo encontré encima del uniforme, que estaba en una silla. ¿Quién me lo había quitado? Espero que fuera Ashley, no quiero ni imaginar que fuese Aaron. Junto a esa silla, encontré una bolsa con cosas. Había una caja vacía, ponía bolsa de hielo industrial. Había también jarabe para la tos, mucolíticos, anti inflamatorios, pastillas contra el dolor, para bajar la fiebre… ¿Quién había traído todo eso? Bryce. Lo dijo al salir, que Aaron iba a ir a la farmacia pero no fue al final porque él ya traía todo lo necesario. Fui para la cocina a darle el móvil a Karem.
-Valeria, no es necesario pedir nada. Mira, aquí hay una bolsa con comida. –Miré dentro. Había pizza para hornear en casa, lasaña, nuggets de pollo, y demás comida basura. Sonreí inconscientemente. Me gustaba mucho el Bryce que me cuidaba y se preocupaba por mí. Aunque mi corazón seguía perteneciendo a Aaron.
-Oye, ¿quién ha traído todo esto? ¿Aaron? –Preguntó Karem.
-No, ha sido Bryce. Aunque te cueste creerlo, recuerda las palabras que dijo antes de salir. –Pensó durante unos momentos.
-¡Cierto! Guau, estás en el taco Valeria. Tienes a los dos hermanos locos por ti. –Se notaba demasiado que su intención era animarme. Porque mi expresión era sombría. Y no sabía por qué.
-Pero si yo sólo sería la más feliz del mundo con uno…
-¡Venga ya! ¡No te pongas así! Deja de pensar tonterías y vamos a pegarnos el festín de nuestra vida. –Que chica, siempre tan animada, me daba vida. Me alegraba mucho más por encontrarla a ella que a Aaron. Nunca se podrá comparar una amiga de verdad con hombre, por muy loca que nos vuelvan.

La noche la pasamos comiendo, riendo, charlando sobre nuestra vida sentimental y comiendo otra vez. Había mucha comida. Pero a pesar del buen rollo, me sentía débil, por muy bien que me lo estuviese pasando, seguía enferma. Tenía que acordarme de agradecérselo a Bryce, si no nos peleábamos antes. Cuando fui echar los platos al fregadero para lavarlos al día siguiente, me encontré un Post-it de los míos, pegado en la pared. Decía <Tu madre ha llamado, acuérdate de llamarla tú> ¿Cómo no lo había visto antes? Estaba empanada. Y Karem también. Pues al final sí iba a ser que iba a decirme que llamara a mi madre. Creo que tenía que empezar a confiar más en él. Pero me daba miedo salir herida.

Iba a ir a ponerme el pijama al cuarto para irme a dormir ya. Cuando me di cuenta de que ya lo llevaba puesto. Hoy no estaba yo especialmente lúcida. Oops, Bryce me había visto en pijama. Me sonrojé, ahora la escena de antes era aún más extraña. Le dije a Karem que me negaba a que durmiese en el sofá, que la cama era de matrimonio y que podíamos dormir las dos juntas con total confianza. Y así lo hicimos, tampoco tardé mucho en convencerla, sólo tuve que decírselo una vez. Cómo se notaba que había amistad y confianza. Y me encantaba. Al día siguiente, cuando me desperté, Karem ya no estaba. Me dejó una nota en las zapatillas, había salido para la universidad y no quiso despertarme. Bien por ella.

Mi sorpresa fue que encontré una cajita pequeña en mi mesita de noche. Era roja, brillante, con un lazo azul brillante liado por alrededor. Parecía la cajita de un anillo… no podía ser. La abrí, adentro había una nota. Para la gata salvaje. Era una lentilla de color marrón. ¿Por qué marrón? ¿Acaso no veía que yo mostraba mi ojo verde en vez del marrón? Y me di cuenta de que por atrás de la nota, había más cosas escritas. <Ya sabes que me encantan tus ojos, pero te debo una lentilla, y quería que fuera marrón, quiero ver cómo te sienta> Qué Bryce este. Fue un detalle que me gustó mucho. ¿Estaría cambiando? ¿Habían surtido efecto mis discursos? No lo sabía, sólo que iba a tocarme cambiar de color ahora.

Iba a lavar los platos de la noche anterior, pero me encontré con que Karem ya los había lavado. Se me había adelantado. Así que me fui a la cama y pasé allí toda la mañana. Jugando a un juego de móvil de los de pensar. Me pasé el juego entero. O estaba inspirada esa mañana, o tenía mucho tiempo libre. Votaba más por lo segundo. Bueno también, hice más cosas… Llamé a mi madre, sólo para decirle que estaba guardando reposo, que no se preocupara en exceso. Y le envié un mensaje a Alan, le dije que estaba yo también enferma. Se rio de mí. Me decidió pronta recuperación y se volvió a reír. Desgraciado el niño este… También me duché y me puse otro pijama nuevo, más mono y sexy, por si acaso. Por la tarde, justo después de comer, sonó el timbre. Visita. Fui rápido a abrir la puerta. No me gustaba estar sola, me aburría. Miré por la mirilla. ¡Era Aaron!

-¡Hola! –Dije yo muy animada.
-¿Cómo estás? –Dijeron dos voces a la vez. ¿De quién era la otra? Y apareció Ashley por detrás. Vaya.
-Pues ya no me duele la cabeza ni siento fiebre, gracias a los medicamentos que trajo Bryce. –Me esforcé porque mi voz no sonara decepcionada. –Pasad, pasad. –Y me eché a un lado para dejarlos entrar.
-Te hemos traído comida del comedor de la Uni. –Dijo Aaron soltando una bolsa en la encimera de la cocina. Se conocía ya mi casa. Había olvidado que él estuvo a solas conmigo antes de que llegara Bryce. ¿Qué habría hecho durante ese tiempo? ¿Se quedaría mirándome mientras dormía? No creo, eso hubiera sido demasiado bonito para ser verdad.
-¡Oh gracias! Estaba llegando ya la hora de comer y no sabía qué hacer. –Esa emoción sí que no fue disimulada. –Vosotros habéis comido ya, ¿no?
-Sí. –Respondieron a la vez.
-¿Y queréis que os ponga algo de beber? –Dije abriendo el frigorífico, que no tenía gran cosa, ni siquiera latas de refresco que ofrecerles.
-No, no, no te preocupes, nosotros ya estamos despachados. –Dijo Ashley. Vaya, qué vergüenza, se había dado cuenta de lo vacío que estaba mi frigorífico. –Y no hace falta que pongas a calentar la comida, viene en unos recipientes especiales para guardar el calor. –Guau, de eso no los daban en España, como se nota donde hay dinero…

Y nos sentamos los tres a la mesa. La comida del comedor está deliciosa, nunca me cansaré de decirlo. Me trajeron solomillo con distintas salsas en otros recipientes, para que yo eligiera la que más me gustaba, queso frito, alitas y lagrimitas de pollo, pastel de berenjena, zanahoria o calabaza, pescado variado… Me habían traído muchos tipos de comida, porque como no sabían mis gustos, para que yo eligiera. Pero a mi me gustaba todo, les dije que guardaría para la cena lo que no pudiera probar. La conversación no fue muy trascendental, sólo hablamos de mi enfermedad, de mi familia, y un poco de mi vida en España. La que más interesada estaba era Ashley, Aaron no mostraba nunca interés por nada, aunque escuchaba muy atento todo lo que decía. Me gustó mucho su interés. En cuanto terminé, me llamo Karem en ese mismo momento.

-¿Valeria? Escucha, se me había olvidado decirte que ahora en noviembre, tengo el primer examen y había quedado con unas compañeras de la universidad para estudiar juntas y resolver dudas. No voy a poder pasar la noche contigo. ¿Puede quedarse alguien? Si no, mando a mi madre, que te conoce como de toda la vida, yo le he hablado muy bien de ti, y dice que no le importa en absoluto.
-¿Tú madre? No le hagas a la chiquilla perder su tiempo en venir a cuidarme, yo estoy perfectamente, para estar yo tendida en la cama no vas a hacer venir a la mujer.
-Valeria, si quieres yo puedo quedarme esta noche contigo. –Dijo Aaron. ¿En serio estaba diciendo eso? ¿No estaba soñando?
-¿Cómo? –No podía creérmelo, debía ser un efecto sonoro o mis oídos habían escuchado mal.
-Que si no tienes a nadie que pueda quedarse contigo, yo puedo pasar esta noche aquí. –Y lo dijo mirándome a los ojos. Entonces no podía ser un error de mis sentidos. ¡Iba a pasar la noche a solas con Aaron! Ni siquiera pensé en que él le pertenecía a Ashley, simplemente era feliz pasando tiempo con él.
-Karem, no sé si lo has oído, pero Aaron se ha ofrecido a pasar conmigo la noche. –Intenté disimular la felicidad en mi tono de voz. Aunque creo que no con mucho éxito.
-Sí, sí, lo he escuchado. Pues nada, estupendo entonces, creo que te he hecho un favor. –Desgraciada, ¿cómo decía eso? Aaron se estaba enterando.
-Bueno, bueno. Muchos ánimos esta noche estudiando. Suerte. Que te vaya bien.
-Muchas gracias, ya nos vemos el viernes después de la universidad.
-Ok. Chao. Besos. –Y colgué. En ese momento los dos decidieron marcharse. Ashley tenía trabajo y Aaron ya iba a quedarse esta noche. Los despedí en el umbral de la puerta. Y yo volví a acostarme en la cama. Me vino bien entonces coger el pijama sexy. Ahora sólo me tocaba esperar, y rezar por que el tiempo pasara muy rápido.

Pasó una hora, dos, tres, cuatro, cinco, seis… que mala es la espera. Y más si no se puede respirar por la nariz. El tiempo lo pasé tendida en la cama, leyendo un libro. Era de los científicos, de análisis mental, y cómo el cerebro interviene en la salud del cuerpo. Por eso la espera se me hizo un poco más llevadera. Por eso y porque salí al supermercado de debajo de mi casa y compré cosas, por lo menos para llenar a medias el frigorífico, no sabía si Aaron vendría cenado, aun así, me hacía ilusión que probara mi comida. Sonó el timbre. Mi corazón dio un sobresalto e inconscientemente empecé a sonreír. Por la mirilla me aseguré de que estaba  él solo. Bien.

-¡Hola Aaron! ¡Pasa! –Le dije abriendo la puerta y con un gesto invitándolo a entrar.
-¡Hola! ¿Cómo sigues? –Lo dijo sacando un ramo de flores de detrás de su espalda. Inteligente por su parte, sabía que podría habérselo visto por la mirilla.
-¡Hala! ¡Qué bonitas! ¡Me encantan! ¡Muchas gracias Aaron! –Dije cogiéndolas. Estaba realmente contenta.
-Como Bryce trajo todas las cosas necesarias para tu cuidado, sólo me quedaron las flores. –Dijo quitándose su gabardina.
-No te preocupes hombre, la intención es lo que cuenta. –Y su intención más que ninguna. –Dame la gabardina, sacaré una percha de mi armario y la cuelgo. Siento no tener una específica en la entrada.
-No te preocupes. –Dijo pasando al salón. Lo miré, no podía creerme que fuera a pasar la noche a solas con él. Cuando lo observaba, no pensaba en cuanto desentonaba en comparación al cuarto, o si parecía un modelo. Simplemente no podía pensar en otra cosa. –Siéntate. Yo iba a cenar ahora mismo. ¿Has cenado?
-Sí. Soy vegetariano, y no quería molestarte preparando un plato especial. –Dijo mientras se sentaba en el sofá.
-No hubiera sido problema en absoluto. La próxima vez permíteme que cocine para ti. Te sorprenderá lo bien que lo hago. –Y le di mi mejor sonrisa. El me la devolvió con un ligero levantamiento de labios. Me conformaba.

Cené la comida que no había podido probar este mediodía. Principalmente había ido al supermercado a comida para él. Pero vaya, el siempre tan especial como siempre. Durante la cena, le pregunté cómo habían estado las clases ese día, si había alguna novedad, si se hablaba con Bryce…

-Pues con Leo y Liam me llevo como siempre, ellos están acostumbrados a nuestras peleas. Apoyan a Bryce, porque una vez al darme la razón a mí, la discusión fue aún mayor, y yo les dije que para que las cosas no fueran a mayores, estuviesen del lado de él. –Estaba sentado a la mesa conmigo.
-Vaya, como un acuerdo, ¿no?
-Sí. La amistad es la amistad, porque se queden de su parte para hacer más fácil las cosas, no cambia que seamos más o menos leales. Sólo que el temperamento de Bryce es difícil de llevar.
-¿Y las cosas con él? ¿Cómo van? –Hubo un momento de silencio por su parte.
-Pues, hoy por la mañana estaba de muy buen humor. Incluso me habló. Normalmente siempre espero a que se le pase. –Vaya, como dijo Ashley, no era nada grave. Los conocía realmente bien, tanto como a mí me gustaría. –Y hoy también era así. Sólo que después del descanso, su expresión cambió. –Se quedó pensativo. –No sé qué le había pasado, pero nada bueno seguro. Golpeó a dos chavales. Y eso, que son intocables. Nuestra madre le prohibió tocar a ningún chico de la Uni. Una vez pasó, que Bryce le reventó los intestinos a un joven, la familia retiró sus acciones de la bolsa de nuestra empresa. Madre se enfadó tanto, que un año él tuvo prohibido usar tarjetas de crédito. –Se quedó pensativo otra vez. Mirando a un punto en el infinito, como recordando. –Aquella vez tenía la misma expresión de ahora. Ira total, con la mirada perdida, de robot. Pero sólo ha arrojado dos sillas por la ventana y pateado a dos chavales. Nada comparado con lo que hizo la otra vez. Tal vez es porque tú lo estás cambiado con tus discursos. Jajaja. –Su risa era música para mis oídos.
-¿Cómo que discurso? –Lo miré con cara de ¬¬.
-Sí, creo que es por eso, de las dos o tres veces que lo he visto así en toda mi vida, nunca ha pensado en los actos que hacía. Y normalmente era cuando se iba Rose, nuestra hermana mayor.
-Que va, yo no soy. Lo que yo le digo le entra por un oído y le sale por el otro. –Y los dos nos reímos. Daba gusto estar así con Aaron. Pero al momento volvió el silencio incómodo. Él volvió a quedarse sumido en sus pensamientos. Iba a hablar cuando se adelantó.
-Por cierto, volviendo a la conversación de esta tarde, sobre tu padre, que se mudó a Connecticut por amor con tu madre. –Hizo una pausa, como si se planteara hacer la pregunta siguiente o no. -¿Crees que lo normal es dejar toda nuestra vida por una persona, e irnos con ella a donde se vaya, si se quiere estar con ella siempre? –Sabía que era una pregunta extraña de las de Aaron que tanto me gustaban. ¿A qué venía?
-Pues no sé, imagino que cuando se está enamorado, es lo normal. -¿Lo dejaría yo todo por irme con Aaron a cualquier lugar del mundo? La respuesta era evidente. Por supuesto que sí.
-¿Por qué lo preguntas?
-Nada, cosas mías. –Y volvió a mirar hacia otro lado, esquivando mi mirada como si fuese a esquivar también mi insistencia. Pero no iba a insistir de todas formas, prefería ganarme con mis propios méritos que él algún día decidiera abrirme su corazón.

Terminé de cenar. Lavé los platos, y nos quedamos viendo una película que echaban en la tele. Era una comedia romántica. 27 Vestidos. Iba sobre una chica que había estado siempre enamorada de su jefe, el hombre perfecto, pero apareció su hermana en la vida de éste, y los dos decidieron casarse. A la protagonista, como buena hermana, le tocó preparar la boda. Y conoció a un hombre, escritor de artículos de revistas. Éste chico, no fue sincero con ella, y la desilusionó mucho, aunque lo único que hacía todo el tiempo era ganarse su amor. Era más o menos una situación como la que vivía yo con Bryce y Aaron. Aaron era el jefe, su hombre perfecto al que siempre había amado en secreto, y Bryce el chico escritor que no sabía qué hacer para ganarse su interés, y sólo lograba pifiarla. En la película, se quedaba al final con el escritor. ¿Era algún tipo de mensaje oculto o indirecta del destino?

Bah, era sólo una película al fin y al cabo. Y la estaba viendo a solas con Aaron, como su fuéramos una pareja. Estaba muy contenta. Aunque él estaba más ido que pendiente, me di cuenta cuando yo comentaba algo y él no sabía qué responder. Cuando la peli acabó, él ya estaba dormido. Vaya, quería pasar más tiempo con él. Conversando. Pero bueno, ya que hacía el esfuerzo por estar allí conmigo… Lo tendí con cuidado sobre el sofá, le quité los zapatos y lo tapé con varias mantas, para que no pasase frío. Traía el pijama en su macuto, pero no iba a ser yo la que se lo pusiera dormido o lo despertara para eso. Me quedé mirándolo un rato. No cómo miraba a Bryce, sorprendida de lo bueno que parecía durmiendo. Sino de otro modo. No sabía expresarlo. Era como una droga. Cuánto más recibía de Aaron, más quería. Y dormido era la única manera en la que podía observarlo indiscretamente con mi cara de boba. 

-Ashley –Aaron dijo su nombre en sueños. Mi feliz ensimismamiento se deshizo como una pastilla efervescente en un vaso lleno de agua. Volví a la realidad. Él sólo me veía como una amiga. Imagino que me había cogido cariño con todo lo que nos había pasado. Pero aunque luego la caída hacia el mundo era mayor, me conformaba con ser feliz unos minutos sin pensar que nunca sería mío. Así que decidí volver a mi cuarto, y dormir pensando en su cara. Estar durmiendo en la misma habitación que el chico del que estás enamorada, y saber que es un amor imposible, era demasiado doloroso como para no pensar en otra cosa que me hiciera feliz, aunque fuera él mismo también.


Con suerte, mi subconsciente se portó bien conmigo esa noche. Porque esta vez no soñé con él. Un detalle por su parte no querer que yo también me deshiciera al igual que mis ilusiones, como la pastilla efervescente en la que me había convertido. Ya había estado tentando demasiado tiempo mi caída en el agua.

domingo, 25 de diciembre de 2011

Capítulo 28: Debate de políticos

Capítulo 28: Debate de políticos

Me desperté. Era de noche. Sentía la boca seca, las manos sudosas, tenía un dolor punzante en la cabeza que iba y venía y además, cuando me levanté, noté también que estaba mareada. ¿Algo más por sentir? ¿Pulsaciones acaso? Ah no, también las sentía. ¿Pero qué diantres me pasaba? Además, había una bolsa térmica sobre mi cabeza, me la quité antes de levantarme, ¿tenía fiebre? Mi frente, a pesar del frío del hielo, se notaba caliente. Una duda menos, tenía fiebre también además de todo lo anterior. Pero de momento iba a ir a la cocina a beber agua, por lo menos para solucionar el problema de la boca seca. Pero en el trayecto a la cocina, vi que tumbado un sillón en mi cuarto, había alguien. ¿Quién había movido el sillón del salón a la cocina? ¿Y por qué? ¿Era un ladrón, un asesino, un secuestrador, un mendigo que se había colado? No, era Bryce.
¿Por qué estaba él ahí? ¿Me había perdido algo? Era evidente que sí. Me quedé mirándolo. Parecía tan inocente y tierno cuando dormía. Casi me dieron ganas de abrazarlo y protegerlo. Incluso se me cambió la expresión de la cara. Ahora estaba sonriendo como una boba. Como si tuviera un lindo bebé frente de mí. Y justo en ese momento embarazoso, él abrió los ojos. Si es que tenía el don de la oportunidad… Nos quedamos unos segundos mirándonos fijamente, como analizando la situación. Él no dijo nada ni yo tampoco. Al rato reaccionó.
-¿Qué haces mirándome fijamente mientras duermo? –Lo dijo así, tal cual, sin ningún tono de sorprendido. Ni siquiera cambió la expresión de la cara.
-Es que te ha salido un grano enorme en el centro de la frente, y estaba discutiendo conmigo misma sobre si parecía un bindi, u tercer ojo hindú, o se parecía un cuerno, para así llamarte indio o unicornio. Pero puestos en que lo primero es plano y lo segundo es voluminoso, y como tu grano es más grande que pequeño. He decidido que te pega más unicornio. –Y se lo dije además sonriendo, pero no una sonrisa amistosa, si no de sabelotodo. Y por su expresión, puedo decir con total seguridad de que me había salido bien la jugada. Era mi venganza.
-¡Eso no es cierto! ¡Me cuido todos los días y me trato mucho la piel para estar perfecto siempre! –Dijo levantándose bruscamente y andando de un lado para otro sin saber adónde ir. -¿¡Dónde leches está el baño?! –Jajaja, lo había puesto tan nervioso que hasta tenía efecto retardado en reaccionar.
-Ahí. –Dije saliendo al salón y señalando una puerta cerrada con el dedo. –Aunque no te molestes en ir. Ya te digo yo que me estaba quedando contigo…Jajaja. – ¡Que gusto!
-Podrías habérmelo dicho antes. –Dijo mirándome con cara asesina desde la puerta del cuarto baño. ¿Tanto le había afectado eso que en el tiempo de yo decir eso ya se había analizado la cara por completo? Guau, qué poder de persuasión tenía.
-Sí, podría haberlo dicho antes. Pero no me daba la gana. Quería reírme un rato de ti. –Dije con expresión triunfante. Y no respondió. No sabía qué decir. Simplemente se quedó mirándome, con cara de molesto. Victoria. Y ahí caí en que algo no me cuadraba. –Por cierto, ¿qué haces en mi casa? –No recordaba nada desde que…ostras, olvidé que me había desmayado cuando estaba con Aaron en el estanque.
-Estoy cuidándote mientras Karem está en su casa cogiendo el pijama y demás cosas para pasar la noche contigo. –Dijo mirando hacia otro lado, estaba observando la habitación. Él no pegaba nada metido en mi desastroso apretujado salón. Tan alto, fuerte y guapo. Desentonaba mucho en aquél lugar. Era como si se mezclase un Goya con los dibujos de unos niños de parvulario. -¿Cómo puedes vivir en un sitio así? Con tan poco espacio, está todo muy comprimido… Mi cuarto de baño podría ser este salón. – ¿Por qué tenía que romper el momento de esa manera?
-¡No me cambies de tema! –Ya me molesté, si no hubiera dicho eso, le habría preguntado tranquilamente. -¡¿Y por qué estás tu aquí?! Es más ¿Cómo he llegado yo aquí?
-Te trajeron Ashley y Aaron…-Esto último lo dijo como si le costase trabajo pronunciarlo. –Te desmayaste cuando estabas con él. Le pidió ayuda a Ashley, y a ella se le ocurrió traerte mejor a tu propia casa, antes que llevarte a la de ella o a la nuestra…-Mi móvil empezó a sonar. Mamá.
-¿Diga? –Ojalá mi voz no sonara molesta, no tenía ganas de un interrogatorio. Pero me irritó que me cortaran en medio de su explicación sobre Aaron.
-¿Valeria? ¿Hija? No sabes lo preocupada que me tenías. –Su voz sonaba aliviada, pero hablaba muy rápido, se le notaba aún nerviosa. –Me llamó una mujer preguntándome por dónde vivías, muy maja por cierto, decía que te habías desmayado y querían llevarte a casa. ¿Cómo estás? ¿Cómo fue?
-No te preocupes mamá. Estoy perfectamente. Es sólo que había sido un día muy largo y agotador, pero ya he dormido y he repuesto fuerzas. –En verdad no era así, seguía sintiéndome débil, pero a una madre siempre hay que decirle alguna mentirijilla así, si no sufrían a mares por cualquier minucia.
-Oh Valeria, ¿pero que te tengo dicho? Que no te sobre esfuerces, que sólo eres una persona y tienes sólo dos manos. Si necesitas dejar de trabajar porque sientes que no tienes fuerzas, tu padre y yo podemos apretarnos un poco más el cinturón para ayudarte con las facturas.
-No te preocupes mamá. No es por nada de eso. Tú misma sabes que ahora es el tiempo de los resfriados. Seguro que es uno de esos. No te ahogues en un vaso de agua. –Y así me llevé tranquilizándola durante 5 minutos. En ese tiempo, Bryce se había limitado a estar sentado en el sofá, mirándome. Aún seguía pensando cuánto desentonaba él en aquel cuchitril. –Bueno mamá. Hasta luego, te dejo.
-Y hazme caso. Que todo lo que te he dicho es para cuidarte y por tu bien, para que te pongas buena pronto.
-Que sí mamá. Que sí. Hala, hasta luego, ya hablamos. –Me mandó un beso, le respondí con otro y colgué. Miré a Bryce, que seguía mirándome.
-Iba a decirte que tenías que llamarla cuando justo sonó el teléfono, pero seguro que no me creerás. –Su voz sonaba resignada.
-Siempre que me digas la verdad, te creeré. –Y así lo enlacé con la pregunta que todavía no me había respondido. –Así que dime. ¿Por qué estás tú aquí? ¿Y Aaron y Ashley?
-Estoy aquí porque quería ver tu mala cara de enferma. –Cambió su expresión a una burlesca, pero se notaba que era forzada. No estaba siendo sincero.
-Ya, muy gracioso. –Hice notar mi ironía. -Si no quieres decírmelo, sólo dilo y dejaré de insistir. Me da mucho coraje de la gente que cree que con saltarse por las ramas, ya da por solucionado que la otra persona se ha olvidado del tema… -Dije volviéndome al fregadero. La voz se me había quedado entrecortada porque se me había quedado la garganta aún más seca de lo que ya estaba.
-No tienes por qué ponerte así… sólo estaba de broma… -Se echó hacia adelante para apoyar sus brazos sobre sus rodillas. Estaba sentado en el sofá del salón. Se le veía aún más apesadumbrado. Un modelo en una escena de calendario en la que aparece serio y sombrío. ¿Por qué estaba así? Y volvieron mis enormes ganas de abrazarlo como a un gigantesco osito de peluche. –Ashley me llamó. No sé si porque quería hacerme sentir culpable o porque piensa que en el fondo me intereso por ti. –Y volvió a mirar hacia otro lado. ¿Era costumbre entre los miembros de esta familia no mirar a la cara a la gente cuando se habla con ella? -La cuestión es que ella no podía quedarse más tiempo cuidándote porque tenía cosas que hacer esta tarde. –Y ahí se calló. ¿Estaba poniéndome a prueba para ver si preguntaba por Aaron otra vez? Porque la primera vez que había preguntado, lo camuflé incluyéndolo con Ashley.
-No me has dicho nada de Aaron. –Sólo quería saber por él. Me daba igual si era una prueba o no. Que lo era al final, lo supe por su respuesta.
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-Aaron, Aaron y sólo Aaron. Pareces un loro repitiendo tanto su nombre, ¿sólo sabes decir eso? –Hizo una pausa, sonaba dolido. -¿Es que sientes algo por él? –Estaba bebiendo mi segundo vaso de agua, y hasta que lo terminé, cosa que hice tardando más tiempo de lo normal a conciencia, empecé a buscar una respuesta. Pero no se me ocurrió ninguna, así que contesté espontáneamente, como siempre.
-¿Y qué si lo siento? ¿Voy a sentir algo acaso por ti? –Sabía que volvería a meter la pata, pero es que no tengo remedio. Una vez que me dan cuerda, es difícil pararme. –Tú. Que siempre quieres que todo el mundo haga lo que tú ordenas, y si no es así, les declaras la guerra como me hiciste a mí. ¿Con qué motivo me volviste a poner otra tarjeta roja? ¿Porque no te dije con quién estaba hablando? ¿Porque te chillé e insulté? ¿O porque te di un puñetazo? Siempre eres igual, incluso con tu hermano. No miras a nadie cuando se trata de ejercer tu palabra. ¿Cómo se te ha ocurrido echarlo del G4 y encima desautorizarlo delante de toda la universidad? Eres despreciable –Se lo dije todo mirándolo a la cara. Muy seriamente. Yo sí miraba a los ojos a las personas cuando hablaba de algo serio con ellas. No dijo nada, sólo se quedó mirándome. Su mirada expresaba desconcierto. Pero sus ojos mostraban incredulidad por lo que estaban viendo. De repente reaccionó desconcertado.
-¡TÚ NO SABES NADA! ¡Tú no sabes nada de nada! –Se levantó del sofá de un sobresalto y vino hacia mí. Me acorraló con su cuerpo contra la encimera de la cocina. Le temblaba el pulso, podía verlo en la mano derecha que me cerraba el paso. Sólo se me ocurrió mirar hacia la ventana. La cortina estaba echada. Bien, al menos no nos verían los vecinos de la mujer del edificio de enfrente. Me di cuenta de que tenía mucha sangre fía. Una vez comprobado eso, respondí al ver que no decía nada más.
-¡Pues no! ¡NO SE NADA DE NADA! ¡Pero es que tú tampoco dices nunca la verdad! ¡Porque cada vez que te pregunto, o no respondes, o saltas con otra cosa! ¡Esto no es ningún debate entre políticos, donde se pasan todo el tiempo lanzándose la pelota unos a otros!–Yo también estaba gritando, pero al final decidí bajar el tono de voz, aunque no nos estuviera viendo nadie, no quería dar más espectáculo. Pero me mantuve firme, con la cabeza bien alta y echando coraje, aunque me tuviese acorralada, no iba dejarme amedrentar. -¿O acaso me vas a decir también otra pamplina como que me pusiste la tarjeta roja porque estabas celoso del chico con el que hablaba? –Lo dije sin pensar. La primera chorrada que se me vino a la mente. Porque así era como funcionaba su cabeza, ¿no? Como lo de que había venido para ver mi mala cara de enferma, o que mi salón era como su cuarto de baño… Eso era una tontería como un camión de grande, y la otra una salida de emergencia. Pero al parecer sólo sabía salir así de las preguntas que no quería responder.
-¡PUES SÍ! ¡Era eso señorita inteligente! ¡Estaba celoso porque te vi tonteando por teléfono con el tipo eso! –Y dicho eso, se fue de donde estaba, y me dejó libertad para moverme. ¿Por qué no me miraba a la cara? –Parece que te preocupas por todo el mundo menos por mi… -¿Es que había dicho en serio lo de los celos? No podía ser, seguro que estaba mezclando impotencia por no poder dominarme, con los celos.
-¡¿Pero como esperas que me preocupe por una persona que se dedica a hacerme la vida imposible?! Cuando no me estás ridiculizando, estás poniendo a toda la Uni en mi contra, estás obligándome a hacer cosas que no quiero o me estás insultando. –Eso tenía que comprenderlo, por mucho que confundiera las cosas.
-Eres muy tonta. ¿Por qué no te das cuenta de las cosas? ¿O es que eres del tipo de chicas que hasta que no se lo dices claramente a la cara no saben cómo son las cosas? -¿De qué estaba hablando? De repente, se aproximó tanto a mí como antes. Sus actos eran impulsivos y precipitados. Pero esta vez su expresión no era amenazante, sino angustiada. Y la mía tampoco. -¿Pero no ves que me vuelves loco? ¿Que no sé qué hacer ni cómo comportarme cuando estoy contigo? ¿Que estoy intentando llamar tu atención a gritos y que tú no te das cuenta? –Nuestras caras estaban tan próximas, que podía notar su aliento. Tenía que agacharse mucho para llegar a mi altura. Sus firmes manos apretaban mis hombros delicadamente. Como si no quisiera hacer daño a un preciado tesoro. Mi corazón latía rápidamente. Olía extremadamente bien, me estaba volviendo loca. ¿Por qué todo en él era perfecto? Parecía diseñado únicamente para atraer.
-¿Pero qué dices? –Ni siquiera yo misma sabía lo qué decía. Lo dije por decir algo. No podía pensar con claridad. Mi mente estaba totalmente puesta en controlar mis instintos más ocultos. En eso y en centrarme. Porque estaba aún más ida desde que con la otra mano que no estaba en mi hombro para evitar que me escapara de allí, se acercó a mi cuello y empezó a acariciarlo. Ese era mi punto débil.
-Que creo que eres de ese grupo de chicas. -¿Qué grupo? Bah, que leches grupo ni nada. Empezó a aproximarse aún más, sus labios rozaban ya los míos, y yo quería pensar a qué grupo de chicas se refería. Pobre inocente si pensaba que lo conseguiría averiguar en un momento así. ¿Pero iba a volver a dejarme besar como la otra vez? Tenía que recordar que era mi enemigo y que en cualquier momento volvería a actuar para hacerme daño. Sin embargo, mi mente tampoco estaba como para caer en la cuenta de eso. Era como si las defensas que había creado para protegerme de él mismo, se esfumaran cuando superaba una cierta distancia física entre su cuerpo y el mío. Ese era un punto débil, y tenía que averiguar como solventarlo. Aunque esa misma sensación ya lo había experimentado en el baño de la cancha deportiva el día anterior.

Riiiiiiiiing. Sonó el timbre de mi casa. ¿Quién podía ser ahora? ¿Debía alegrarme por interrumpir algo por lo que podría arrepentirme más tarde? ¿O debía molestarme por haber roto ese momento en el que pensaba que quería que ocurriera algo más? Bryce y yo nos quedamos quietos. Nuestros labios se mantenían donde se habían quedado, rozándose. Mi corazón seguía latiendo fuertemente. Su mano seguía agarrándome por el hombro y la otra jugando con los mechones de pelo que salían de la parte posterior de mi cuello. Parecía que habían puesto la escena en modo pausa. Tal vez porque era demasiado perfecta como para ser cortada de esa forma, y quería continuar así. Tal vez porque ninguno de los dos tenía la cabeza como para pensar en qué debíamos hacer. Tal vez porque se negaba a renunciar a que no se llegara a terminar en un ardiente beso. No lo sabía ni me importaba. Sólo pensaba en que tal vez el timbre debería haber sonado unos minutos después, por lo menos.

Toc, toc. Ahora era la puerta. ¿Había alguna otra manera de llamar? Sí, la había. Era decir mi nombre directamente. < ¿Valeria? ¿Valeria estás ahí? > Era Karem, ya había venido de su casa, lista para pasar la noche conmigo. Bryce fue el primero que reaccionó. Primero suspiró. Segundo se quedó pensativo unos momentos, discutiendo consigo mismo sobre qué era lo que debía hacer. Y tercero, salió de la cocina, dirección hacia la entrada. Abrió la puerta y apareció Karem en el umbral. Su expresión mostraba sorpresa, no se esperaba que Bryce fuera a abrir.

-Ho-hola. Tartamudeó. –Se quedó parada, mirándolo. Sin saber qué hacer. Imagino que era normal actuar así cuando nos encontramos con semejante hombre como él. La rara debía ser yo, como de costumbre. Pero es que los acontecimientos habían derivado en dicha conducta mía hacia él.
-Hola. –Respondió el fríamente. Estaba molesto seguro por la interrupción. En ese momento Karem reaccionó y entró al salón. Bryce se quedó unos segundos más, parado, apoyado con un brazo sobre el marco de la puerta, de espaldas a nosotras. ¿Qué estaba pensando?
-Aaron se fue en cuanto yo llegué. Estaba él solo cuando vine, Ashley ya se había marchado. Iba a aprovechar que alguien había llegado, para que no te quedaras sola, y así el poder ir a la farmacia y comprarte algo para bajarte la fiebre. Pero vio que yo ya venía preparado. Y simplemente se fue. –Habló sin mirarme a la cara. ¿Qué estaba ocultando? ¿Su expresión? ¿Es que le dolía verse eclipsado por su hermano? –Dijo que él ya no tenía nada más que hacer allí. –Y se fue. Desapareció al otro lado de la puerta a medida que la cerraba. Sentí que una parte de mí se iba con él, persiguiéndolo. Era la parte que quería haber sido besada. La otra parte, me dijo que aquellas cosas que no nos dijimos, no eran sólo una salida a una pregunta incómoda. Aquello no había sido un mero debate de políticos. Había sido algo más que eso. Y esas cosas que no se dijeron iban a salir a luz algún día. Por ahora, no reconocí ninguna parte que se arrepintiera de mi decisión de dejarme besar.