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Refranero

martes, 21 de agosto de 2012

Capítulo 58: Modo "pause"


Capítulo 58: Modo “pause”
Oh Dios. Oh Dios. Oh Dios. ¡¡LA HERMANA DE BRYCE!! Era hermosa en fotos y cuadros, pero en persona era deslumbrante, sencillamente cegadora. ¡Y me había hecho un interrogatorio sobre mi relación con Bryce! ¿Y si había metido la pata? ¿Y si mis respuestas no le gustaron? ¿Haría todo lo posible para separarnos a los dos? ¿Y lo imposible? Aún peor… ¡Oh dios, cuanto más pensaba más me daba cuenta de la hipotética realidad que se podía hacer verdad y más motivos encontraba para salir corriendo de allí! ¿Y si quería que perdiera todo contacto con sus dos hermanos? Estaba viendo pasar por delante mi vida en ese segundo. Fue gracioso, porque en las múltiples ocasiones que he estado al borde de la muerte desde que llegué a Nueva York, nunca la había visto. Tal vez no era mi vida lo que más temía perder. Mi tiempo se acabó en cuanto me incorporé ayudada por su mano. Actué con total serenidad aunque por dentro estuviera estallando un volcán.

-Gracias. –Fui lo único que mi fingida serenidad me permitió decir. Algo era algo. ¿Qué diantres le decía? ¿Encantada de conocerte, yo soy Valeria? ¡Ya me conocía! ¿No hace falta que me presente pues ya me conoces, soy la dependiente de la tienda a la que has bombardeado hoy a preguntas? ¡Demasiado defensivo! ¿Hola? ¡No era suficiente! ¿Tú no eres la chica de hoy de la tienda? ¡Ese podía valer! Pero Bryce se me adelantó.
-¿Te has teñido el pelo de rubio? –Dijo él como si el hecho de que yo no me hubiese presentado no importase. Algo que agradecí. Solté la mano de Tori, que en mi ensimismamiento no lo había hecho todavía. Cierto, ahora que recordaba, en las fotos y cuadros siempre la había visto con una abundante melena negra como las pupilas de los ojos.
-Es una peluca. ¿Pero a que me sienta bien? –Y sonrió de oreja a oreja para guiñarle un ojo coquetamente. Yo flipaba en colores, no…, en fosforitos. –Anda, venga, te lo cuento en la mesa, que tengo hambre y seguro que Valeria también. –Me miró amablemente. Yo no sabía cómo mirarla. Le dejé el muerto al “como me saliera, salió”.

Tori era un completo torbellino. Llena de energía y vitalidad. Nos arrastró a Bryce y a mí hacia la mesa, sin darnos tiempo a hablar. Ella hablaba por los codos. ¿A quién se le ocurrió decir alguna vez que ella y yo nos parecíamos? No sé en qué éramos más diferentes, si en el físico o en la personalidad… Estaba eso todavía por descubrir. Él y yo permanecíamos callados observando todos sus pasos. Yo asombrada y Bryce en plan pasota, acostumbrado al hiperactivo modo de ser de su hermana. Hablaba de cómo le había ido el viaje, lo cansada que estaba y cuánto echaba de menos Nueva York. Sólo estaba alargando el tiempo de empezar la explicación que tenía pendiente. Fue pedir al camarero lo que queríamos comer y habló. Yo pedí un revuelto de setas con huevo, ajo y jamón. No me costó mucho decidirlo, nada más verlo, mi estómago se enamoró a primera vista.

-Bueno Valeria, creo que te debo una explicación. –Dijo apoyándose sobre sus dedos entrelazados, apoyada sobre sus codos. Me miraba suplicante. Se le había cambiado totalmente la expresión de la cara. Yo esperaba callada.
-¡Al fin dejaste de cotorrear como un loro para centrarte en algo importante! –Bryce si no lo decía, reventaba.
-¡Cállate de la boca! ¡¿Qué forma es esa de hablarle a tu hermana mayor?! –Y misteriosamente Bryce se calló. La miró asesinamente solo. Tori se sorprendió.
-¡Guau Valeria! ¡Me lo tienes domado! ¡Así! ¡Duro con él! Necesita un poco de disciplina. Es la primera vez que se calla sin rechistar o protestar. Creo que podré confiártelo con seguridad cuando me vaya. –Y sonrió rebosante de alegría y felicidad. Sabía que tanta efusividad no era fingida. Eso se nota. Y la suya era totalmente natural. Qué alegría ser así de feliz…
-Bueno, tampoco te pases. –Bryce ya había cogido su postura de <todo me importa una mierda>, la cuál era apoyarse con la axila en el respaldo de la axila y dejar caer el brazo por detrás.
-Vale, vale, lo pillo. –Dijo cerrando ahora los ojos al asentir de nuevo sonriendo. No paraba. –Lo que iba diciendo. Valeria, lo siento, perdóname. En cuanto vi las fotos de las revistas supe que esto era algo importante. –Dijo mirándome a mí, profundamente. Pero se giró para continuar con Bryce. –Pensé que debía venir cuánto antes para valorar yo misma la situación, así que esperé dos días a que mi marido volviera a salir de viaje de negocios para tomar el primer vuelo a Nueva York. –Bryce la miraba irritado. Para no variar. Ya sabía que estaba casada, pero la veía tan eternamente joven, que me parecía imposible que ya estuviera atada a un hombre. –Valeria. –Dijo volviendo a mí. –No te lo tomes a mal, no lo hice con mala intención, sólo quería saber si podía confiar en ti. Sé que mis preguntas pudieron ofenderte y estarás sorprendida por todo esto pero permíteme que te diga que aquí la sorprendida soy yo con tus respuestas. Espero que no estés enfadada. –Sus palabras eran sinceras. Tenía el rostro muy serio, se la veía preocupada. Aguantaba la respiración esperando mi respuesta.
-¿Por eso te has disfrazado de Barbie? ¿Para que no te reconociera? Me entero por el guarda de que has vuelto a casa esta mañana temprano sin avisar, salgo rápidamente a buscarte, no te encuentro y era porque estabas bombardeando a preguntas a Valeria en su trabajo para ver si es buena chica…Ya no sabes con qué sorprenderme… -Y Bryce dijo esto último moviendo la cabeza de un lado a otro en modo de reprobación. Estaba bromeando. Tori lo miró y pasó de él. ¡Con qué estilo lo hacía! Ella volvió a dirigir su mirada hacia mí.
-¿Qué me dices Valeria? –Desde el <gracias> que dije por ayudarme a levantarme y el nombre del plato que quería para comer, no había abierto más la boca. Creo que ahora tocaba el momento.
-Sí, todo fue muy chocante. Pero no me conocías, no puedo sentirme ofendida al creer que pensabas mal de mí cuando lo único que estabas haciendo era recabar información para poder pensar algo de mí. –Era cierto. No me había engañado ni mentido en ningún momento. Sólo ocultado información, eso no cuenta como mentira. –Es normal desconfiar, yo también lo haría. Aunque nunca se me habría ocurrido hacer eso. Mejor investigar descaradamente que dejarse llevar por prejuicios. –Vale, había dicho lo que pensaba en un modo muy suave. Y no me estaba quedando a gusto. Tenía que decírselo claro. –Pero también existe eso de conocer a las personas con el trato diario… Tú sabes, eso que suele hacer la gente. –Iba a acabar con un <la gente normal>, pero ella me había caído bien a pesar de lo raro de la situación, y no era yo precisamente la mas “normal” para decirlo.
-Ya… ¡Pero no es tan emocionante! –Ahí tenía razón. –Además, contaba con el factor sorpresa, si intentabas aparentar algo que no eres te había pillado sin un plan premeditado. –Dijo guiñándome un ojo amigablemente.
-Ya… Pero si soy una experta manipuladora el factor sorpresa no habría estado en mi contra, y habría clavado el papel. –Y sonreí a cambio. Bryce nos miraba alucinando aunque intentara ocultarlo, lo conocía demasiado bien ya como para no saber su estado real.
-Como mi madre… -Escuché decir a los dos a la misma vez. Lo dijeron para dentro, para sí mismo, en un tono casi inaudible, pero lo escuché. Sentí un escalofrío. No quería conocer a esa persona. Tantos comentarios y noticias negativas sobre ella… Nos quedamos un momento en silencio. Pero sólo por un momento.
-Me gustas Valeria. Y sé que eres sincera, que no finges. –Me lo dijo cálidamente, apoyada todavía sobre sus codos. Eso sí que no me lo esperaba. –Esas cosas se notan.

Mi corazón sintió paz. Tenía la aprobación de su hermana. En es momento la comida llegó, a los tres a la vez. Guau, para no hacer esperar a nadie mientras los demás ya tienen su plato. Aquí sí que saben. A mí casi se me caían dos lagrimones al ver ese suculento y maravilloso plato de setas revueltas. Era lo mejor que había comido e iba a comer en mucho tiempo. Tanto examen final me había dejado sin tiempo para elaborar una comida en condiciones. Se me quedaron mirando como si estuviese loca. Yo los miré como si los locos fueran ellos. Bryce puso los ojos en blanco, Tori se divertía y yo me moría de hambre. Lo probé y los dos lagrimones se me salieron de los ojos. No pude contenerlos por más tiempo. ¡Estaba exquisitamente delicioso! Pero no era por eso, es que estaba ardiendo y me quemé hasta el cielo de la boca. Tenía la lengua en llamas. Me bebí medio vaso de limonada, que era lo que había elegido para beber, y la acidez del limón me causó aún más dolor en la zona irritada por la quemadura. Lo que se llamaba echar ácido en las heridas… Eso sí, al menos dejó de quemarme y me lo pude tragar. Cuando mi boca quedó vacía al fin, me quedé encogida por completo y con las manos tapándome los labios. Las lágrimas me salían a borbotones. Por un momento sentí que podía expulsar fuego, lava y magma por la boca. Estaba muriendo lenta y dolorosamente entre terribles sufrimientos. 

-Quema, ¿no? Jajaja. –Fue el comentario bribón de Bryce. Que se estaba riendo de mí en mi cara. Yo lo miré lanzándole dardos venenosos por los ojos, pero los esquivó todos. Maldición… Tori me miraba angustiada sin saber qué hacer para aliviar mi dolor. –Tori, ahora que no puede hablar, aprovecha y cuéntame que dijo sobre mí cuando le preguntaste. –Lo decía para chincharme, con cara de granuja. Tenía tan mala leche por el dolor de paladar que tenía que cogí un cuchillo y lo clavé en el espacio que había entre los dedos de su mano, que estaba apoyada en la mesa. Se me quedó mirando atónito. Bien.
-No podré hablar, pero no me he quedado manca. –Dije a duras penas tapándome todavía la boca con la mano que me quedaba libre. Se me escuchó con dificultad y tardaron los dos unos segundos en reaccionar, no sé si por mi comportamiento o porque no entendieron lo que dije, pero el mensaje había llegado, que era lo que importaba. Aunque ahora que me paro a pensar, ¿y si he sido demasiado brusca y me he pasado? Tal vez había separado la línea de las bromas. Por un momento se me congelaron las constantes vitales, todo lo que había podido ganar con Tori hoy podía perderlo ahora en un segundo en el que no había pensado por mí misma y me había dejado llevar por un impulso. Los miré expectantes con un soplo de vida. 
-Valeria, por favor, resérvate, el número de los cuchillos es para esta noche cuando me tengas atado a la cama. –Bryce sabía que me sacaba de quicio que mis acciones no tuvieran las reacciones que esperaba. Por eso me saltó con esa broma. Además que lo hizo con una actuación maestra. Mirando de lado a lado, nervioso por que alguien de la sala se hubiese enterado. Lo había conseguido, me había puesto aún más de mala leche. 
-Jajaja. Jajaja. Jajaja. Jajaja. Jajaja. –Tori estalló en carcajadas. No eran escandalosas, vulgares o de mal gusto. Era una canción celestial escucharla reír así. Totalmente adorable. Con lo poco que la conocía, y ya me tenía enamorada, como Ashley. Recuperé el aliento, no me miraba mal por ello. De repente el dolor de boca se alivió y mi mala leche se esfumó. Risa que quita todos los problemas. Contagiosa y divertida. Pronto los tres estábamos riendo. Todos nos miraban raro, pero yo a eso ya estaba acostumbrada. –Sois fantásticos, chicos, de verdad. –Tras un rato, pudo calmarse. –Tranquila Valeria, nuestra conversación es secreto de sumario, no diré nada. –Volvió a sonreírme en esa manera cercana y cálida que tanto me gustaba. –Y ahora ten más cuidado al comer.
-Dios las cría y ellas se juntan… -Bryce se dio por vencido. Yo me sequé las lágrimas del dolor y la risa y soplé la siguiente cucharada antes de metérmela en la boca. -¿Quién más sabe que estás aquí?
-Sólo Aaron, madre y mi marido. Que por cierto, ¿por qué no ha querido venir Aaron? ¿No le dijiste que íbamos a comer todos juntos? –Vale, momento incómodo dónde los haya. Por muy hermano que fuera, Bryce no invitaría a de quien yo estaba enamorada.
-Él ha salido hoy con Ashley. Ella quería que lo acompañara a no sé dónde. – ¿Eso quería decir que lo habría invitado si hubiera podido o así evadía la respuesta de si lo había avisado…?
-Am. Así no lo encontré yo hoy al llegar a casa. Quedaré después para verlo. Tengo muchas ganas de estar con él. –Y Bryce, como preveía, evitó el tema con otra pregunta.
-¿Cuánto tiempo vas a quedarte? –No me gustaba el tono serio que había adquirido la conversación. Al menos yo me deleitaba profundamente con mis setas.
-¿Acabo de venir y ya quieres echarme? –Tori imitó una indignación ficticia. Dejó en el aire el tenedor con comida que iba a llevarse a la boca, lo miró consternada y se puso una mano en el pecho y todo.
-Sabes que no. Deberías venir más veces. Te eché de menos en Acción de Gracias. –Oh, esa espinita se me clavó a mí, más hondo de lo que ya estaba cuando me la clavé en su día.
-Lo siento. Teníamos la cena con la familia de Richard. -¿Richard? Si antes dijo marido, se referirá a él. Imagino. -¿Cómo fue? –Por favor, si continuábamos así la espinita que acabaría matando.
-Yo dormido con fiebre y Aaron con la familia de Ashley. –Au. Eso seguía doliendo aunque ya lo supiese. Bryce hablaba ahora frío como el hielo. Estaba presenciando el momento de vacío de dos miembros de la misma familia.
-Me quedaré aquí por un tiempo. Le diré a Richard que si quiere venir a pasar unos días aquí. Lo he decidido. –Vaya, eso la hacía muy grande. Bryce seguía con la mirada baja. No mostró alegría ni asombro. –No he venido solo como una hermana celosa a vigilar a su cuñada. –Dijo mordiéndose la lengua juguetonamente. Tan adorable. Sus ojos eran del mismo color que los de Bryce y Aaron. Idénticos. Y pensar que antes usó lentillas grises… Menudo sacrilegio.

En ese momento el camarero nos trajo la carta de postres. Todos habíamos terminado de comer. Yo estaba llena, pero al abrirla y ver las fotos, el estómago se me reorganizó para dejarle hueco a un suculento tiramisú. Ojalá el resto de partes de mi cuero fueran también tan inteligentes…

-Yo me voy ya. Tengo cosas que hacer. Le perdonaré la vida al guarda por chivarse de que estaba aquí. Si no, no habrías sabido de mi llegada y no me habrías invitado a comer con Valeria. –Dijo levantándose y colocándose bien la falda. Me miró tiernamente otra vez. Yo le gustaba. Se le notaba. Y eso me hacía muy feliz. Ella era un encanto. –Vuelvo a pedirte perdón nuevamente. No te crees una mala imagen de mí y piensas que todo lo que hago es una táctica para investigar y sacar información. De verdad, no soy así. –Si era como yo, la duda de si pensaba eso cuando estuviera con ella la perseguiría siempre. Pero no lo pensaba. Aunque si iba a andarme con pies de plomos a partir de ahora. Que no lo haga con la intención de investigar no significa que no recoja información al analizar lo que hago y digo. Debería estar muy nerviosa por ello, es lo normal cuando sabes que alguien te está analizando, pero con ella sólo me salía ser natural.
-No te preocupes. Y estás perdonada. –Tras mi aprobación, se despidió de Bryce y la vi marcharse por le caminito de piedras con unos tacones de infarto. Eso era estilo y lo demás tontería. Incluso andaba diferente a la tienda. Era una gran actriz. Lo patético es que yo me había caído estando totalmente plana.
-Bueno, ¿qué quieres hacer? –Bryce me miró. Tenía una expresión rara, ida, meditabunda. La última conversación lo había dejado sumido en sus pensamientos. Sentí que teníamos que salir de allí cuanto antes. Hoy no tomaría postre. Le mandé a mi estómago la orden de reorganizarse para volver a no dejar ni un hueco libre. Pero no me hizo caso. Eso es lo que se viene a llamar <ser listo cuando le interesa>.
-Demos una vuelta por la ciudad. –Sólo necesitaba despejarse. Asintió con la cabeza y salimos en silencio a la calle después de pagar.

El sonido de la ciudad embriaga todo el ambiente. El sonido de la bocina de los coches, algún que otro frenazo y acelerón, gente paseando por la acera. Parejas, grupos de amigos o gente solitaria que no tenía a nadie que lo esperara ni en casa ni fuera de ella. Muchas veces he ido por la calle imaginando adónde va la gente con la que me cruzo. En qué piensan, cómo es su vida y por qué van al sitio al que van. Antes yo formaba parte de ese grupo de gente a las que nadie espera. Ahora yo tenía a Bryce. Lo miré, salir afuera lo había distraído y ya no parecía estar tan decepcionado con la vida.

-¿Alguna vez has ido caminando solo por la calle y te has puesto a pensar en qué estarán pensando las personas con las que te cruzas? ¿Qué les preocupa o adónde van? –Le pregunté a Bryce por pura curiosidad, no por sacar un tema de conversación. Cuando me giré a hablarle descubrí que me estaba mirando muy serio y fijo. Ahora sí que me preguntaba yo en qué estaría pensando…
-No. –Respondió cortante sin quitarme la mirada de encima. ¿Qué mosca le había picado? Me estaba poniendo nerviosa… -Nunca he ido andando solo por la calle. Cuando lo he necesitado he cogido la moto o el coche. –Vaya, eso ya lo sabía. Me lo había dicho Aaron. Pero aun así me gusto escucharlo de los labios de Bryce. 
-¿Y adónde vas cuando desapareces? -Tenía muchas ganas de saberlo. ¿Se quedaba dando vueltas por toda la ciudad obligándose a sí mismo a no pensar por estar pendiente del tráfico o iba a algún sitio especial? Toda su vida me atraía enormemente. Lo miraba embelesada, estudiando cada gesto. 
-Si alguna vez desaparezco, -empezó a hablar sonriendo por primera vez en lo que me pareció mucho tiempo desde la última vez de hoy -búscame por algún McDonalds o alrededores, estaré en alguno comiendo McFlurrys con doble de chocolate y doble de galletas hasta que no me quepa ni una cucharada más. -Guau. Eso sí que no me lo esperaba. -Me gustan tanto porque me los tiene prohibido. Al igual que tú. -Recordé las palabras de Aaron cuando me explicó por qué no podían hacer las cosas que la gente corriente hace. Sonreí cálidamente. A veces era como un niño pequeño por el que sientes una necesidad irrefrenable de proteger. Hubiera dicho algo a su comentario sobre que me auto-prohibo hacia él, pero es que me dejó totalmente en blanco, no me lo esperaba. -¿Por qué lo preguntas? ¿Tú te quedas pensando en la vida de la gente que pasea por la calle cuando quieres estar sola? –Vaya, ahora se lo veía interesado. Parecía haber dejado de lado lo que lo oprimía. Pero sólo lo parecía, su cara de preocupación volvió al momento. Había vuelto a recordar lo que había olvidado por unos instantes.
-No, es lo que hago cuando camino sin preocupaciones. Sin nada en lo que ocupar mi mente. Es como una tregua que me da la parte autodestructiva de mi cerebro. -Estaba ocultándose el sol, no parecía que hubiésemos echado tanto tiempo en el restaurante, se me había pasado muy corto con Tori.
-Eres afortunada. Yo siempre tengo algo en lo que pensar. O mejor dicho. Siempre tengo algo que me obliga a no tener la mente liberada. –Dijo mirando las luces naranjas que coloreaban el cielo. Con la mirada perdida en algún punto del cielo. Me hizo gracia. -¿De qué te ríes ahora? Yo aquí hablando profundamente y abriéndote mi corazón y tu le encuentras el chiste. –Se frustraba conmigo al no recibir lo que él esperaba. Y yo nunca acertaba con lo que él quería. Eso también me frustraba a mí.
-Me parecía divertido verte a ti filosofando de esa manera, con la mirada perdida en la puesta de sol. –Sí, seguíamos en mitad de la acera enfrente del restaurante, obstaculizando la marcha de la multitud acelerada, pero al final de la infinita calle, se podía ver el río Hudson, y con ello la puesta de sol. –Te quedó muy bohemio.
-No estaba filosofando. –Dijo soltando todo el aire de golpe a modo de risa cansada. Empezó a andar dirección al río. Yo lo seguí.
-Dios, Bryce, ¿por qué estás así? No creas que no me he dado cuenta de que te has comportado extraño desde que Aaron salió en la conversación. –No lo dije en plan reproche ni mucho menos, estaba realmente preocupada. Pero él siguió andando como si lo que acababa de escuchar hubiera sido el viento. Eso me molestó. Yo intentando arreglar cosas y él pasando… -Bryce, por favor. Aclaremos las cosas, no quiero verte preocupado por nada… -Y seguía andando. Mirando al suelo. Serio como nunca. -¿Crees que para mí es fácil sacar el tema? Las cosas se solucionan hablando… -Me paré y él no se paró. Sólo aminoró el paso. Lo veía alejarse lentamente entre la gente. -¡Bryce! –Me salió decir por última vez. Menuda impotencia. Él se paró al fin. Se quedó quieto, callado, meditabundo… Sin respuesta emprendió la marcha y siguió andando.

Me rendí. Me di media vuelta y emprendí mi camino a casa. Mi intención no era en absoluto que él me siguiera corriendo en contra del sentido de marcha de la gente, detrás gritando mi nombre desesperado en plan película. Sabría que no me perseguiría y así fue. Sí, había cambiado, había podido comprobarlo, pero en el fondo la gente siempre vuelve a lo que una vez fue. Tantos años siendo de una manera no iban a desaparecer por completo, como si nunca hubiesen existido. Y él que decía que no quería dejarme sola por lo que pasó en el parquin… En fin… Compré mi billete y me senté en un banco del andén más alejado de por donde había entrado, esperando a que llegara el próximo metro en 3 minutos, según la pantalla. Minutos que pasé pensando en porqué Bryce me había dejado irme… No estaba enfadada ni tenía rencor, estaba dolida y tenía miedo. Mi futuro con Bryce volvía a escapárseme de entre los dedos de las manos como un anhelo inalcanzable. Por caprichos del destino, cuando me levanté para recibir mi tren, la puerta del vagón se abrió justo delante de mí dejando salir a mi vecina Raquel con sus dos adorables hijos a los que yo tanto quiero y aprecio, Rafael, el mayor, y Mario el menor.

-¡Ay qué alegría verte! ¡Ya pensaba que tendría que llevarme los niños al hospital! Mi hermana va a operarse y voy a pasar unas noches allí. Pensé que no tenía más remedio que llevármelos porque no puedo dejarlos en casa. Menos mal que te he encontrado. ¿Te importaría quedarte con ellos por las noches? Te pagaré por ello claro. –Raquel hablaba como si fuera una ametralladora. Llena de alegría por haberse encontrado conmigo. Nadie se había puesto nunca antes tan contento por ello, tristemente…
-No. –Dije tras dejar de estar perpleja por el apabullante saludo.
-Ay, si no te he preguntado si podías o no. Que a lo mejor tienes cosas que hacer y estás ocupada con los estudios o algo. Yo lo que no quiero es ponerte en un compromiso porque claro… -Le paré los pies. ¿De qué intentaba convencerme si ya había aceptado? Yo creo que lo que le pasaba es que tenía ganas de hablar español. Miré a los niños, miraban a cualquier parte menos a mí… Tan pequeños y ya mostrándome indiferencia...
-Sí puedo. No me importa quedarme con ellos. No se preocupe. –Dije paciente. La cara de alegría de mi vecina aumentó.
-¡Ay que contenta estoy! ¡Muchas gracias cariño! Mira, te confío las llaves del piso, que llevaba una copia por si acaso. –Vaya, como si lo tuviese planeado. Empezó a buscarlas en su bolso hippie y las sacó al momento… igualito que yo, pensé, cuando Bryce estaba delirando con fiebre y lo llevé a casa. –Toma. Puedes coger cualquier cosa del frigorífico. Los niños tienen que cenar, prepárales cualquier cosa, no te compliques mucho la vida. Ya están duchados. No los acuestes muy tarde y por la mañana llegaré yo cuando todavía estén dormidos. ¿Alguna duda? –Ya me estaba estresando esta mujer a mí… que yo venía muy tranquila para casa… deprimida pero tranquila…
-¿Adónde puedo llamarla si lo necesito? –Eso era una buena pregunta. Los niños seguían a su bola, cogidos cada uno de la mano de su madre.
-Mi móvil está apuntado encima de la mesita del elefante donde está el teléfono. No tengas reparos en llamarme sea la hora que sea si lo necesitas. –Mi imaginé a mí misma haciéndolo a las tres de la mañana. Jijiji. Por un segundo me entró la vena gamberra.
-Pues ya no tengo más preguntas.
-Muchas gracias mi niña. –Y me plantó dos besos, uno en cada mejilla mientras me pasaba la mano de los niños a mis manos. Esta me lo había hecho así de repente para que no me diera tiempo a reaccionar y evitarlo. –Rafael, Mario, portaos bien, no quiero ninguna queja de esta chica. Haceos caso de todo los que os diga Valeria. ¿Vale? Mamá va a estar esta noche con la tita y mañana por la mañana vuelve a casa. –Se agachó para hablar con los dos. Los besó y abrazó cariñosamente a cada uno, que la miraban imperturbables. ¿Habrían captado la parte de HACEOS CASO DE LO QUE OS DIGA VALERIA? Creo que no… Lo vi en sus diabólicas sonrisas.

Y así fue como me vi despidiéndome de la madre que desaparecía en una escalera mecánica ascendente, mientras estaba agarrada de la mano de nos críos con los que me iba a quedar cuidando esta noche sin comerlo ni beberlo. Había hasta perdido ese tren y todo, ahora tendría que esperar al siguiente, que vendría en cinco minutos. ¿Cómo me había metido en esta? Si es que no sé cómo lo hago… Sentía la manita pequeña y regordeta de cada uno escondida en las mías. ¿Qué hacía ahora? ¿Cómo empezaba? Menos mal que me empeñé en llevarme la mochila de la Uni al restaurante… si no ahora estaría en la calle sin llaves y con dos niños pequeños a los que cuidar. Miré hacia abajo buscando sus caras, me miraban aburridos. Yo les echaba diez y ocho años respectivamente… ¡Vaya! ¡Si había encontrado un tema de conversación y todo! Me senté de nuevo en el mismo banco de antes a esperar con ellos.

-Bueno, y ¿cuántos años tenéis? –Les pregunté animada. Los miraba esperando una respuesta que nunca llegó. Ellos me miraban aburridos, como pensando <¿qué le pasa a esta tía?> Me hervía la sangre. -¿Tú diez y tú ocho? –Tiré por lo alto, que la otra vez se enfadó porque lo había llamado Rafa y eso era de niño pequeño.
-Yo tengo nueve y él siete. –Respondió Rafael con los ojos caídos de puro aburrimiento. Eso ya me estaba fastidiando. Señaló con el dedo a Mario sin mirarlo siquiera.
-¡Anda! ¡Qué bien! ¡Ya estáis hechos todos unos hombrecitos! –Le estaba poniendo en peño, de verdad, pero no me sale ser así con los niños pequeños. No tengo ningún afán por divertirlos, entretenerlos o hacerlos reír. Si no me sale no me sale. Y punto. Pero la situación era tan incómoda que me veía obligada a hacerlo.
-Sí, sí, tú dices eso, pero nos tratas como a niños pequeños. –Dijo Mario. Sería el pequeño, pero de tonto no tenía un pelo. No supe qué decir. Tenía razón… Un niño de siete años dejándome callada de un Zas… Qué bajo he caído.
-¡Anda mira! ¡Ya está aquí el metro! ¡Vamos! –Dije cambiando totalmente de tema, levantándome y guiándolos de las manos al borde del andén. Salvada por el metro. Hay cosas para las que uno es totalmente un negado, yo nací para serlo con el trato con los niños. Conseguí encontrar dos sillas juntas y los senté a los dos. Yo me quedé frente a ellos agarrada a la barra de metal que pendía horizontal sobre sus cabezas. Me miraban como si ellos fueran los mayores y yo la niña pequeña. Me hervía la sangre, principalmente porque tenían motivos. –Seis paradas y llegamos. –Seis paradas para no estar sola frente a los peligros de la noche de Nueva York con dos niños pequeños a mi cargo y mi mala suerte a la espalda. Que pronto se hizo ver.

Un tipo borracho de unos veinti-muchos años entró en el mismo vagón que yo a una parada de la mía, armando jaleo por quejarse de la vida a grito pelado. Hablaba carraspeando, con trabajo, con la voz ronca y trabucándosele las palabras. No tenía por qué asustarme. Todos los días me encontraba con gente con muy malas pintas en el metro y nunca me pasaba nada. Aunque claro soy de las que, si algo tiene que pasar, pasa en el peor momento posible, cuando más daño pueda hacer y más pueda doler. Y así fue, no me equivoqué. El tipo se vino hacia mí tras un traspié que pegó causa de su pedo y no haber estado agarrado cuando aquello empezó a moverse. A pesar de haber estado agarrada fuertemente a la barra de metal del techo, cayó con tanta fuerza sobre mí que me solté de manos y los dos caímos al suelo. Él sobre mí. Grité de dolor y sorpresa. Me había clavado hasta la última cosa punzante en mi mochila.

Me cayó encima como una roca gigante. Su olor a alcohol, tabaco y otras drogas además de sudor y suciedad me estaba asfixiando aparte de que me estaba estrujando los pulmones, que habían liberado por completo todo el aire en su interior. Abrí la boca por completo para respirar todo lo posible. Me estaba ahogando. Intenté apartarlo de encima de mí como pude, o por lo menos echarlo a n lado, pero era un peso muerto y yo no tenía fuerza suficiente. ¿No había nadie que fuera a ayudarme en ese vagón? Tsss… ¿Qué esperaba? Desde que llegué me había acostumbrado a no recibir ayuda de nadie de la calle, no sé por qué pensé que ahora sería diferente. Tal vez porque en los momentos de verdadera necesidad siempre se piensa eso como solución desesperada. Busqué desesperada la mirada de los niños, estaban asustados y me miraban con miedo. Casi podía ver mi propia cara en la de ellos.

-Vaya… Perdón chica. No era mi intención abalanzarme así. -El tipo empezó a hablar echándome en la cara su apestoso aliento que mataría al árbol más fuerte y robusto. ¿Podía quedarme ya tranquila al ver que la cosa no iba a pasar de accidente? Me había inventado toda una película mental sobre miles de alternativas terribles sobre qué ocurriría después de la caída. No lo pude evitar… la verdad… -Pero ahora que me fijo, eres bastante bonita. ¿Viajas sola guapa? –Sus ojos llenos de morbo y lujuria me miraban desnudándome. Sentí verdadero asco y repugnancia.

Con su sonrisa de salido se acercaba a mi cuello. Cerré los ojos de puro shock. Me quedé bloqueada, sin saber qué hacer ni cómo reaccionar. Me raspó la mejilla con su sucia barba, su aliento fétido me llegaba al oído, sus labios asquerosos tocaron mi piel y me lamió con su lengua el cuello. Un escalofrío horrible de pavor me recorrió todo el cuerpo. Una gota de sudor frío me recorrió la frente buscando un camino hacia abajo. Como un perro baboso, ansioso y jadeante empezó a chuparme la piel de mi cuello. Ahí reaccioné y grite. <¡¡DÉJAME!!> fue lo único que me salió. Estaba llorando. Estaba intentando violarme ahí mismo, delante de dos chicos inocente y nadie iba a quitarme a ese tipo de encima. Miré a mi alrededor llorando, con los ojos encharcados en lágrimas, tanto que ni podía ver. Pidiendo ayuda con la mirada, pero nadie respondió a mi llamado. Ya no podía ver. Las lágrimas me lo impedían. Sólo oía gritos de gente pidiendo ayuda para que alguien me ayudase. El tipo empezó a meterme mano por debajo de la falda y por encima del pecho. Ahí ya no pude más. Sin saber cómo, una fuerza sobrehumana vino a mí de la nada justo en el momento en que sus manos tocaron mi cuerpo. Y pude apartarlo de mí empujándolo.

-¡¡DESGRACIADO!! –Grité mientras hacía el momento de mayor fuerza. El tipo cayó sentado hacia atrás perturbado. Con la mirada perdida. Sin entender qué había pasado. Me levanté en un segundo y con los ojos todavía irritados por la sal de mis lágrimas, recuperé la visión también misteriosamente, así como la puntería y el equilibrio. -¡¡OJALÁ Y TE PUDRAS!! -Le asesté una patada con el talón de la bota en toda la boca. Chocó con la nuca en la barra de metal vertical que había en medio del pasillo para que la gente se apoyase. La boca empezó a sangrarle y se desorientó más que antes. ¿Es que seguía consciente? O pateo como una nenaza o si a este no lo tumba el alcohol con la barbaridad que debía tener en sangre, no lo tumbaba ni dios. Me entró la vena asesina y descargué todo mi odio, impotencia, rabia e ira acumulados en siete segundos sobre él, que eran suficientes para acabar con todo un país. –¡Aprende a respetar a las chicas! –Y le di un puñetazo en la barbilla que le levantó la cabeza al máximo. Para mí, el resto del mundo dejó de existir en ese momento. Yo no estaba en un vagón de metro cuidando de dos niños pequeños camino de casa rodeada de completos desconocidos que sólo gritaban intentando ayudar. Yo estaba a solas con el tipo que había abusado de mí.
-Así me gustan, las chicas difíciles y guerreras. No las nenazas cursis. Me pones como un tren guapa. –Eso me dolió más que otra cosa que pudiera haberme dicho.

La sangre me hervía debajo de la piel. Tenía el corazón a mil, la respiración a dos mil y la presión a tres mil. Incluso sentía el pulso en el cerebro. Como si me golpease contra las cabezas del cráneo. Cogí carrerilla para asestarle un rodillazo en la barriga cuando vi que se empezó a levantar lentamente con su cara de sádico, riéndose como si disfrutase con aquello… Perdón, DISFRUTABA con aquello. En ese momento cogí carrerilla para asestarle un rodillazo en la barriga, que todavía estaba a una altura accesible. Asombrosamente, el tipo lo esquivó con total maestría, no era un tropiezo por el vaivén del metro o la falta de coordinación por la borrachera. Me cogió de la pierna, me la dobló y caí al suelo de boca. Eso sí que no me lo esperaba. Ni siquiera me dolió. En situaciones de total emergencia el cuerpo está preparado para no sentir dolor. Aunque siempre había tenido serias dudas sobre que mi cuerpo fuese inteligente, ahí sí que no me había abandonado.

-Si buscas guerra, gatita, te la daré encantado. –Y se me echó encima con la cara de obseso que tenía. Babeando y con los ojos salido de las cuencas. Ahora yo ya pensaba con la cabeza fría.

¿Pero qué esperaba este? ¿Pretendía violarme en el metro? ¿Pero es que no sabía que tarde o temprano un guardia o algún ciudadano ejemplar vendría a ayudarme con actos y no con palabras y me libraría de él? ¿O su intención es que esperaba que fuera más tarde que temprano y así le diera tiempo? Definitivamente no. Era evidente que alguien me salvaría si empezase a desnudarme. Quería creer. Yo en sí luchaba por quitármelo cuanto antes de encima, no por miedo a una violación, que tampoco había descartado al 100%, la verdad, viendo el panorama de que todavía estaba sola ante el peligro. Pero antes de que el tipo pudiera volver a manosearme o chuparme de nuevo, desapareció de mi espalda. Escuché un ruido metálico y me giré. Sólo una única persona podría haber estado allí para salvarme, y esa sólo podía ser Bryce.

Lo había levantado a pulso y lanzado de cara contra la barra de metal. Justo en la nariz. Que junto con la boca, también le sangraba. El tipo todavía no perdió el conocimiento. Era duro de pelar. Vi muerte en la mirada de Bryce. Totalmente inexpresivo miró al tipejo, que se revolcaba de dolor por el suelo con las manos en la cara. Ese golpe sí le había dolido. La última vez que había visto a Bryce así, fue cuando me tiró al suelo y me robó un beso aquel día en la Uni por la tarde. Iba a matarlo si no se lo impedía.

-¡Bryce! ¡No lo mates! –Dije levantándome corriendo aferrándome a su brazo.

Él se había dado la vuelta y caminaba implausible, como Terminator hacia su víctima mortal. Se paró, me miró y no me vio. Levantó el brazo y me sostuvo en alto, colgando de él, cargando con todo el peso de mi cuerpo como si fuera una pluma. Ahora estaba mucho peor que aquella vez. Sólo tenía una posibilidad y así lo hice. Me solté cuando volvió a enfocar su blanco en el tipo. Corrí hacia él y me puse frente á él, con los brazos abiertos. Llorando de pavor. Temiendo por Bryce y por las consecuencias de sus actos.

-Valeria, apártate, no quiero hacerte daño. Voy a matar a este tipo que te ha hecho eso. –Dijo atravesándome con la mirada llena de odio. No le temblaba ni un músculo, y eso que se estaba conteniendo.
-¡No! Estás descontrolado y no eres consciente de lo que puedes hacerlo. ¡Puedes ir a la cárcel! –Grité desesperada viendo que seguía acercándose a mí. Me cogió por el cuello de la camisa del uniforme y me apartó como si fuese una basura.
-Te lo advertí. –Dijo sin ni siquiera mirarme a los ojos. En ese momento cogió al tipo por el cuello, lo levantó un metro del suelo.
-¡NOO! –Grité con todas mis fuerzas, pero le plantó el puño en la cara con una fuerza nuclear.

La cara de terror de aquel cretino no tenía comparación con la mía. Cayó dos metros más atrás. Varias personas salieron corriendo gritando de allí pidiendo auxilio. Y yo también habría hecho lo mismo si hubiera tenido un 0.01% de certeza de que eso valiese para detenerlo. El borracho perdió por fin el conocimiento. Pero eso a Bryce no le bastó. Pues seguía andando el pasillo, acortando la distancia entre los dos, tranquilo, sin prisa. No había motivo, pues el otro no iba a moverse de allí y nadie era físicamente capaz de pararlo. Él no decía nada, nada tenía que gritar. Todo lo que tenía que liberar para desahogarse lo hacía por medio de la fuerza. Esta vez preparó la pierna para asestarle una patada. Me levanté como pude y me abalancé sobre él para subirme a su espalda. Pataleé, grité, lo golpeé y nada. Le tapé los ojos con las manos y de una sacudida volví a caer al suelo. La bofetada con todas mis fuerzas que le había dado en la cara no sirvió de nada. Como todo lo demás.

De la patada que recibió el pobre desgraciado en su estómago contra el suelo, vomitó sangre incluso estando inconsciente. Ahí supe que ya no podía perder más tiempo. En ese justo momento se me paró el corazón, pero había bombeado suficiente sangre para permitirme escurrirme como pude por el suelo y sin saber cómo, llegar a tiempo para interponerme entre los dos. Recibí toda la fuerza del puño de Bryce sobre mi cara. En ese justo momento en que sus nudillos entraron en contacto con mi labio, él volvió en sí de su trance endemoniado. Vi su cara de horror y sus ojos. Los suyos. Los que tanto quería y buscaba. Ahora era Bryce y no un cuerpo vacío y sin alma. Milagrosamente no me desmayé ni perdí el conocimiento, sino que mi corazón volvió a latir. No con normalidad, pero sí a latir. Una milésima de segundo antes de golpearme, una parte de su cerebro se había dado cuenta a tiempo de que era yo para no matarme. Suficiente para reducir la fuerza lo justo. No sé cuánto tiempo pasamos así, él mirándome a mí y yo mirándolo a él. Clavándonos las pupilas mutuamente. A mí me pareció un segundo, pero sé que fueron muchos más. El tren se paró después, habíamos llegado a mi estación.

Yo lo miré aliviada, limpiándome la sangre que había empezado a salirme a borbotones del labio superior, que pronto se me hinchó y comenzó a quemarme por dentro. Él me miraba horrorizado. Con los ojos muy abiertos, incrédulo. Odiándose a sí mismo y despreciándose infinitamente. Se lo veía en los ojos. Me levanté como pude del suelo, completamente dolorida. El golpe lo había recibido en la cara, pero me sentó como un mazazo en cada hueso del cuerpo. Fui a por los niños, le di mi mano a Rafael, que también se la tenía dada Mario. Con mi otra mano cogí el brazo de Bryce, que todavía estaba parado, de pie, sin reaccionar, en shock. Y sin mayor esfuerzo lo saqué afuera del vagón, guiándolo mientras se miraba las manos, que le temblaban todo lo que no le habían temblado antes. Salí de aquel lugar sin mirar a nada ni a nadie. Una vez afuera, pude respirar, acongojada y entrecortadamente, pero al menos respiraba. Bryce reaccionó entonces.
-Lo siento. –Dijo sin mirarme a la cara. Seguía pendiente de sus temblorosas manos. Es lo que pasa cuando un chute inhumano de adrenalina abandona tu cuerpo instantáneamente. –Salí en tu busca cuando te fuiste. Te vi entrar por el último vagón del tren, y para no perderlo tuve que entrar por el primero. –Lo busqué con la mirada pero me la apartó. Era incapaz en ese momento de mirarme. –Fui por todos los vagones hacia el tuyo. En cada uno pensaba <en el siguiente estará>, pero no era así. Te buscaba en la cara de la gente y no te encontraba. –Le temblaban los ojos. Le temblaba todo el cuerpo. Y su cara mostraba un profundo dolor. –Escuché gritos. Tu voz pidiendo ayuda. –Ahí se paró. Le dolía recordar. Lo veía en sus expresiones, su forma de hablar y de mirar. Necesitaba tiempo para concentrarse. Yo lo miraba como si nadie nos estuviese observando allí. –Te vi a través del cristal que separaba a los dos vagones. Nadie hacía nada por ayudarte. Solo correr gritando por la cabina. Y tú estabas ahí… sola…llorando… con ese tipo… -Hizo una mueca de dolor. Revivir ese momento aunque sólo fuese como un recuerdo, lo estaba matando por dentro. Nunca lo había visto así. Me dolía más a mí verlo así que cuando viví aquello. –Casi no destrozo el tren al ver que se había atascado la puerta que nos separaba y que no se abría… -Seguía mirándose las manos, temblaba más que antes. Yo no sabía qué decir, pero algo me salió en ese momento. No soportaba verlo un segundo más así.
-Bryce, ya ha pasado todo. No pasa nada. Ya todo está bien. No te comas más la cabeza. Salgamos de aquí. Necesitamos que nos dé el aire. –Y sin decir nada, sin pronunciar una palabra, lo cogí del brazo y salimos a la calle. Caminamos hacia mi casa en completo silencio entre él y yo.

Rafael y Mario me miraban asustados. Aquello había sido demasiado traumático para ellos. Les pregunté si estaban bien, los dos respondieron con la cabeza. Les dije que no había nada que temer, que ya estábamos a salvo y que pronto llegaríamos a casa. Y así fue, en diez minutos eternos ya estábamos plantados en el portón de la calle de mi bloque de pisos. Me paré a sacar las llaves y abrir la puerta. Entramos. Pero sólo los niños y yo. Bryce se quedó afuera, en la calle, mirándome en un modo que no supe averiguar.

-¿Por qué no entras? Quédate conmigo esta noche, por favor. –Dije suplicante. Me temía que eso no iba a ser así. Él me miraba callado. Pensando algo que tampoco supe adivinar. Su mirada era todo un enigma que me estaba matando. 
-¿Por qué dices que no pasa nada? ¿Que todo está bien? ¡Sí que ha pasado! ¡Y no, nada está bien! –Él seguía anclado en mis palabras en la estación. No se había recuperado emocionalmente de lo ocurrido. ¿Qué era lo que pensaba? ¿Qué lo comía por dentro? Sentía que lo que lo había estado preocupando esta tarde era el causante de todo. Que lo del metro había solo un pequeño empujoncito hacia la barbarie de pensamientos que debían estar inundándolo ahora. ¿Había estado pensando en eso todo el camino? La respuesta era una afirmación evidente.
-¿Qué quieres que te diga? Yo estoy bien, tú estás bien. ¡Ese incidente forma ya parte del pasado! –Estaba muy asustada. Aquello sonaba a despedida. Y no me estaba equivocando. 
-¿Qué estás bien? ¡¡¿Qué estás bien?!! ¿Te has visto la cara? ¡Tienes el labio destrozado! Y es por mi culpa. ¡Todo es por mi culpa! Me prometí que te protegería, que no te dejaría sola. ¡Pero por ser un cobarde que no quiso afrontar sus problemas te dejé que te fueras! –Tristeza y desesperación se dibujaban claros en su rostro. No estaba gritando, ni hablaba levantando la voz, pero su desgana al hablar y sus ojos horrorizados mientras me miraba recordando eran una tortura. Prefería que se hubiera puesto a gritarme como un loco en mitad de la calle. Así se habría desahogado y no tendría esta sensación de despedida. –Si no fuera como soy no te habría pasado esto. ¡No te habrían atacado porque ni siquiera te hubieras montado porque no te habría dado motivos para irte a casa! ¡Y si mi puto orgullo no fuera como es, habría ido por ti mucho antes y hubiera estado contigo, a tu lado en ese momento, y a este tipo no se le habría ocurrido tocarte…! –Cada palabra que pronunciaba, pesada como el plomo, me desgarraba el alma. Y a él también. Como un puñal se clavaba en donde más dolía. –Y encima, además de llegar tarde, más que defenderte te hago daño… -Finalizó abatido, sin fuerzas para hablar o vivir. Yo no pude decir nada durante todo ese tiempo. Sólo mirarlo pensando que se equivocaba.
-No es así. Bryce, tú no puedes estar siempre pegado a mí vigilando que estoy sana y salva y que no me pasa nada. ¡No puedes contratarme un guardaespaldas que me persiga día y noche! Tengo una vida y tengo que seguir con ella adelante. ¡No puedo quedarme encerrada en casa por miedo a que un atracador o un borracho se me echen encima! –De pronto me vi gritando desesperada viendo que lo estaba perdiendo y no podía hacer nada por evitarlo. -¡Tú no tienes la culpa de eso! -Y no lo decía para autoconvencerme, no era algo que pensara, era algo que sabía.
-¡Y qué mas da! ¡Qué mas da que no hubiera pasado nada en el metro! ¡Qué más da que te hubiese encontrado apoyada plácidamente sobre la barra! ¡¿Hubiera estado mejor todo lo que he hecho?! ¡Esto sólo me ha abierto los ojos! No te conviene estar conmigo. Hay muchas cosas que no sabes de mí. Yo no soy bueno para ti. –Y agachó la cabeza para no seguir sosteniendo mi mirada. Tenía los puños cerrados a cada lado. Le temblaban. Estaba conteniendo muchos sentimientos que yo no pude controlar.
-Eso no lo sabes. ¡Bryce! ¡A mí no me importa lo que hicieras en el pasado! ¡No te quiero por lo que eras con los demás, te quiero por lo que eres conmigo! -Me quedé callada, esperando una respuesta por su parte, una respuesta que nunca llegó. -Esto no es una despedida. ¿Verdad que no? Estábamos bien. ¡Prometimos volver a intentarlo! ¡Estábamos muy bien! ¡Déjame demostrarte que te equivocas! Que eres bueno para mí… Bryce… Por favor… -Empecé hablando muy alto, gritándole a ver si mi alto tono de voz tenía mayor efecto en él, pero a medida que veía que no levantaba la cabeza para mirarme, me fui convenciendo de que todo estaba perdido. Hasta que mi voz se quedó en un hilo casi inaudible. 
-Lo siento. –¿Quería una respuesta? pues toma, ahí la tenía. Esas fueron sus últimas palabras antes de girarse para echar a andar alejándose de mí, de todos mis sueños y esperanzas.

No dije nada, no pronuncié su nombre aunque un grito silencioso me desgarrara el pecho, luchando por salir. Me limité a mirar su esbelta figura que ahora se me antojaba menguada, alejarse entre una muchedumbre ajena al dolor incluso físico que empezó a sentir mi corazón. Con cada paso que daba lo echaba más de menos. No recuerdo cuánto tiempo me quedó mirando a la gente pasar, esperando encontrar su cara entre la de los completos desconocidos que caminaban por la acera, buscándome arrepentido para decirme que había dicho una locura, que lo olvidase todo y que quería estar conmigo. Pero eso no pasó. 

Si no hubiera estado al cargo de dos niños pequeños, habría salido corriendo detrás de Bryce, lo hubiera perseguido hasta el fin del mundo y lo habría hecho entrar en razón. Pero por suerte o por desgracia, la casualidad había querido que me encontrara a mi vecina entre más de ocho millones de habitantes en una estación de metro de las más de cuatrocientos cincuenta que hay en el mismo momento de los mil cuatrocientos cuarenta minutos que hay en el día. Tal vez no era una casualidad, era demasiado improbable para ello. Tal vez era una jugada del destino. Tal vez algo que se me escapa de las manos había dispuesto las cosas así para dejarlo estar. Tal vez era así como debíamos estar. Él ya se había dado cuenta, ahora sólo tenía que darme cuenta yo.Todo mi mundo se quedó en modo “pause” en ese momento.

viernes, 17 de agosto de 2012

Capítulo 57: Victoria

Capítulo 57: Victoria
Descubrí después que Ashley también lo sabía, pero pensaba que yo conocía la noticia y no me comentó nada para no ser indiscreta. Empecé a hiperventilar. Bueno, ya la revista llevaba tres días publicada y no había pasado nada demasiado malo… No creo que las consecuencias empeoraran ahora… Que teniendo en cuenta que era mi vida, todo es posible, pero ya estaba todo hecho, no podía evitar nada. Lo que tenga que ser será… ¿PERO AHORA QUÉ LE DIGO A BRYCE? ¿Lo sabía él? ¿Por qué no me ha dicho nada? ¿No querría sacar el tema? Me estaba haciendo un interrogatorio a mí misma en el cuál desconocía la respuesta a todas las preguntas. Y lo peor es que no sólo era exclusiva e InTouch… sino en cuatro más… Cuánta alegría y felicidad…

Decidieron ver al final la de miedo. En mi estado de shock no vieron recomendable poner la comedia romántica. Y lo agradecí. Aunque pasé toda la película en mi burbuja particular, ignorando todo lo que provenía del exterior. Y era difícil, porque la pantalla con dimensiones parecidas a las de un cine y el sonido estéreo Dolby Surround te sumergían en la película por completo. Qué capacidad tengo… Ellas sabían que estaba ausente, es fácil darse cuenta cuando una persona lo está. Por eso de vez en cuando Ashley me apretaba la mano o me acariciaba el brazo, o Karem apoyaba su cabeza en mi hombro o me daba un apretón cariñoso. Son un amor las dos. Al final tanto pensar para nada, sólo conseguí comerme el coco inútilmente, como cada vez que lo hago. Nunca podré solucionar mi vida extraña. Cuando volví a ser consciente de la realidad, estaba en una esponjosa, acolchada y mullida cama que se adaptaba a todas las partes de mi cuerpo. Rodeada de cojines y trazos de luz entrando por la ventana a través de las cortinas.

¿Me había quedado dormida durante la película? ¿Cómo había llegado hasta aquí? Con los ojos medio cerrados todavía por la luz, miré la hora en un despertador que había en la mesita de noche. Las 8.53. A las diez entraba a trabajar. Todavía tenía unos minutillos para descansar y perder el tiempo en la cama. La habitación era enorme, la cama tenía en cada esquina un pilar hacia arriba y una estructura de madera que unía cada esquina y era el soporte para unas cortinas que estaban recogidas a cada lado. Esas camas así sólo las había visto en películas. Estaba flipando. El suelo tenía una gran alfombra con preciosas cenefas, la ventana daba al inmenso jardín que no pude apreciar bien al estar hablando por teléfono con mi madre y el dormitorio tenía cuarto de baño privado. No era excesivamente grande, podía tener el tamaño de mi salón. Era muy acogedora, con sillones reclinables, librerías, baúles, un tocador, cómodas, espejos, lámparas de pared a juego con las cortinas. Era como la de una casita de hadas. Las sábanas blancas nunca me habían gustado hasta que las vi conjuntadas en aquel lugar.

Cuando miré de nuevo la hora, eran las nueve y ocho minutos. Me di una ducha ligera y a y cuarto estaba lista. El uniforme también estaba como por arte de magia en un mueble del baño. Pronto estaba bajando las escaleras hacia el gigantesco recibidor preparada para desayunar guiada por una amable mujer de amable sonrisa que me indicó dónde estaba el comedor. Casualmente me la encontré al abrir la puerta de mi cuarto, venía a despertarme. Esta vez me llevó a una sala distinta a la de la otra noche. Esta sí era como las de las películas, una alargada mesa en el centro de una habitación, rodeada de sillas. Karem y Ashley ya estaba desayunando… ¡Tortitas! ¡Hacía mil que no las probaba! Olían desde el pasillo. El sirope de chocolate era mi perdición.

-Vaya, buenos días Bella Durmiente. –Dijo Karem en cuanto me vio. Ashley estaba de espaldas a  mí y se giró por su comentario.
-Buenos días. ¿Cómo has dormido? –Ella tan atenta como siempre.
-Como nunca antes. Ten cuidado no vaya a ser que me robe la cama sin que te des cuenta. –Dije bromeando sentándome en la silla. Mi plato de tortitas calentitas estaba sobre la mesa. Me serví un vaso de leche fría.
-¡Toda tuya! Y sírvete todas las tortitas que quieres, hay de sobra. –Ella las estaba tomando con sirope de fresa y Karem con nata. Desde luego a gusto de consumidor.
-Lo siento, ayer me quedé dormida durante la película. ¿Os gustó? –Y dicho eso, probé el primer bocado. Vi deshacerse el cielo en mi boca. Incluso cerré los ojos para centrar todos mis sentidos en el gusto. Calentitas, tiernas, esponjosas, y con sirope de chocolate negro. Era un orgasmo para la boca.
-¡Estuvo genial! Era de terror psicológico. Aunque el final podría haber sido otro. ¿Quién la eligió? –Karem hablaba muy entusiasmada. Ashley estaba masticando. Ahí me acordé de que tenía que despertar a Bryce o sino se enfadaría conmigo.
-¡Ostras! ¡Hay que despertar a Bryce! –Y me levanté corriendo para salir del comedor hasta que me paré al ver que no sabía dónde estaba la habitación de Bryce.
-No está. –Se giró Ashley a mirarme desde la silla. Su sitio está de espaldas a la puerta. –Salió esta mañana muy temprano. Me lo dijo el guarda. Dice que le había surgido un imprevisto. –Me quedé a cuadros. Tras unos segundos de bloqueó, reaccioné y volví lentamente a mi sitio. A seguir comiendo tortitas. Sin comentarios.
-Pues nada. –Dije antes de darle otro bocado a las tortitas.

Ellas no quisieron preguntarme nada del tema. Seguimos hablando de la película, sobre qué iba y tal. Ashley se comprometió a devolverlas en el videoclub, quería ver la comedia romántica. Yo no le puse problemas. Confiaba en ella. A las nueve y media Karem y yo salimos de allí para dirigirnos al trabajo. Le dimos las gracias a Ashley tras ofrecerse a ponernos un chofer para llevarnos y negarnos. Cuando íbamos caminando por el jardín para salir a la carretera, me acordé de una cosa.

-¿Al final que pasó con la tarta de queso que íbamos a regalarle a Ashley? –Le pregunté a Karem. Ella estaba ida adorando también el maravilloso jardín. Ya no era yo la única. Ella permaneció callada unos segundos mientras seguía mirando a su alrededor, yo la miraba expectante, al final se giró y respondió. Parecía que había usado ese tiempo para prepararse para algo.
-Pues me llamó antes de ir a comprarla. Quería que viniera antes a su casa. –Am. ¿Cuándo se habían echo tan amigas? Yo me alegraba miles. Pero me pilló de sorpresa. –Y no me dio tiempo de comprarla. -En ese momento llegamos a la puerta de entrada, que se abrió automáticamente al aproximarnos a ella. Se veía tan pesada por las rejas de hierro que parecía imposible que pudiese moverse con tanta facilidad.
-Pues ya pensaremos otro detallito. Ashley es un amor, me da cosa no agradecérselo en condiciones. –Dije moviendo la vista de la puerta a Karem y de Karem a la puerta. Ella seguía inmersa en sus pensamientos. Al final habló. Se puso frente a mí mientras esperábamos a que se abriera del todo y me cogió de las manos.
-Tengo algo que decirte. Quiero que seas la primera en saberlo. –Se le pusieron los ojos brillantes y disimulaba una sonrisa. La cara se le iluminó. Oh dios. –Ashley y yo…
-¡Señorita Valeria Spinoza! La hemos estado esperando. -Dijo una voz a mi izquierda que interrumpió ese momento. Me giré a mirar quién era. Un chofer de los típicos con uniforme negro y gorrito estaba hablándome con expresión de preocupación. -El señorito Bryce nos ha encargado que la llevemos a su trabajo en su ausencia. Dice que lo disculpe que después se lo explicará. Suba al coche por favor. –Hablaba en tono amable y servicial. Miré al coche. Era ese Lexus negro que había venido a recoger a Bryce varias veces. Miré dentro, las ventanillas estaban tintadas y no podía ver dentro, pero sí podía vislumbrar una sombra de una persona que me observaba a través de la ventanilla. Miré a Karem y ella me miró a mí. Ninguna sabía qué hacer. Me la llevé unos pasos más atrás para hablar a solas.
-Karem, ¿tú quieres ir en coche? Yo voy a ir en metro. –Dije bajito cerca de su oído. Me miró extrañada.
-¿Por qué? ¿Qué problema hay? ¿Rebeldía sin causa? –Ella veía tan evidente tener que montarnos…
-No, rebeldía con causa. No quiero aprovecharme de él. No estoy a su lado para disfrutar de sus comodidades y la infinidad de cosas que puede ofrecerme. Me siento mal si lo hago, no va conmigo, me entra algo de cree que pueda pensar eso de mí. –Y era cierto. Es como cuando alguien te invita, no es malo ni mucho menos, pero te queda la cosa de que no debería hacerlo.
-Pero si la otra persona quiere y le apetece, y se ofrece, ¿por qué hacerle el feo de rechazarlo? Que sí, que a mi también me pasa esa sensación, pero me pongo en el lugar de la otra persona y puede tomárselo como un desplante. –Y le daba totalmente la razón a Karem, pero mi situación es diferente. Él es un multibillonario y yo una chica de clase media-baja. Quiera o no, siempre existirá ese infranqueable espacio entre los dos.
-Lo sé. Luego se lo explicaré a Bryce y espero que lo entienda. Pero quiero que lo nuestro sea una relación normal de chicos cotidianos.
-Como quieras, pero díselo tú al hombre. –Y volvimos las dos a estar frente a la reja de entrada. Allí nos esperaba impaciente el hombre.
-Señor, discúlpeme pero hemos decidido que iremos andando. –Dije con mi más amable sonrisa y tono de voz, como si así pudiera quitarle importancia al rechazo. El chofer me miró desconcertado, ¿temía por él? ¿Y si le buscaba una bronca con Bryce por no haber cumplido su misión? ¿Por qué me meto en estos líos?
-Pero señorita, la orden directa del señorito era no dejarla ir sola bajo ninguna circunstancia. -¡Bien! ¡Ya lo tenía! Podía aferrarme a eso. Se me iluminó la bombilla.
-Y no voy a ir sola, voy a ir con Karem. –Y la cogí del brazo y me la pegué al cuerpo. Ella saludó nerviosa después de lanzarme una mirada asesina.
-Hola.
-Muchas gracias por todo. Hasta luego. –Y salí andando tras despedirme con una sonrisa arrastrando a Karem del brazo conmigo. Pero al parecer no era suficiente, tras unos pasos de imaginada victoria, me habló.
-¿Y qué le digo al señorito? –Esa palabra estaba empezando a chirriarme en los oídos. Me giré tras unos segundos de duda.
-Que no se lo tome a mal. -Le respondí mientras andaba de espaldas. Karem y yo metimos el turbo, íbamos a llegar tarde a este ritmo. Yo volví a echar una última mirada a la sombra del interior del coche. ¿Quién habría dentro? Bah, ya daba igual.

Llegamos a las diez en punto. Deberíamos haber abierto la tienda hace cinco minutos o más. No creo que eso tenga tampoco mucho delito. Espero. Empezaron a entrar clientes al momento. Pronto la tienda estaba llena. Cómo se notaban las vacaciones de navidad. Y yo sólo tenía el día libre en nochebuena, nochevieja y año nuevo. Al fin a las dos y media quedó la cosa más tranquila. El relevo llegaría a las tres menos cinco. Ya contaba los minutos.

De repente vi que una guapísima rubia de metro ochenta entraba en la tienda con un cuerpazo de infarto. Ojalá yo vamos… No podía apartar los ojos de aquella despampanante criatura que acababa de entrar. Toda una señora distinguida y con clase. Con un sombrero de ala ancha que le cubría el rostro y unas gafas de sol a lo mosca que se lo cubría aún más. Su gusto por la ropa era exquisito. Un bolso de mano que destilaba lujo por cada costura, eso sí, le faltaba el chihuahua dentro con cara de mala leche. Parecía una ejecutiva sexy, y eso que no iba provocativa. Yo llevo ese conjunto y estoy para que me metan en una bolsa de basura. La chica alzó la vista para mirarme a través de las gafas y empezó a caminar hacia mí tras esconder una sonrisita.

Sin embargo, no iba a estar tan tranquila ese tiempo que me quedaba hasta el descanso. Ni admirar a ese bellezón tranquila podía. Yo sabía que tenía una conversación pendiente, no porque se hubiese aplazado, pero estaba segura de que Karem no se había quedado conforme con mi explicación. Y así fue, efectivamente, a las dos y cinco me asaltó.

-A ver, explícamelo. Porque a mí antes no me quedó muy claro. –Empezó al acercarse a mí de golpe. Me sobresalté, no la esperaba, todos mis sentidos estaban en ese momento en la rubia potente. Y eso que no me gustan las tías… Llego a ser un tío y flipa. -Si a Bryce se lo explicas entenderá que no lo haces para aprovecharte de él. No veo el problema. –Dijo empezando la conversación como si hubiéramos estado todo este tiempo hablando sobre ello. Como si tal cosa. Suspiré y comencé a hablar. Noté que la atractiva mujer, que estaba rebuscando plácidamente entre la ropa, paró por un segundo para volver a continuar.
-Quiero una relación normal y corriente. No algo como las estrellas de Hollywood. –Comencé a hablar. -Capaz y todo de que al día siguiente le de por regalarme carísimos vestidos, o me pida cita en importantísimos salones de belleza. Y más, me compre lujosísimas joyas o maquillaje de marca, o me invite a spas, importantísimos eventos multitudinarios. –La chica rubia nos estaba escuchando. Se le notaba, pues tardaba tiempo en reaccionar, pues tenía que estar pendiente de disimular y de poner toda su atención. Moví a Karem por los hombros tres metros más lejos y bajé el tono de voz. Ella comprendió que era para mantener más intimidad. -No hace falta ir tan lejos, mira la revista y dime si piensas que eso me gusta. ¿Sabes lo que te quiero decir? Algo normal. –Esperaba que lo entendiera. Se quedó callada imaginando ese tipo de vida. Incluso perdió la mirada en el techo y dejó una camiseta en sus manos que antes estaba doblando. Yo aproveché para volver a mirar a la rubia. Estaba escuchando nuestra conversación, se había movido hacia una zona donde podía seguir oyéndonos. ¿Estaba intentando escuchar? Le hice un gesto con la cara a Karem para movernos otra vez. Al fin vio a la mujer, pero su cara expresaba comprensión, no asombro al ver semejante pivón. Había pillado mi mensaje. No esperaba menos de ella.
-Me hace gracia que cualquier chica estaría encantada con eso menos tú. Tal vez por eso Bryce se enamoró de ti. –Y lo soltó como quién no quería la cosa con una sonrisa condescendiente. Al menos habló bajito. ¿Enamorado? ¿Seguía enamorado después de todo lo que le había hecho? Sin darme cuenta, de pronto me sentí de buen humor. Hoy nada me haría cambiar eso.
-¿Cómo se te ocurre decir eso? No lo sabes, sólo son sospechas tuyas. –Me había dado un vuelco el estómago. La distinguida señorita dejó el montón de ropa con el que había estado jugando antes y se cambió a uno pegado a nosotras. Por segunda vez. Dije volviendo a moverla por tercera vez porque la otra no dejaba de arrimarse más y más a nosotras, metiendo el oído disimuladamente.
-Por cómo te mira, cómo te habla, cómo te trata, ¡cómo todo! Esas cosas se saben Valeria. Y te lo está demostrando. Deja las inseguridades, ni que fuera imposible que alguien pudiera enamorarse de ti. –A ver, nunca le he gustado a nadie, que me permita ser un poco insegura o escéptica a aceptarlo ahora tan de repente. Esta vez ya me estaba tocando las narices. La rubia se había vuelto a mover a nuestro lado. Y encima haciéndose la que se prueba algo por encima y se mira al espejo. Cogí a Karem por el brazo y me la llevé al otro lado del mostrador. Nos agachamos e hicimos como la que estábamos cogiendo algo.
-Karem, tengo miedo. No sé qué hacer. Vivo con el miedo de que vuelva a ocurrir algo y nos separemos. No podría volver a soportar otra despedida de Bryce. –Y me abracé las rodillas estando en cuclillas. Me caí hacia atrás y la vi. La misma mujer de antes estaba apoyada en el mostrador haciendo como que miraba los perfumes. ¡Ya habían sido cuatro veces! ¡Era demasiado! Me puse de mal humor. Sí, ella lo había conseguido. Y sí, soy muy voluble.
-Disculpe, ¿desea que la ayude? -Dije ya con la poca paciencia que me quedaba tras ponerme de pie. Lo siento, me salió una sonrisa y un tono de voz muy falso. La chica se me quedó mirando sorprendida, no podía verle los ojos debido a sus gigantescas gafas de sol, pero se le notaba. Se quedó sin saber cómo reaccionar, normal, acababa de decirle entre líneas mis intenciones por hacerle entender que no quería que se enterara de lo que estaba hablando y por apartarla de la conversación.
-Eeeeh, sí. La falda roja que lleva ese maniquí. -Y señaló con el dedo el sitio, me giré para mirar. ¿Una sola prenda y llevaba en la tienda quince minutos mirando? <al menos había sido astuta, la falda roja que me pidió no estaba en un sitio visible, le hubiera quedado muy descarado que se encontrara fácil. Así hubiera demostrado su falta de atención en la ropa por estar cotilleando. Eso sí, la falda era fea con ganas. Era de tela, llegaba hasta la rodilla y era de tablas delgadas y largas. -No la encuentro por ninguna parte. -¿Estaba improvisando o tenía planeado decir eso para esta situación? Se le veían sus verdaderas intenciones claramente, esta a mí no me engañaba. La policía no es tonta. Muchos meses viviendo en un ambiente así en la Uni.
-Ahora mismo se la doy. ¿Qué talla quiere? -Pregunté cansada de la vida. Karem ya se dio por vencida y se fue a ordenar ropa por ahí. -La 38. - Dijo sonriente. Fui a buscarla rápidamente para volver a la conversación. En cuanto se la di se fue al probador. Cuando Karem volvió a acercarse a mí con intenciones de asaltarme de nuevo con el interrogatorio, escuché su aterciopelada voz.
-Valeria, perdona, ¿podría traerme la 34, por favor? Esta me queda grande. –Dios mío. Le había dado tiempo hasta de mirar mi nombre en la plaquita que colgaba de mi pecho. Esta tía era ávida. Me giré a mirarla, Karem suspiró. Tenía la falda agarrada por dos dedos sujetando todo lo que le sobraba. ¿Ya le había dado tiempo de quitarse su falda, ponerse esa, mirársela, quitársela y volverse a poner la suya? ¡Pero si nada más cerrar la puerta del probador fui disparada a por Karem y ni me había dado tiempo de llegar?
-¿La 34 ha dicho? –Pregunté para corroborarlo. ¿Cómo pasa de una 38 a una 34 así como así? Ahí no había estado muy perspicaz. Lo había hecho a posta. Fijo que quiere algo y no es especialmente ropa. Y así fue, en cuanto le entregué en mano la nueva falda, actúo.
-No he podido evitar escuchar la conversación de antes con tu amiga. -¿Que no ha podido evitarlo? ¡¡COMO EL QUE LO HA OÍDO POR ACCIDENTE!! Y llevaba todo el rato metiendo oído… ¡Lo sabía! ¡Lo sabía! Si después de esquivar tantos intentos de hundirme en la Uni, mi instinto para descubrir las intenciones ocultas de la gente es impasible. Ahora me había preocupado. ¿Hasta dónde había escuchado? –Escuché que hablabais de un Bryce y me he acordado del que sale ahora en las revistas. No sé si lo conoces. –Sí, y demasiado bien. Siguió hablando sin esperar a que respondiera. Esta iba al grano. No podía verle los ojos y eso me ponía nerviosa. ¿Por qué no se quitaba las gafas? Estaba en un local sin sol. -¿Qué piensas de la chica con la que dicen que está saliendo ahora él? ¿Cómo era de apellido…? ¡Ah sí! Domioyi, Bryce Domioyi. –Ya sabía de quién hablaba… Miré de refilón a Karem a ver si ella se daba cuenta de lo que estaba pasando. Nada, en su mundo metida… Así no había quien me sacara del lío… ¿Iba ahora a hacerme creer esta tía que no me había reconocido? ¡Si aparezco en todas las fotos! ¡Y no es que tenga una apariencia muy común! Me salté por las ramas.
-Pues que deberían darle más intimidad a esa pareja. Tiene que ser un verdadero agobio para los dos que la gente se meta en su vida. Teniendo que escuchar preguntas comprometedoras, comentarios fuera de lugar o… ¡ni siquiera eso! ¡Que la vida de cada uno es privada! –Indirecta. Me crucé de brazos haciéndole ver que no iba a aceptar otra cosa. Ella se paró a pensar un segundo y habló.
-Me refería a que si es una chica interesada en él o en su fama y dinero. –Tampoco me sorprendía la pregunta… La verdad…

Y me estaba preparando para tener respuestas rápidas y cortantes. Iba a necesitarlas. Esto era otro interrogatorio. ¿Sería alguna chica del pasado de Bryce que sigue enamorada de él y está celosa de mí? Seguramente. Pero por mucho más maravillosa y más perfecta que yo que fuera, no iba a achantarme. Si Bryce me había elegido a mí entre todas, debía sentirme segura de ello. No creo que me mintiera al decir que nunca se había acostado con ninguna chica ni que nunca tuvo novia. Se pueden hacer muchas otras cosas en clubes nocturnos… ¿no? Bueno, ¿y que más me da su vida pasada? Ahora parecía ser que sólo estaba por mí. Aunque tampoco sé cómo ha sido con otras chicas, si se interesaba lo mismo o no… Pero todos me decían que yo lo estaba cambiando, eso significaba algo, ¿no? ¡Dios! ¡No puedo más!

-La veo una buena chica. ¿Sabe? No todo se mueve con dinero y hay gente muy poca, pero la hay, que considera cosas más importantes que la riqueza. –Le respondí con tono seguro y mirada convincente, aunque por dentro estuviera viviendo una completa batalla campal.

En ese momento se quitó las gafas lentamente, con énfasis, como colectando tiempo para pensar una respuesta u otra pregunta. Sus ojos. Eran grises. Me quedé flipada ante su potente mirada. Era guapísima, por un momento pensé que incluso más que Ashley, y eso ya era decir, porque yo a Ashley la consideraba una diosa. Su rostro fino, su piel suave y sin tacha, maquillada con gran exquisitez, no muy cargado. Pestañas infinitas y labios carnosos. Dentadura perfecta. No me había fijado antes debido a que sus odiosas gafas acaparaban toda mi atención. Incluso se le formaba un hoyuelo adorable a cada lado de la comisura de los labios. Era arrebatadoramente bella.

-No creo que sea nada serio, seguro que cortan pronto. Esta gente no sabe encontrar una pareja estable. Y se apoyó de espaldas contra la pared del probador, al igual que yo cruzó los brazos, dando a entender que no aceptaba cambiar de opinión. Su respuesta me había irritado mucho. Me había dejado traspuesta su carita de muñeca, pero no podía bajar la guardia. Había dado en el clavo, éramos una pareja inestable. Pero no sólo éramos eso.
-¿Y usted que sabe? Hay parejas muy estables que acaban rompiendo y parejas muy inestables que nunca podrían separarse. La personalidad de cada uno influye en la relación, por supuesto, y traerá más o menos problemas, pero al final, lo que mueve a continuar con la relación son las ganas de estar juntos que tienen. –Y era lo que pensaba, no lo sabía hasta ese momento, nunca me lo había planteado. Pero sí, eso era. La chica escondió una risa. Eso lo había dicho más alto de la cuenta. Algunas personas se giraron a mirarme. Y ahí fue cuando Karem me vio. ¿Por qué no venía en mi ayuda? Tal vez se había quedado tan flipada en colores como yo que no sabía reaccionar.
-Vaya, estás hablando del amor. ¿No? ¿Eres de las que piensan que el amor lo puede todo? Pues porque no siempre triunfa, desgraciadamente. –Esta conversación era muy extraña. Estaba hablando con una completa desconocida sobre mi vida privada con Bryce como si en verdad estuviéramos hablando en plan marujeo de la vida de dos famosos. –Hay cosas que, por mucho que luches o lo intentes, no tienen solución ni arreglo. Diferencias insalvables o caprichos del destino. Circunstancias exteriores que te obligan sin querer. –Por un momento, vi un reflejo de desilusión en sus ojos. ¿Había recordado su pasado? Ni siquiera sabía la respuesta a la pregunta. ¿Se referiría a su relación con Bryce? ¿Hablaba de amor no correspondido? Porque yo hablaba de uno correspondido.
-Soy de las que creen que se puede luchar hasta el final cuando se quiere algo y no rendirse nunca. Claro que hay situaciones que te obligan a tomar decisiones que no quieres, por supuesto, eso provoca una relación inestable, entre otras cosas. Pero puede seguir unida si el sentimiento es fuerte. -¿Estaba describiendo mi propia situación? Ella me miraba seria. No respondió en todo el rato que tuvimos de contacto visual. Aproveché para hacer el jaque mate. -¿Y qué tanto interés tiene? Ellos son sólo un chico y una chica que están intentando dejarse llevar pos sus sentimientos. Si les va bien, mejor para ello, si no, ¿a quién le importa sino más que a ellos? –Agregué para enfatizar que estábamos hablando de dos famosos que no tenían nada que ver con nosotras. Ese fue mi punto y final. La chica se puso de nuevo las gafas tras quedarse un momento sin expresión.
-Gracias, voy a probarme esta. –Dijo tras sonreírme cálidamente.

Las últimas palabras que pronunció las dijo sin mirarme a mí, sino a alguien que se encontraba mi espalda. Pasé del tema. No iba a comerme el coco por esto. Miré el reloj un poco traspuesta tras esta extraña conversación con una completa desconocida. Había sido demasiado intensa para mí. Ni con Karem las tenía yo así. Eran las tres en punto. Hora de irse. El relevo ya había llegado y ni me había dado cuenta. Al levantar la visa del reloj lo vi. Con su típica cara de serio a la que me tenía acostumbrada. Cuando lo vi justo estaba atravesando las puertas automáticas de cristal, me buscó un segundo entre la gente y en cuanto me vio, se dirigió convencido hacia mí sin mirar nada más. Con paso firme y seguro. Karem había acertado. Se había pasado a recogerme del trabajo. Sentí miedo por su reacción. No quería una discusión y no supe evaluar por su expresión cómo se sentía.

-Te mandé al chofer para que no fueras sola al trabajo y me ha dado la fantástica noticia de que no montaste en el coche. –Por favor, que no volviera a ser el Bryce dominante y mandón. Tragué saliva. Se me había acelerado el pulso.
-Estrictamente no me he venido sola. Vine con Karem. –Y me salí por las ramas. O lo intenté. Él miró al mostrador al seguir mi mirada que apuntaba hacia ella. Karem nos miraba con sonrisa nerviosa a modo de saludo. Ah, también movió la mano. Bryce alzó la suya cortésmente. Vaya, eso no me lo esperaba. Seguía acostumbrada a que todo le diera igual menos sus intenciones.
-No sabía que era tu compañera de trabajo, es más, no me lo dijiste porque ni siquiera me la presentaste anoche. Lo hizo Ashley, y sólo mencionó que erais mejores amigas. –Ahí tenía toda la razón del mundo. Fallo épico el mío. Si es que se me va la olla en cantidades industriales. Me mordí el labio a modo de disculpa.
-Lo siento. No me di cuenta. Ayer no estaba yo muy avispada precisamente. –Y le sonreí nerviosa. El me miró condescendiente, suspiró y me rodeó con sus brazos. Eso sí que no me lo esperaba. Me quedé a cuadros.
-No sabes lo que me entró cuando me enteré de que no te montaste en el coche. Igualmente debiste haber ido en él las dos juntas. Sigue siendo más seguro aunque no vayas sola por la calle. –Me estrechó dulcemente con él. Yo acomodé la cara en su pecho. Nunca me cansaré de decir lo bien que huele. –He venido de inmediato. Como siempre tu móvil aquí no tiene cobertura. Y encima no sabía dónde trabajabas. ¿Por qué te gusta ponerme las cosas tan difíciles? –Él escondió su cara en mi pelo. Podía apoyar su barbilla en mi cabeza si se encorvaba un poco, pero prefirió hacerlo más para esconder su cara entre mis bucles. Ahí fue cuando lo comprendí todo. Lo había planeado para protegerme, no por mi comodidad. Me conmoví y me sentí culpable por haber pensado así. Lo abracé fuerte y cerré los ojos.
-Lo siento, no sabía que te preocuparías tanto. No pensé que lo hicieras por miedo a que me pasara algo. –Ese era el motivo de su inquebrantable idea de llevarme él al trabajo cuando me lo dijo anoche. Cuando los dos fuimos conscientes de que éramos el centro de atención de todo ser vivo allí metido, que nos llevó bastante tiempo por cierto, nos separamos nerviosos y disimulando.
-Bueno, ¿a qué hora terminas aquí? Después de todo lo que me ha costado descubrir que trabajas aquí, no tengo ganas de esperarte mucho. –Dijo mirando a otro lado metiéndose las manos en los bolsillos. Karem me levantaba los pulgares a modo de “¡GENIAL TÍA!” desde el mostrador. Esta chica siempre comprometiéndome.
-Ya he acabado. Ahora mismo cada segundo de más que estoy pasando aquí debería contar como deshora. –Y opté por dejar de mirar a mi alrededor. Me sentía como la pantalla de un cine. Todos mirándome embobados. Pasaban sus miradas de Bryce a mí y de mí a Bryce. Él reaccionó lento a mi respuesta. ¿Acostumbrado a ser el centro de atención en todas partes y ahora se ponía nervioso porque lo veían en modo sentimental? Incluso se ruborizó un momento. Me encantaba. ¡Tan tierno!
-¡Ah! Pues vámonos, tenemos una visita pendiente a la comisaría. –Dijo sacándose las manos de los bolsillos. -¿Quieres que te llevemos a casa, Karem? –Y se giró para ir a la puerta de salida. Ella también reaccionó tarde ante la sorpresa de la inesperada invitación.
-Eeeeh, no, he quedado justo ahora después del trabajo. -¿Había quedado de verdad o lo hacía para no molestar? Ella ya se había cambiado de ropa y se había quitado la de dependienta de la tienda.
-Pues vamos Valeria, hoy tenemos prisa. También hemos quedado después. -¿Este tío hacia planes sin contar conmigo? Que no empezara así como antes a dejar de importarle mi opinión. Bryce me agarró de la mano para tirar suavemente de mí hacia la salida.
-Espera, espera, espera. No me he cambiado de ropa. –Y para mi sorpresa se paró. Seguíamos recibiendo todas las miradas de la tienda, y seguía incomodándome, pero qué podía hacer…
-Da igual. Si estás igual de fea que siempre. No pienses que el uniforme te favorece mucho más que esto. –Bromeó. Y me gustó. Siempre había soñado con una relación de pareja tan cómplice.
-¡Pero tengo que dejar la ropa aquí! ¡Son normas de la tienda! –Aquello era todo un espectáculo. Sobre todo para las señoras mayores.
-Porque te la lleves un día no va a pasar nada. –Seguía sin soltarme la mano. Ambos teníamos los brazos estirados. Lo miré con cara de “Venga ya, si sabes que al final me vas a dejar, no lo alargues más” Y pilló el mensaje. –Anda, venga, rápido. Ya estás tardando. –Y se cruzó de brazos para mostrar aún más impaciencia.

Me cambié en un visto y no visto. Cogí mi mochila y salí corriendo hacia Bryce. Karem estaba afuera en la calle, esperando imagino que a la persona con la que había quedado. Bryce volvió a cogerme de la mano y metimos aún más el turbo hacia el coche. Íbamos tan rápido que dejamos la tienda atrás y ni me había dado cuenta. Cuando doblé la cabeza para despedirme de Karem y de las chicas que venían a hacer el turno de tarde con la mano, la vi. La despampanante rubia del interrogatorio justo estaba saliendo del probador con la falda roja en la mano. ¿Se había probado en medio segundo la primera falda y en siete minutos la segunda? Peor todavía, ¿me había descubierto con Bryce? Bah, seguro que ya sabía de antes que yo era la chica de la revista. No tiene otra explicación si no aquella conversación. Ya daba igual. Nos montamos en el coche que estaba aparcado en segunda fila y creando un atasco increíble. Él sí, él puede, otro no pero él sí. Y como si nada emprendimos el camino. Ignorando los bocinazos y comentarios de la gente.

-¿Por qué tanta prisa? Se supone que la comisaría de policía está abierta 24h. –Dije tras acomodarme en el asiento y abrocharme el cinturón.  Íbamos en un flamante deportivo negro. Entonces lo recordé, era con el que atropelló a aquel hombre el día en que digamos, nos conocimos. Se me pusieron los vellos de punta.
-Te he dicho que hemos quedado después. Quiero que conozcas a una persona. –A saber quién… Miedo me daba… -Es el motivo por el que no he podido llevarte hoy yo al trabajo en coche. Surgió el imprevisto y tuve que irme. Lo siento. –La carretera estaba tan abarrotada de tráfico, que ponía todos sus sentidos en la conducción. Ni se había dado cuenta de que seguía sin decirme a quién iba a presentarme…
-¿Pero a quién quieres que conozca? –Ya estaba yo para recordárselo.
-Ya te lo diré cuando veas quien es. Quiero que sea una sorpresa. –Y se giró un segundo para sonreírme. Claro, como si eso fuera a arreglarlo.
-¿No me vas a decir quién hasta que lo tenga en mis narices? ¡No me gusta tener intriga! –Lo odiaba.
-Pues es lo que hay. –Y encima lo dijo riéndose. Disfrutaba viéndome así. Capuyo…
-Pues me declaro en huelga de silencio hasta que me lo digas. –Y crucé los brazos para no volver a hablar más hasta que lo dijera.
-Cómo quieras. Jajaja. –Y encendió la radio para escuchar música. Lo peor es que se puso a cantarla y todo el muy… Me reafirmo. CAPUYO.

Bah, pasé del tema y me puse a mirar por la ventana para desviar la mirada de vez en cuando hacia él. Hace un mes y medio me habría molestado mucho que volviera a hacerse otra vez lo que su voluntad decía, ahora no me importaba. Ya no lo veía como un niño rico caprichoso y mimado, que era lo que me jodía. Ahora lo veía más como cosas que hacen los chicos en una relación cuya personalidad es dar juego yJODER, que sarta de tonterías estoy diciendo, lo reconozco. Bryce se había convertido sin darme cuenta en mi debilidad, me era incapaz enfadarme con él. Y me daba miedo, no sabía hasta dónde podía llegar a permitirle todo, podría aprovecharse de eso. Aunque en verdad no debía pensar eso. Se supone que en una relación uno no tiene a su servicio al otro. Con Aaron no tengo tantas comeduras de cabeza, todo es más natural. Sin darme cuenta, llegamos a la comisaría. Aparcamos en los aparcamientos exteriores que tenía, todos los coches eran súper lujosos, el sueldo de aquí tenía que ser generoso, pero reparé

-Ya estamos aquí. -Bryce me habló pero yo no dije nada. Mantenía firmemente mi decisión. Me quedé observando la comisaría. Seguía igual que la recordaba. Ese edificio blanco y antiguo que por dentro está decorado muy modernamente. Era irónico, la segunda vez que venía aquí y era junto al chico al que venía a denunciar la primera vez. -Irónico, ¿no? No me he dado cuenta hasta ahora. La chica que una vez vino aquí a ponerme una denuncia por carreras ilegales, viene aquí ahora junto al chico al que quería imputar en el mismo coche en el que iba aquella vez para poner una denuncia a un tipo que ha intentado asesinarlos tras sus reconciliación. –Bryce habló otra vez mirando hipnotizado el grandioso edificio. Me quedé de piedra.
-¡Justo lo que yo estaba pensando! –Dije demasiado alto por la emoción. ¿Casualidad? No lo creo. Pienso que tal vez no somos tan diferentes. Solemos coincidir en lo que pensamos.
-¡Por fin hablas! Vaya, pensé que estabas en huelga de silencio. –Abría muchos ojos para hacerse el sorprendido. Vaya, nunca consigo lo que me propongo. Me llevé las dos manos a la boca para tapármela. Mierda… -Jajaja. ¡No seas tan dramática anda! –Y con un brazo me acercó a él, me apretujó contra su costado derecho cariñosamente y apoyándose en mis hombros echamos a andar. Si es que me dejaba sin defensas… Yo no dije nada porque me quedé en blanco, sin saber qué decir.

Entramos donde fui yo aquella vez y por primera vez en mi vida y sin que sirviera de precedentes, se cumplió aquello que quería. El mismo tipo que me había intentando sobornar y que casi hace que se me explotase la vena del cuello, era el mismo que estaba atendiendo esta vez. Casi lloro de alegría. Esta se la devolvía. Qué razón tiene ese dicho de: el tiempo pone a cada uno en su lugar… Bueno, bueno Valeria, no te emociones, que siempre te pueden salir mal las cosas.

-Bryce, déjame hablar a mí. Tengo un asuntillo de honor que arreglar. –Y se me quedó mirando sorprendido para después pasar a una expresión de <todo tuyo>. ¡Ja! ¡Esta era la mía! Lo cogí de la mano y lo conduje hacia los asientos, donde se sentó él, yo decidí permanecer de pie. Quería taparlo con mi cuerpo para ganarme el respeto y atención por ser una ciudadana neoyorquina que necesita ayuda, no por ir con el hijo de su inversor. No le daba completamente la espalda pero si lo cubría desde el campo de visión del hombre.

–Hola buenos días. –Dije con un tono que hacía ver que ahí estaba yo. El mismo tipo gordo, de cara roja y redonda, barba blanca y gafas antiguas con las que mira por encima.
-Buenos días. –Dijo sin fijarse en mi acompañante. Estaba de pie mirando unos ficheros en unos cajones. -¿La han avisado para sentarse? Debe esperar en la sala de espera, señorita. -Puso cara de pocos amigos, parece ser que no le gusta que lo interrumpan cuando está haciendo algo. Vaya, como a mí. Si a lo mejor somos almas gemelas y todo… IRONÍA. Este hombre era una de las pocas personas que tienen la capacidad de alterarme mucho y muy pronto.
-En la sala de espera no había nadie. Y me he fijado en que tampoco hay que coger número para ser atendido. -¿Qué le pasaba ahora? La otra vez entré y fui atendida de momento. ¿Se acordaría de mí? –Además, el escritorio no estaba ocupado. Pensé que no pasaría nada por sentarnos.
-Pues va a tener que esperar, señorita. Si es tan amable, tome asiento ahí mismo hasta que pueda ser atendida. –La educación la tenía sólo en las palabras, porque en lo que respectaba al tono de voz y los modales, dejaba mucho que desear.

Miré a Bryce, se le veía intentando aguantar sus ganas de responder, se estaba conteniendo porque yo se lo había pedido. Al igual que yo, este tipo lo ponía alterado. El comisario se dio la vuelta para volver a su fichero en el cajón. Nos había hecho el vacío más completo y absoluto. Bryce hizo el ademán de levantarse para imponer más estando de pie, yo lo frené y le volví a decir que me lo dejara a mí. Aquel hombre no se había fijado en él, y por eso no había reconocido al miembro de la familia Domioyi. Pero no iba a usarlo para ganar respeto. Este me iba a escuchar a mí. Por eso seguí de pie dándole la espalda a Bryce, quería cubrirlo con mi cuerpo. Entonces por casualidad lo vi. Ahí tenía mi pase a la victoria.

-Pues no veo por qué tenemos que esperar si está jugando una partida de sudoku en el ordenador. –Sí, ahí le había dado. Vi sin querer la pantalla de su ordenador, que estaba colocada de un modo que la persona que estuviese sentada al otro lado, no lo viera, pero yo estaba de pie. El comisario se subió las gafas lentamente con un dedo, dejó el fichero en el cajón y se sentó a atenderme. Entrelazó los dedos.
-No creo que eso sea de su incumbencia. –Y ahí se dio cuenta. –Oh, es usted la señorita que quería cambiar el mundo y que pensaba que el dinero no da la felicidad. Pues déjeme decirle que el flamante Bentley que está aparcado en la puerta, es mío. Y soy muy feliz con él. –Sonreía maliciosamente. Como no esperaba menos. Su forma de hablar tan despótica me irritaba, y mucho. Y la risa que Bryce intentó disimular sin éxito no es que me calmara. Ahora se habría imaginado aquella situación.
-Lo pensaba y lo sigo pensando. Y no me propongo cambiar el mundo, sólo mejorar lo poco que puedo. –Tenía las manos apoyadas en la mesa y estaba echada hacia adelante, para dar fuerza a mis palabras. –Y muy bien por usted y por su Bentley. Pero ¿puede atenderme ya? –Y engarroté los dedos de mis manos. Imaginé echándoselos al cuello. Me miraba riéndose por algo que no comprendía, pero que seguramente era de mí.
-Claro. Por favor, no sobrecarguemos tanto a Spiderman y a Batman. –Vale, fue ahí cuando empecé a sentir la sangre intentando pasar a borbotones por mi cuello. Si alguien me hubiese mirado el cuello, habría estado segura de que podría haberla visto incluso bailar. ¡Se estaba riendo de mí en mi propia cara! –Tome asiento por favor. Le volveré a pasar la ficha que tiene que rellenar. –Me senté y él se dio la vuelta a volver del mismo fichero encajonado de la otra vez, el papel. Cuando volvió al escritorio, lo vio. Yo sonreí triunfante.
-¡El señor Bryce Domioyi! –Su cara de asombro me sentó la mar de bien. No daba crédito a lo que veían sus ojos. Sí, al mismo al que había venido a denunciar estaba conmigo ahora poniendo una denuncia. Aunque seguía sin acostumbrarme a que lo trataran de “señor” o “señorito”.
-Él mismo. –Y puso su cara de interesante.
-Perdone usted, no lo había visto. Ahora mismo lo atiendo, si esta señorita ya estaba acabando. Lo siento. –Y hablando nervioso, atragantándose con las palabras y tartamudeando a veces, se disculpó como si fuera a caerle algún castigo por no haberlo tratado debidamente. –Vaya a rellenar la ficha al mostrador aquel. Cuando acabe déjelo allí y ya lo recogerán. -¿Cómo? ¿Además de que me estaba echando me decía que ya lo recogerían…? Flipaba. Iba a responderle, pero Bryce se me adelantó.
-No, ella viene conmigo. Venimos los dos juntos. Y no me ha gustado nada el modo en el que la ha tratado. –Y Bryce se apoyó con los codos sobre la mesa y entrelazó los dedos. No perdió el contacto visual con el comisario en ningún momento, que cada vez estaba más rojo. A mí por un rato se me calmó el pulso.
-Disculpe, lo siento mucho, no volverá a ocurrir. –Y agachó la cabeza nervioso a modo de perdón. Lo que Bryce dijo a continuación me hizo querer besarle los pies. Nunca olvidaré ese momento de gloria.
-No es a mí con el que tiene que disculparse. Sino con ella. Ella es la ofendida. –Habló tranquila y pausadamente, sin perder el control sobre la situación en ningún momento. De pronto los dos estaban mirándome. El comisario por encima de las gafas me habló tras unos segundos de autoconvencimiento por tal humillación. Muy bien, que se bajara de las alturas en las que estaba subido.
-Perdone señorita. No era mi intención. Acepte mis disculpas por favor. –El hecho de que no me dijera un simple “lo siento” por orgullo y se arrastrara tanto por mera petición de Bryce, me hizo pensar que era demasiado el poder de esa familia para causar tanto pavor al mismísimo comisario de Nueva York.
-No hay de qué. Y ahora si no le importa, ¿podría tomarnos los datos? –Dije olvidándome de todo lo ocurrido. Ya me había salido con la mía y había saboreado ese placer. Sonreí a Bryce a modo de agradecimiento. Él me devolvió la sonrisa. En ese momento me sentí más conectada a él que nunca.

Pasamos exactamente treinta minutos en la comisaría. Así se ponía una denuncia como Dios manda. Tras relatar el transcurso de los hechos, nos confirmaron que en la comisaría fueron anunciados de que tras salir del hospital en el que el supuesto realizador del crimen estaba inconsciente, sería llevado a esta. Tendríamos que ir a juicio, tanto para imputar al tipo por su delito, como para defender a Bryce, que aunque no estaba federado, lo que había hecho podría tener consecuencias penales. Me sorprendió la preocupación casi familiar con la que el comisario nos explicó aquello. Se le veía en la expresión de la cara y la forma de hablar. Me asusté por eso, y Bryce lo notó. Me puso una mano en la pierna, me miró y me dijo que no temiera nada, que nada iba a pasarle. Yo lo creí.

-Comisario Icten, ¿ve la venda que tiene ella en la cara? –Dijo tras calmarme a mí al ser informados de esa posibilidad de salir penado. El comisario asintió tras mirarme. –Cubre la quemadura que le ha hecho la bala que iba directamente a su cabeza y que por milímetros o milésimas de segundo, casi se la atraviesa. –Me estremecí, no al recordar aquel momento que tanta ansiedad me producía, sino por el tono que tomaron las palabras de Bryce. Hablaba con total solemnidad. -¿Y ve la otra venda del cuello? - El comisario asintió. –Si no llego a actuar deprisa, ahora mismo ella podría no estar aquí. Así que no tengo nada que temer en el juicio. –Era cierto.

Nos fuimos de aquel lugar esperando para ser llamados y que nos confirmaran la fecha del juicio. Era la primera vez que iba a ir a uno, había estado entusiasmada si no hubiera sido porque tenía el cuerpo cortado. Volver a recordar aquella vez en la que pensé que Bryce podría haber muerto, era demasiado para mí.

-Habría pagado para ver el espectáculo que le montaste al comisario Icten explicándole tu honesta y honrada filosofía de vida. –Dijo Bryce abriendo la puerta del coche. -¡El dinero no da la felicidad! –Me imitó diciendo en una especie de tono afeminado de voz que no le quedó muy bien. Yo lo miré con los ojos entrecerrados.
-No te rías de mí. –Me crucé de brazos y me paré. Él al verme se quedó esperando fuera. –Sería muy hipócrita por mi parte ir quejándome de cosas que después no me molesto en cambiar.
-Eso espero. Te recordaré estas palabras si en algún momento te dar por tirar la toalla conmigo. –Y ahí si entró en el coche sin esperar mi respuesta. Me quedé en shock. Aparte de que había reconocido que había cosas que debía cambiar, aquel momento había sido sencillamente perfecto. Había reconocido nuestro mutuo esfuerzo por estar juntos. Como una pareja. Empecé a sentir mariposas en el estómago. –Anda vamos, que como nos pille atasco llegaremos tarde a nuestra cita. Hemos quedado para comer. –Dijo abriéndome la puerta desde el asiento del conductor.

Tras un tiempo de silencio no incómodo escuchando la radio en el coche, me atreví a abordarlo con aquello que me mataba por dentro.

-Bryce, ¿tú sabes que los dos aparecemos en la portada de las revistas como exclusiva de la nueva pareja del momento? –Le lancé como quien no quiere la cosa. Él respondió con la mayor tranquilidad existente y por existir.
-Claro. –Así de pancho. Sin más. Como si fuera lo más normal del mundo. Que lo era, pero SÓLO para él. Ni siquiera apartó la mirada de la carretera, claro, por supuesto, un tema tan trivial no merece mayor atención…
-¿Y por qué no me lo dijiste? ¿No te ofrecieron dinero las revistas para pagar más por evitar la publicación de las fotos? ¿No hay ninguna manera de evitarlo? No me gusta desvelar mi vida a nadie.
-No te lo dije porque aunque eso pasó hace tres semanas, las fotos salieron hace tres días. He estado lidiando con ellos para que no las publicaran, por eso se ha retrasado tanto la salida, pero al final cuando conseguí llegar a un acuerdo, rechazaron mi oferta y las publicaron. Imagino que el renombre y la fama de la revista es más beneficioso que una cuantiosa suma de dinero puntual. -Y al acabar la frase me miró. –Lo siento, hice lo que pude. A mí tampoco me gusta desvelar mi vida. –Eso me dejó un poco mal. Entonces la teoría de Karem de que Bryce estuviese enamorado sólo de mí porque nunca lo habían visto antes con chicas en las revistas, estaba equivocada, pues él habría podido pagar para evitar que se publicaran las fotos…Me desilusioné mucho… Él lo noto al ver que no respondí en un rato y tenía la mirada perdida en un punto ciego de la calle.
-¿Qué pasa? ¿Tanto te entristecen que sepan que estamos juntos? No sabía que te molestara tanto… -Ahora el desilusionado era él. –No le has dicho nada a Ashley ni a Karem. -¿Pensaba que quería ocultar nuestra relación por algún motivo oculto?
-Karem sí lo sabe. Ashley no. Y no pienses que estoy desilusionada por que la gente lo sepa. Fue justo ayer cuando decidimos empezar de cero para darnos un tiempo en el que conocernos. –Oficialmente no éramos novios, pero oficialmente sí estábamos juntos. Era algo difícil de definir. –Es sólo que como nunca antes habías salido en una revista con ninguna chica, pensé que por ser yo la primera me hacía especial. Pero ahora que has dicho que es porque no has podido evitar la publicación, pensé que… Bah, da igual, déjalo. –Sí, me estaba cortando por vergüenza a mostrar mis sentimientos. Sí, lo reconocía. Bryce habló tras unos segundos de silencio en los que intentó comprender adónde quería llegar a parar.
-¡Mira que me pones difícil entenderte a veces! ¡Eeeh! –Y me miró con amor. Yo seguía desilusionada. –Sí, es cierto. –Dijo volviendo la vista al volante y la efusividad a su cajón. –También he aparecido en portadas a la salida de clubes nocturnos del brazo de chicas. No quiero mentirte. Pero nunca llegué demasiado lejos. Ni las habitaciones de hotel ni ellas me transmitían nada. No soy un romántico, pero sí tengo sentimientos. –Y ahí volvió a mirarme, pero esta vez en una manera que no supe describir. –No me siento orgulloso de lo que hacía pero tampoco me arrepiento. Hay carencia de cosas que uno necesita suplir con otras, y hay otras que nunca pueden ser suplidas. –Había muchos silencios a gritos en sus palabras.

Imaginé que el cariño paternal lo intentaba llenar con el de chicas, pero se daba cuenta de que no podía. No sentí pena, no era algo que él quisiese que yo sintiera por él, por eso lo evité. Sentí unas terribles ganas de abrazarlo, y lo habría hecho, ya no tenía barreras emocionales que me lo impidieran, pero estaba conduciendo. Si es que o se quiere y no se puede, o se puede y no se quiere… Pero la cuestión es que al final no se haga… De momento, le cogí su mano, pues conducía con una sola. Él me la apretó dulcemente sin apartar la vista del exterior.

-Créeme. He podido ser un hijo de puta, pero nunca un mentiroso. –Lo sabía. No hizo falta que lo aclarara. Yo lo creía a ciegas. Yo le acaricié la palma de la mano con los dedos y eso sirvió de asentimiento. Condujimos callados hasta el sitio.

Llegamos a las cuatro de la tarde. Habían pasado tres horas de la hora normal de almuerzo aquí en EEUU. Pero no pasaba nada. Yo seguía hambrienta. El problema era cómo iba a pagármelo. El sitio parecía caro no, lo siguiente. Era un edificio alto y bonito de los muchos que hay en NY así, no le vi nada extraordinario hasta que entramos, lo cruzamos por completo y llegamos al jardín que había al otro lado. El restaurante era al aire libre, en el interior sólo estaba la cocina y la recepción. Había un estanque, caminito de piedras, reloj solar y maceteros con flores por todos lados. En la zona de las mesas había arcos de madera creando un camino laberíntico en el que el techo era una lona blanca como una patena. Impoluta. A juego con el tapizado de las sillas y los manteles de las mesas. Todo muy mEl lugar era muy iluminado. Si no fuera porque estábamos en el centro de Nueva York, habría creído que había escuchado el sonido de pájaros cantar… ¡Ah no! ¡Que los había en una gigantesca jaula que ocupaba el tamaño de mi casa! Pues si que está tematizado este sitio. Había aves tropicales de todos los colores.

-Este es un lugar de privilegio aquí en la ciudad. Se necesita coger la reserva con semanas de antelación o ser el hijo de la familia con más acciones de esta empresa. –Dijo Bryce sacándome de mi asombro por aquel frondoso lugar perdido en una ciudad de hormigón.

Aunque yo volví a meterme otra vez. Bryce habló con el recepcionista que nos guio hacia la mesa que teníamos reservada. Según escuche hablar a los dos, ya nos estaban esperando desde hacía unos cinco minutos allí la otra u otras personas que Bryce quería que conociese. Pero yo no estaba prestando atención, seguía anonadada con el sitio. Cuánto más miraba, más cosas descubría. Había pensamientos en el césped que creaban formas que no era capaz de averiguar. Música relajante y aromas creados por el restaurante para tematizar aquello. Yo seguía al metre y a Bryce el caminito de piedras admirando todo a mi alrededor.

-Es en esta mesa de aquí, señor. –Habló el metre con gran cortesía y educación. Lo escuché a lo lejos, al parecer me había quedado atrás al no querer perderme nada de ese lugar.
-Pero aquí no está ella. Usted dijo que había llegado hace cinco minutos. –La voz de Bryce también sonaba a lo lejos.

Me di prisa para llegar sin quitar la vista a mi alrededor, debido a me caí al suelo al tropezarme con una piedra del caminito. Yo en mi anterior vida tuve que ser una lombriz de tierra o algo, porque no podía explicarme cómo es que me gusta tanto el suelo. Me paso tres cuartos de mi vida cayéndome. Aterricé de costado, me hice daño en la cadera. Estuve compadeciéndome unos segundos en el suelo intentando olvidar el dolor. Escuché la voz de Bryce pronunciando mi nombre y corriendo hacia mí para ayudarme. Fui a levantarme antes de que él llegara, cuando fui a poner las manos en el suelo, aparte de darme cuenta de que las tenía heridas y me dolían mucho, la vi. Era la despampanante rubia de la tienda que había estado metiendo las narices en mi relación con Bryce como si preguntara inocentemente por unos desconocidos. Llevaba puesta la falda roja que se había comprado hoy mismo hace una hora. Con lo hortera que era la falda, nunca pensé que a ella podía sentarle tan espectacularmente. Imagino que es la planta de la persona, que hace que las prendas en ella se vean de una manera u otra. Esta chica era la típica a la que todo lo que le pusieras, le sentaba como hecho único y exclusivamente para ella. ¿Qué hacía allí? ¿Quién era? Esto no era una coincidencia ni de lejos. Al menos consiguió que me olvidase del dolor del golpe.

-Hola Valeria. Encantada de conocerte. - Me estaba tendiendo la mano sonriente, ofreciéndome su ayuda. Me guiñó un ojo. ¿Encantada de conocerme? Su rostro brillaba más que el sol. Pero ahora sus ojos no eran grises, eran de un verde intenso y profundo. Como los de Aaron y Bryce. Vacilé en darle la mano, pero al final lo hice. En el justo momento en el que su suave piel tocó la mía, Bryce se presentó allí.
-¿Dónde te habías metido? Te estaba buscando. -¿Me hablaba a mí o a la bellísima mujer que tenía frente a mí? Era tan alta que tenía que agacharse bastante para llegar con su mano a coger la mía. –Valeria, esta es mi hermana Victoria. –Dijo Bryce cuando aún estaba todavía en el suelo agarrando su mano. Yo sencillamente no podía creérmelo.